-MIRADAS AL ENEMIGO-

1639 Words
El baile del Gran Festival del Sol en Albagard comenzaba con un despliegue de esplendor deslumbrante, la música, vibrante y majestuosa, llenaba cada rincón del inmenso salón de mármol, donde candelabros de oro macizo lanzaban destellos cálidos sobre los rostros extasiados de nobles y cortesanos, las sedas relucientes y los brocados bordados en hilo de plata se mecían con gracia al compás de la melodía, como olas de lujo en un mar de elegancia; la realeza, resplandeciente en su gloria, se mezclaba con los invitados, borrando por una noche las barreras entre linaje y deseo. Cuando la princesa Adelaide hizo su entrada, todas las miradas se posaron en ella, su belleza era deslumbrante, su porte elegante, su vestido verde esmeralda con detalles dorados y morados, ajustado al torso, con un escote profundo enmarcado por un ribete de tela morada y adornos dorados con piedras preciosas, esplendorosamente cubierta por una capa larga verde esmeralda evocando un aire de majestuosidad y autoridad, llevaba una capa que caía sobre sus hombros como de una fina tela pesada y elegante, llevaba un collar llamativo con un diseño dorado y piedras preciosas de amatista, combinando con sus pendientes largos y elegantes a juego; sin embargo, ninguna mirada era más intensa que la del Larkin Edelwyn, Duque de Valdronia, él no se molestaba en disimular su fascinación; la observaba con una mezcla de deseo y obsesión, como un depredador que acecha a su presa, buscando cualquier oportunidad para acercarse a ella, no era solo belleza la sensación que provocaba en él, era algo más… un aura, una esencia etérea que lo llamaba como un imán invisible. Por primera vez en su vida, el indómito Larkin Edelwyn no estaba en control, la veía reír con dulzura alzando su copa, su mirada iluminada de emoción, sin disimulo observaba cómo cada uno de sus gestos aunados de una gracia innata, parecían desafiar el mundo que la rodeaba. Y mientras la admiraba en secreto, un pensamiento incómodo cruzó su mente: “Si tuviera un reino entero a mis pies… lo cambiaría por tenerla a ella.” El Duque de Valdronia pestañeó, perturbado por la idea, pensado “No… no puede ser.” Con astucia, el Duque logró maniobrar entre la multitud hasta chocar con Adelaide, fingiendo cortesía, le extendió la mano para sacarla a bailar, la princesa, aunque incómoda, no tuvo más opción que aceptar, se deslizaron por el centro del salón, atrayendo la atención de todos pero para Adelaide, cada giro era una prisión, cada roce, un recordatorio de la amenaza que representaba ese hombre; finalmente, antes de que el Larkin pudiera disfrutar su victoria, fueron interrumpidos abruptamente por los hermanos gemelos de la princesa, que se interpusieron a manera de juego logrando separarlos impidiendo que su hermana estuviera con él por más tiempo. Desde la distancia, Ethan la miraba, su pecho vibraba con una intensidad que no tiene nada que ver con el calor del festival, en su piel sentía un hormigueo de anticipación, la amaba, la precisaba con un anhelo primitivo, de repente, ella le sostiene la mirada y sonríe como si los ojos de ambos entendieran la mutua necesidad de estar a solas, el joven caballero real dueño de un varonil atractivo, en esta noche cautivaba con su impecable presencia: su vestimenta elegante con una chaqueta en tono burdeos con detalles dorados, la parte superior de su atuendo, adornado con intrincados bordados formando patrones elegantes y majestuosos a lo largo de los bordes, el cuello, el pecho y las mangas de un material n***o ajustado decoradas con bordados dorados en los puños y parte superior de los brazos, llevaba un cinturón de cuero oscuro con una gran hebilla metálica tallada con la letra “A” la primera inicial del nombre de su Reino y de su amada, su presencia reflejaba un alto estatus, denotando que es un noble, o un comandante de la corte. El murmullo entre los asistentes no se hizo esperar, todos habían notado la presencia del Duque de Valdronia porque sabían de su embestida al Reino en días anteriores; y, aunque el Duque jamás prestaba atención a los murmullos de la gente hubo un momento en el que un escalofrío recorrió su espalda, porque en el otro extremo del salón, estaba La Reina Valkiria, quien lo observaba con una mirada inflexible, sus labios estaban presionados en una línea fría, y junto a ella se encontraban sus cuatro hijos ya adultos, con la misma expresión de amenaza latente, eran sombras de venganza, espectros que el Duque habría querido olvidar, volvió a su mente el recuerdo de que esa familia tenía sed de justicia, pero que hacían ahí… se preguntaba. Decidido a no dejarse intimidar, Larkin volvió a la carga y logró inducir a la princesa de bailar nuevamente, esta vez, ella acepto, pese a que su incomodidad era evidente segundos después, antes de que el Duque pudiera disfrutar el momento, Ethan y Elodie una de las primas gemelas de la princesa, se unieron a la pista de baile con una sonrisa cargada de intención. En el momento exacto de un giro tradicional, Elodie, con una destreza calculada, se apoderó del Duque, mientras el caballero con discreción le pidió a la princesa que salga de inmediato del salón, Larkin , desconcertado por el cambio repentino, se vio obligado a enfrentar a la nueva bailarina, fue entonces cuando sus ojos se fijaron en ella y su expresión cambió, Elodie era una mujer de belleza innegable, pero lo que en verdad lo paralizó no fue su hermosura, sino la sensación de familiaridad en sus rasgos, con una sonrisa forzada, el Duque entrecerró los ojos y murmuró: —¿Quién eres tú? Tu rostro me es familiar-, Elodie lo miró con intensidad y respondió con voz firme, sin titubear: -¿No me recuerdas? Soy una de las niñas que secuestraste hace varios años en el Reino de Ravenclair- el temor se apodero del cuerpo de Larkin, reconoció que en los ojos de los hijos de Valkiria ardía una sola promesa: algún día, cobrarían la muerte de su padre, Larkin rápidamente se acercó a la mesa para tomar una copa de vino y al regresar a la pista de baile, la familia de Valkiria se había esfumado. Lejos del bullicio de la celebración, entre los pasillos oscuros del templo dorado, Adelaide se deslizaba entre las cortinas de seda, su risa se perdió en el silencio cuando sintió unos pasos tras ella. De pronto, unas manos fuertes la atrapan por la cintura y la empujan suavemente contra la pared de piedra cálida, su piel se estremeció bajo la caricia de aquel toque inconfundible. Adelaide alza la vista y se encuentra con los ojos encendidos de su amado. Ethan con la voz ronca de deseo y su aliento caliente contra su mejilla susurró: "¿Escapabas de mí, mi princesa?" Adelaide responde con su respiración entrecortada: "O tal vez quería que me encontraras." Él desliza los dedos por la curva de su espalda, explorándola con la paciencia de quien desea saborear cada instante, la piel de Adelaide ardiendo bajo sus caricias, sus labios entreabiertos esperando un beso que nunca llega de inmediato, porque él disfruta la sorpresa de la pasión, Ethan dice susurrando contra su oído: "No sabes cuánto he soñado con este momento." Adelaide cerrando los ojos, dejándose llevar por la fiebre de su tacto exclamo suavemente: "Entonces haz que sea inolvidable." El aliento de Ethan choca contra la piel expuesta de su cuello cuando baja lentamente los labios, rozando la línea de su mandíbula, provocándola con una dulzura tortuosa. La princesa cierra los ojos, su piel arde bajo cada caricia, su pulso tamborilea en sus muñecas, en su cuello, en cada rincón de su ser. Él desliza los dedos por su cintura, sintiendo la seda ceder bajo su toque, descubriendo poco a poco la piel suave, caliente, estremecida… La piel de ambos se estremece con la brisa nocturna, con el roce de sus cuerpos, con la fiebre de su amor prohibido. Durante ese baile, Larkin interactuó con la realeza con una cortesía impecable, había llegado con la arrogancia de quien planea tomar lo que desea por la fuerza, pero la hospitalidad de los Reyes anfitriones lo desarmó de una manera distinta. Su mente decía "estos son mis enemigos", pero su corazón, aún agitado por la visión de la princesa, le decía "no hoy, espera un tiempo." El Duque sintió algo insólito: su respiración se volvió errática, su garganta seca, sus pensamientos desordenados, frunce el ceño al ver que en ese majestuoso lugar están también varios de sus enemigos, sin duda algo le incomoda, su mandíbula se tensa y sus dedos se crispan alrededor de la copa de vino, se vuelve hacia la Reina Adela con su tono afilado como una daga disfrazada de cortesía. -Majestad, ya no veo a la princesa en la celebración, espero que no esté indispuesta. - La Reina Adela ocultando su inquietud tras una sonrisa educada contesto: -Adelaide disfruta de la festividad a su manera, no tardará en aparecer. - Pero en su interior, la Reina sabe que algo no encaja, su hija ha estado inquieta últimamente, su mirada perdida en pensamientos secretos y hay alguien más cuya ausencia no ha pasado desapercibida: el joven caballero. Al final de la celebración, cuando llegó el momento de despedirse, el Duque de Valdronia sorprendió a todos con un gesto inesperado en una leve inclinación de cabeza: -Majestad, ha sido un honor recibir vuestra generosidad. Espero que este encuentro fortalezca la amistad entre nuestros Reinos. - Su tono era diplomático, casi amistoso, nadie, ni siquiera él mismo, entendía por qué estaba dejando el Reino sin haber cumplido su propósito de intimidar. Pero la razón era clara, no podía pensar en la guerra cuando su mente estaba llena de la imagen de la hermosa princesa.
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