LYSANDER El exterior de la casa de Romi estaba descuidado y cansado. La hierba, demasiado larga y muerta desde hacía tiempo, aún se asomaba entre la nieve, y las enredaderas secas trepaban por los costados de la vivienda. Su coche descansaba bajo un garaje exterior, apenas cubierto lo suficiente para mantener la nieve fuera de la ventanilla rota. Hice una nota mental para enviarle unos jardineros cuando mejorara el clima, así no tendría que preocuparse por eso. Ver a alguien tan impecablemente vestida, con ropa comprada con mi tarjeta, salir de una casa tan deslucida era una imagen extraña. Se sujetaba los bordes del abrigo de lana mientras bajaba con cuidado los escalones. Cada paso era un riesgo: la helada nocturna había cubierto todo de hielo y, con tacones tan altos, una caída podría

