Había perdido el control por completo y comenzaría a hacer lo que jamás pensaría que haría. —Samantha.—Insistí.—¿Puedes ayudarme a olvidarla?—Pregunté. Samantha era una chica apuesta; quizás unos 25 años de edad. Largas piernas y una hermosa sonrisa. Jamás le había mirado con otra intención y siempre fue muy buena con los números y registros. Más allá de ser una hermosa mujer, era una increíble secretaria. Así que aquello que hiciera, lo haría con cuidado de perder un empleado. Ella me miró una vez más y quitó el vaso de whiskey de mis manos.—Me refería a los documentos, señor.—Aclaró. Pero antes de marcharse sonrió y me miró.—Pero también puedo ayudarlo con eso, señor. Solo pondría una condición.—Dijo acercándose a mi. Le miré y sonreí.—¿Qué condición, Samantha?—Pregunté. —Ést

