-EL PELIGRO ASECHA-

1651 Words
Después del ataque al pequeño pueblo del Reino de Albagard, los soberanos temían que se tratara de una señal del Duque de Valdronia, con el paso del tiempo y sin nuevas apariciones de su enemigo, la incertidumbre se mezcló con una frágil sensación de calma. La princesa se encontraba en una de sus clases de estrategia cuando un sirviente interrumpió la lección, con una leve reverencia, le entregó una bolsa de lino finamente bordada de un material artesanal, típico de los productores de la región con las letras “A” y “E”, al abrirla, encontró en su interior una delicada carta de amor y un pequeño objeto tallado a mano, sin duda eran regalos de su amado caballero. La carta, escrita con esmero y ternura, decía: "Mi amada princesa, aunque la distancia y el deber nos separen, mi corazón siempre estará contigo. Cada amanecer es testigo de mis pensamientos hacia ti, y cada anochecer lleva consigo el anhelo de nuestro próximo encuentro. Que este pequeño obsequio te recuerde que mi lealtad y amor son tuyos para siempre." Junto a la carta, había una figurilla de madera de sándalo, tallada con gran detalle, personificaba a un fénix alzando el vuelo, símbolo de renacimiento y fortaleza, un mensaje silencioso de esperanza en medio de la incertidumbre. Una tarde, desde el balcón del castillo, Adelaide junto a su madre la Reina notaron cómo Ysme regresaba montada en un caballo con una sonrisa radiante, estaba acompañada de sir Ezra, la escena llamó su atención, pues el caballero, conocido por demostrarse siempre serio y reservado, revelaba un gesto inusual de ternura: tomar de las manos a Ysme para ayudarla a bajar del caballo, se despidió de ella con una leve inclinación y le obsequió un girasol, Ysme corría hacia su torre irradiando felicidad. Adelaide, intrigada, giró hacia su madre. —¿Crees que Ysme y el padre de Ethan están enamorados? —preguntó con curiosidad. La Reina Adela la contempló con una serena sonrisa antes de responder: —Podría ser algo bueno. Sir Ezra es un hombre honorable, y aunque es mayor que Ysme, le podría ofrecer estabilidad y un hogar cálido dentro de este Reino. Hizo una pausa, meditando sus siguientes palabras, luego, con un tono más reflexivo, continuó: —Además, es conveniente que la gente del Reino forme nuevas familias; eso fortalecería más nuestros lazos y refuerza la estabilidad del territorio, para ellos, el amor es un privilegio que pueden priorizar antes que sus deberes. Adelaide bajó la mirada, comprendiendo lo que su madre insinuaba, pero se atrevió a preguntar de todos modos: -¿Y el amor, madre?- La Reina suspiró con dulzura y, con un gesto tierno, acarició un mechón del cabello de su hija. —El amor para la realeza no es como el de los plebeyos, hija mía, nuestros matrimonios son alianzas, decisiones tomadas anteponiendo siempre el bienestar del Reino. Se quedó en silencio por un momento, como si en su mente viajara a un recuerdo lejano, luego, con una sonrisa nostálgica, agregó: —Tu padre y yo fuimos prometidos desde antes de conocernos. Fue un matrimonio arreglado, como el de muchas generaciones antes que nosotros. Pero el cielo nos bendijo, pues en cuanto nuestros ojos se encontraron por primera vez, nos enamoramos. Supe desde ese momento que no solo sería mi esposo y mi Rey, sino también el amor de mi vida. Adelaide sintió un calor reconfortante en el pecho. -Entonces… ¿es posible encontrar el amor, incluso en un matrimonio arreglado? - La Reina la miró con ternura, pero también con cierta tristeza. —A veces sí, pero no siempre. Yo tuve suerte. Muchas Reinas antes que yo no la tuvieron. Y aun así, su deber fue el mismo: honrar a su Reino antes que a su propio corazón. El crepúsculo se filtraba por los ventanales de la biblioteca real, tiñendo los gruesos pergaminos y mapas de un suave tono dorado, entre documentos apilados, Ethan inclinaba la cabeza, su ceño levemente fruncido mientras repasaba estrategias militares y rutas de abastecimiento para el pequeño ejército, había estado sumido en trabajo todo el día, pero, a pesar del cansancio, una sola certeza lo mantenía en pie: su amor por ella. De repente, una brisa ligera y un aroma familiar acariciaron su rostro, antes de que pudiera reaccionar, unas manos suaves y cálidas cubrieron sus ojos, sumiéndolo en una oscuridad repentina. —¿Quién osa atacar a un humilde servidor del reino? —preguntó con una sonrisa ladeada, sin intentar quitar las manos que lo mantenían prisionero. Una risa dulce, como el sonido de campanas en la primavera, resonó cerca de su oído. —Si no puedes reconocerme, quizás he sido demasiado discreta con mi afecto. - Su corazón se aceleró, era ella. La princesa dejó escapar una risita y deslizó lentamente sus manos, permitiendo que sus dedos se detuvieran sobre la piel de su cuello, sintiendo el calor de su presencia, sus toques eran siempre así: ligeros como la brisa, pero con la fuerza de quien ha marcado su alma para siempre. Él giró la cabeza y sus miradas se encontraron, los ojos de Adelaide brillaban, reflejando un amor tan puro e intenso que ningún secreto, ningún muro del castillo, podría contenerlo. —No importa cuán ocupado estés, quiero robarte por un momento. —susurró ella, inclinándose un poco más cerca, como si temiera que alguien los escuchara. Él dejó la pluma a un lado, olvidando por completo sus escritos. ¿Cómo podía importarle la guerra, las estrategias, los documentos, cuando tenía frente a él todo lo que su corazón anhelaba? Con un movimiento suave, tomó la mano de la princesa y la llevó a sus labios, dejando un beso en su palma. —Eres el único asalto del que jamás me defendería-. Ella sonrió, sintiendo el calor de su beso como un juramento silencioso, luego, con un brillo travieso en los ojos, tiró suavemente de su brazo. Tomados de la mano, se deslizaron por los pasillos en penumbra, evitando los guardias y los sirvientes, se movían con la destreza de dos almas acostumbradas a esquivar las miradas indiscretas, a robar minutos entre deberes y prohibiciones. Finalmente, atravesaron la vieja puerta de madera que conducía a su pequeña cabaña secreta, un rincón desconocido por todos, menos por ellos. El escondite estaba iluminado por unas pocas velas, con viejos cojines y mantas que habían traído en visitas anteriores, allí, el mundo exterior se desvanecía y, el caballero no era solo un servidor del Reino y la princesa no era solo una futura soberana, eran simplemente dos almas que se amaban sin cadenas ni títulos. El caballero la atrajo suavemente hacia su pecho, inhalando su perfume. -Ojalá pudiéramos quedarnos aquí para siempre. - La princesa apoyó su rostro en el pecho de Ethan, cerrando los ojos por un instante. —Algún día, mi amor… Algún día no necesitaremos escondernos. - Y en la calidez de aquel rincón secreto, entre susurros y promesas, sellaron una vez más su amor en la sombra, soñando con el día en que finalmente pudieran amarse a la luz del sol. Poco tiempo después, cuando en Albagard parecía reinar nuevamente la paz, la tranquilidad fue abruptamente interrumpida por la llegada inesperada del Duque de Valdronia, su visita tan indeseada como inquietante, vino con un despliegue de ostentosos regalos. El Rey, incapaz de ocultar su tensión, decidió recibir personalmente al Duque, con una sonrisa afilada, su visitante le entregó una carta de invitación para celebrar un banquete previo a una propuesta de un acuerdo de paz; en ella, advertía que la presencia del monarca era esencial para concertar las primeras negociaciones. —Y, por supuesto… deberán venir con su hija. Después de todo, una joya tan valiosa no pasa desapercibida, - El aire se tornó denso, casi irrespirable, la Reina reprimió un escalofrío, sir Ezra llevó instintivamente la mano a la empuñadura de su espada, El Rey, con el rostro tenso, apretó los puños, pero mantuvo la compostura. El Duque, satisfecho con el efecto de sus palabras, dejó escapar una breve risa antes de añadir en tono casual: —No se preocupen, por supuesto que en Valdronia tratamos bien a nuestros invitados... siempre que sean prudentes.- La sorpresiva visita de Larkin de Vadronia fue corta pero la amenaza estaba implícita y el mensaje era claro: la paz de Albagard nuevamente pendía de un hilo. La princesa con determinación, comenzó a separar los obsequios recibidos por el Duque para llevarlos a un mejor destino lejos de ella. —¿Estás segura de hacer esto? —preguntó Ysme, observando cómo su amiga apartaba sin titubeos tesoros que cualquier otra princesa habría atesorado. Adelaide asintió, sin detenerse. —Las joyas del duque no me pertenecen. No deseo cargar con el peso de su intención oculta.- Ysme cruzó los brazos y suspiró. La princesa exclamó: —Tal vez… pero hay algo que ni el duque con toda su riqueza podría igualar. —Tomó la figurilla de madera que el caballero le había obsequiado y la colocó sobre la mesa con suavidad—. Este pequeño regalo hecho con sus propias manos vale más que todas las joyas de Valdronia juntas. Adelaide sonrió con dulzura y sostuvo la figura entre sus dedos —Porque esto fue hecho con el corazón. — Sus ojos recorrieron las delicadas curvas del fénix tallado, sintiendo su calidez a pesar de la fría madera — Yo siento más míos los regalos sencillos, aquellos que nacen del alma. No puedo aceptar con alegría las riquezas de un hombre vil, cuando sé que fueron obtenidas con ambición y engaño. - Edme la miró con admiración. —Por eso eres diferente, Adelaide. Por eso… él te eligió a ti. - El Duque podía ofrecerle riquezas, pero jamás podría darle lo que su caballero le entregaba sin esperar nada a cambio: su lealtad, su esfuerzo… y su gran amor.
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