Capítulo 2

956 Words
Tres años atrás Víspera de Navidad Aquella escapada había sido idea de Julien. Quería que la Navidad dejara de pertenecer al mundo y empezara a pertenecernos únicamente a nosotros. «Será nuestra tradición», me dijo aquella tarde mientras descargábamos el equipaje bajo una ligera nevada. «Cada Nochebuena vendremos a una cabaña diferente. Cuando Charlotte crezca, será ella quien elija el lugar». Todavía podía sentir el beso que depositó en mi frente después de decirlo, como si aquella promesa hubiera quedado suspendida para siempre en el tiempo. La cabaña era pequeña, cálida y acogedora. El aroma de la madera recién cortada se mezclaba con el del chocolate caliente que habíamos preparado antes de acostar a Charlotte. La chimenea crepitaba suavemente en la sala y, detrás de las ventanas, la nieve caía con una calma casi mágica. Era felicidad. Una felicidad tan perfecta que jamás imaginé lo frágil que podía ser. No sé cuánto tiempo llevaba dormida cuando algo me obligó a abrir los ojos. Al principio pensé que había sido un sueño. Después fruncí el ceño. Había un olor extraño. Tenue. Apenas perceptible. Pero completamente fuera de lugar. A humo. Giré la cabeza hacia Julien, que seguía profundamente dormido a mi lado. Apoyé una mano sobre su brazo y lo sacudí con delicadeza. —Julien... amor... —susurré—. ¿Lo hueles? Abrió los ojos de inmediato. Siempre tuvo el sueño ligero cuando se trataba de nosotras. Permaneció inmóvil apenas un segundo, aspirando el aire con atención. Su expresión cambió. —Quédate aquí con Charlotte —dijo mientras apartaba las mantas—. Voy a revisar. No alcanzó siquiera a cruzar la puerta del dormitorio. Un grito infantil desgarró el silencio de la cabaña. El grito de nuestra hija. Julien salió corriendo sin pensarlo dos veces. Yo fui detrás de él, aunque las piernas me pesaban como si estuvieran hechas de piedra. El corazón golpeaba con tanta fuerza contra mi pecho que apenas podía respirar. Cuando llegué al pasillo, él ya regresaba con Charlotte en brazos. Nuestra pequeña lloraba desconsoladamente, aferrada a su cuello con todas sus fuerzas. Su rostro estaba bañado en lágrimas y sus pequeños pulmones buscaban aire entre la humareda que comenzaba a invadir la planta superior. Nunca olvidaré la expresión de Julien. No era miedo. Era urgencia. La de un hombre que había comprendido el peligro antes que nadie. —La casa se está quemando —me dijo con una serenidad que contrastaba con el caos que empezaba a rodearnos—. Anne... tenemos que salir. Ahora. Quise hacer preguntas. No pude. El instinto tomó el control. Corrimos hacia las escaleras mientras el humo ascendía cada vez con mayor rapidez. El aire empezaba a quemar la garganta y cada respiración resultaba más difícil que la anterior. Entonces ocurrió. Una explosión sacudió la cabaña con una violencia ensordecedora. El árbol de Navidad, iluminado apenas unos segundos antes por cientos de pequeñas luces doradas, estalló en una lluvia de chispas. Las llamas comenzaron a extenderse por las cortinas y las paredes con una velocidad imposible. La madera crujía bajo nuestros pies mientras el techo parecía gemir antes de ceder. —¡Anne! —gritó Julien—. ¡Corre hacia la puerta! ¡Yo voy detrás de ti! Obedecí. No porque quisiera dejarlo atrás. Porque confiaba en él más que en mí misma. Cada paso era una batalla contra el humo. El calor me golpeaba el rostro con una intensidad insoportable y sentía que el aire abrasaba mis pulmones antes siquiera de llegar a ellos. Logré alcanzar la puerta principal. Mis dedos rozaron el metal helado de la cerradura. Giré. Solo quería comprobar que venían detrás de mí. Solo un segundo. Uno solo. Pero fue suficiente para que todo cambiara. El enorme árbol de Navidad cedió con un estruendo espantoso. Cayó envuelto en llamas justo entre nosotros. El impacto hizo temblar toda la estructura de la cabaña. El fuego levantó un muro imposible de atravesar. —¡No! —grité con una desesperación que jamás volvería a abandonar mi voz. Intenté correr hacia ellos. Las llamas me obligaron a retroceder. —¡Julien! Lo vi abrazar con fuerza a Charlotte. La cubrió completamente con su cuerpo, como si todavía pudiera protegerla de aquel infierno. Entonces levantó la mirada. Nuestros ojos se encontraron entre el humo. Nunca olvidaré aquella expresión. No había resignación. Solo amor. Un amor tan inmenso que, incluso frente a la muerte, su única preocupación seguía siendo nosotras. —¡Anne! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Vete! ¡Ahora! Negué una y otra vez. No podía hacerlo. No podía abandonarlos. No podía vivir sin ellos. Intenté avanzar. El calor me golpeó con tanta violencia que sentí la piel arder antes siquiera de acercarme al fuego. —¡Voy por ustedes! —grité, desesperada. Fue mentira. Quería cumplirlo. Pero jamás tuve la oportunidad. Una segunda explosión sacudió la montaña. El suelo desapareció bajo mis pies. Las ventanas estallaron. La onda expansiva me lanzó varios metros hacia atrás. Después... Solo oscuridad. Cuando desperté, el techo blanco de una habitación de hospital ocupaba todo mi mundo. No sabía cuánto tiempo había pasado. Una enfermera permanecía junto a mi cama. Al verme abrir los ojos, tomó mi mano con una delicadeza que jamás olvidaré. Y entonces pronunció la frase que terminó de destruir todo lo que el incendio había dejado en pie. —Señora Delacroix... lo siento muchísimo. Su esposo y su hija no sobrevivieron. No recuerdo haber llorado. No recuerdo haber gritado. Solo recuerdo el silencio. Desde aquel día comprendí que existen heridas que jamás cicatrizan. Porque, cada vez que veo una llama encendida... Una parte de mí sigue atrapada en aquella cabaña. Y otra sigue muriendo junto a Julien y Charlotte.
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