Annelise Lior
Desperté con el cuello entumido y una sensación amarga en la boca, como si hubiera llorado hasta quedarme sin fuerzas. Al abrir los ojos, lo primero que vi fueron las sombras de la sala extendiéndose por el piso. La chimenea ya no tenía vida; solo quedaban las cenizas del fuego de anoche, frías, apagadas, inertes. Me tomó unos segundos recordar por qué me había quedado dormida allí, recostada en un sillón que conocía cada una de mis derrotas. Entonces giré la cabeza y la vi: la hoja arrugada, casi hecha una bola, descansando junto a mí como un recordatorio cruel de lo que había intentado olvidar mientras dormía.
La tomé con cuidado, aunque mis dedos ya sabían que no encontrarían consuelo. La desdoblé esperando, contra toda lógica, que no fuera real, que quizá lo que había leído anoche era producto del cansancio o de mi mente agotada. Pero ahí estaba. El membrete, las firmas, las palabras frías que anunciaban una demanda en mi contra. Mis suegros, los padres de Julien, habían decidido llevarme a los tribunales. No entendía por qué. No podía entender cómo, después de todo lo que había hecho para respetar su duelo, su memoria, sus exigencias, todavía querían arrebatarme lo único que me mantenía en pie.
Sentí el pecho apretarse de nuevo mientras me levantaba del sillón. Toqué mis ojos hinchados y los limpié con el dorso de la mano, tratando de recuperar algo de dignidad antes de que alguien más me viera en ese estado. La mansión estaba en silencio, un silencio que no calmaba, sino que hacía más evidente la soledad de la Noche Buena. Una noche que para cualquier otra familia significaba unión, pero para mí solo significaba pérdidas que se repetían año tras año.
Estaba tratando de respirar cuando escuché pasos acercándose por el pasillo. Bertha apareció en la entrada, con su mirada cuidadosa y ese tono suave que siempre usaba cuando intuía que algo iba mal.
—Señora Annelise —dijo, sin ocultar cierta preocupación—. Disculpe que la interrumpa, pero ha llegado alguien a buscarla.
Me tensé de inmediato. A estas horas, en esta casa donde casi nadie me visitaba, era aún muy temprano para visitas.
—¿Quién es? —pregunté, presionando la hoja arrugada entre mis dedos.
—Dice que su nombre es Caleb Thorn, señora —respondió con cierta reserva—. Insiste en que necesita hablar con usted.
El nombre cayó sobre mí como un golpe seco. Lo había leído anoche, entre las líneas que me habían quitado el sueño. Miré la notificación nuevamente y la desdoblé por completo, buscando confirmar lo que ya sabía, pero que mi mente se negaba a aceptar tan rápido.
Ahí estaba.
Caleb Thorn.
El abogado de mis suegros.
El hombre al que habían contratado para destruir mi defensa, para despojarme del viñedo, para demostrar que yo no tenía derecho a la herencia que Julien me había dejado.
Tragué saliva, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado.
—Dígale… —mi voz apenas salió—. Dígale que en un momento lo atiendo.
Bertha asintió con una mezcla de respeto y lástima antes de retirarse.
Me quedé sola otra vez, sosteniendo aquella hoja que ahora parecía más pesada que nunca. El fuego de la chimenea había muerto, pero el de mi vida estaba a punto de encenderse en la peor dirección posible. Mis suegros habían abierto la puerta a una guerra, y el hombre que esperaba afuera de esta habitación era la primera pieza de ese ataque.
Respiré hondo, aunque cada respiración doliera.
No estaba lista.
Pero no tenía opción.
La batalla había comenzado.
Me quedé unos segundos quieta, tratando de ordenar mis pensamientos antes de enfrentar lo inevitable. Me alisé la falda con las manos, como si ese gesto pudiera devolverme algo de control. Caminé hacia el espejo de la sala y, al ver mi reflejo, tuve que contener una mueca. Mi cabello estaba despeinado, con mechones sueltos que caían sin forma alrededor de mi rostro. Mis ojos estaban hinchados, mis labios secos, mi piel apagada por la falta de sueño. No tenía tiempo para bañarme ni cambiarme; el abogado ya estaba aquí, esperando mi presencia. Lo mínimo que podía hacer era acomodar el cabello con los dedos y respirar profundo antes de seguir adelante.
Inspiré varias veces, tratando de estabilizar el temblor en mi pecho. Mi vida ya era lo suficientemente complicada; enfrentar al abogado de mis suegros con este aspecto solo añadía otra capa de vulnerabilidad que no podía evitar. Aun así, me obligué a avanzar. Mis pasos resonaron suavemente en el piso mientras caminaba por el pasillo rumbo a la sala principal. Con cada paso, sentía cómo el estómago se me tensaba un poco más.
Al entrar en la habitación, lo primero que vi fue la figura de un hombre de espaldas, observando el jardín a través del ventanal. Llevaba puesto un traje n***o perfectamente ajustado, de esos que se notaban costosos incluso a distancia. Era alto, de espalda ancha y postura impecable, como alguien que estaba acostumbrado a tener el control en cualquier espacio en el que se encontrara. Alcancé a pensar que no era el tipo de presencia que uno esperaba encontrar en la sala de su casa a primera hora de la mañana después de una noche devastadora.
Apenas se percató de mi entrada, se giró para verme. La respiración se me cortó por un instante. No lo esperaba tan atractivo. Su mirada oscura cayó sobre mí de inmediato, como si analizara cada detalle, no solo de mi apariencia, sino de algo más profundo. No había agresividad abierta en su expresión, pero sí una curiosidad fría, casi clínica, como si estuviera evaluándome en silencio para colocarme en una categoría determinada. Sus rasgos eran marcados, varoniles; cejas pobladas, mandíbula firme, labios que no daban pistas de su personalidad. Parecía un hombre que rara vez perdía la compostura. A lo mucho tendría unos treinta y seis años.
—Buen día, señor Thorn… —logré decir.
Él avanzó hacia mí con pasos medidos, cada uno calculado, deteniéndose a tan solo un par de pasos de distancia. Extendió su mano con firmeza, como alguien acostumbrado a iniciar una reunión con dominio.
—Señora Delacroix —saludó.
No levanté la mano para estrechar la suya. Sentí que aceptar ese saludo sería conceder algo que aún no entendía. Lo miré a los ojos antes de responder.
—Señora Lior, por favor. Delacroix es mi apellido de casada, pero ahora soy viuda.
Un silencio breve, pero intenso, se colocó entre nosotros. Sus ojos se mantuvieron fijos en los míos y, por un instante, sentí que se negaba a retroceder. Era una lucha silenciosa, una tensión que no esperaba encontrar tan pronto. Él no tenía que hacer esfuerzo alguno para imponer su presencia; era un hombre que llevaba el peso de su autoridad en la forma en que observaba, respiraba, se movía. Y aun así, detrás de esa dureza había algo que no lograba descifrar: un matiz que me hizo pensar que él también intentaba entenderme.
Me sostuvo la mirada como si quisiera leerme, como si esperara que yo cediera primero. No lo hice. Era lo único que podía controlar.
Ese hombre…
Caleb Thorne.
Era un enigma. Un peligro anunciado. Y la persona que había venido a arrebatarme lo último que me quedaba.
Me mantuve firme, aunque por dentro temblara.
—¿En qué puedo ayudarlo? —pregunté al fin, aun con el pulso acelerado.
Y su presencia, tan imponente como inquietante, llenó por completo la habitación.