POLLIE El agua salpicó contra mis overoles cuando crucé el umbral de madera hacia el establo, con los brazos gritándome que dejara de una vez el maldito balde. Solo unos pasos más, me repetí, apretando el agarre de hierro que tenía sobre las asas mientras avanzaba los últimos centímetros y lo dejaba frente a Marianne. Esta vez solo había perdido la mitad del agua. Marianne soltó un bufido a modo de agradecimiento antes de hundir el hocico en el balde, empujando más agua sobre mis zapatos. Suspiré, consciente de que le encantaba hacerlo. Flexioné los músculos de mis manos una y otra vez, esperando evitar algún calambre más tarde. —Estás mejorando con ese balde, Pollie —se rió Arlene al pasar detrás de mí, con las riendas y una silla de montar sobre los brazos—. Te tomó, ¿qué?, ¿cinco me

