Annelise Lior
Sentí el latido acelerado en mis sienes cuando Caleb Thorne terminó de observarme y dio el primer paso hacia la conversación que yo ya sabía que sería un golpe directo a mi estabilidad.
—Sra. Lior —comenzó con ese tono firme, seguro, calculado—, estoy aquí ya que mis clientes, los señores Delacroix, la están demandando para apelar el testamento de su hijo. Desean que la hacienda vitivinícola Delacroix Estate Winery regrese a ellos. Estoy frente a usted ya que no tenemos que irnos a un juicio que podría extenderse por meses, sino que podría llegar a un acuerdo con mis clientes. Ellos están dispuestos a entregarle una compensación si regresa la propiedad que ha sido de la familia Delacroix desde hace más de ochenta años.
Su discurso era tan limpio, tan ensayado, tan frío, que por un segundo tuve que obligarme a asimilar cada palabra.
Fruncí el ceño sin poder evitarlo.
—¿Una compensación? —solté, sin esperar nada, casi incrédula.
Caleb asintió sin titubear.
—Si nos vamos a juicio, déjeme hacerle saber que no tiene posibilidad alguna de quedarse con esta propiedad. Los señores Delacroix le cedieron la propiedad a su esposo, ahora fallecido. Aunque él le heredó todos sus bienes, el hecho de que no haya hijos con vida hace que directamente los herederos también sean los padres. Ellos solo quieren su propiedad de vuelta. Temen que en algún momento usted pueda casarse y la propiedad familiar Delacroix pase a ser de alguien más.
Sentí un golpe en el pecho, uno que me sacó el aire unos segundos. Negué despacio, sin poder creer que esa fuera la razón.
—Yo le prometí a mis suegros que no me casaría de nuevo. Estos años lo he cumplido. Ni siquiera he salido con alguien… ni lo pienso hacer. Cumpliré mi palabra.
Él me interrumpió antes de que pudiera decir algo más.
—Pero eso no es algo que se pueda estipular mediante un contrato, señora Lior. Usted es una mujer joven y bella. Es difícil creer que nunca vaya a rehacer su vida.
La manera en que lo dijo hizo que mi estómago se tensara aún más. No sé si fue la observación sobre mi vida personal o la facilidad con la que asumía que podía juzgarme, pero algo dolió.
Antes de responder, él continuó, esta vez con un matiz más acusador en su voz.
—Además, usted pasó un año desaparecida para después venir a reclamar la herencia de su esposo fallecido. Dígame, podemos hablar sobre dónde estuvo en ese tiempo.
Levanté la mirada con firmeza, agudizándola.
—¿Qué es lo que está tratando de decir, señor Thorne? ¿A dónde quiere llegar? ¿Por qué mis suegros no vinieron a hablar conmigo en persona en lugar de mandar a un abogado que me ve como si me juzgara antes de conocerme?
Él alzó la barbilla, con la misma seguridad que imponía desde que entré en la sala.
—Estoy tratando de darle opciones. Si nos vamos a juicio, quien perderá más aquí será usted.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Sus palabras estaban diseñadas para intimidar, para quebrar mi resistencia, pero no entendía a qué se refería.
—¿Cómo está tan seguro de eso? —le pregunté, intentando que mi voz no delatara el temblor interno que sentía.
No dudó ni un segundo.
—Porque soy uno de los mejores abogados de California. En mis doce años ejerciendo, nunca he perdido un solo caso, y no pienso hacerlo.
Tragué saliva. Sentí cómo mis manos se cerraron en puños suaves a los costados de mi falda. Oírlo decirlo con tanta seguridad me golpeó más fuerte de lo que quise admitir. Era un hombre acostumbrado a ganar, acostumbrado a que todos cedieran antes de llegar al límite.
Sus palabras seguían flotando en el aire como una amenaza velada, una que intentaba no solo quebrar mis argumentos, sino quebrarme a mí.
Me crucé de brazos para disimular el temblor en mis manos, aunque sabía que él ya había notado cada grieta en mi postura. Caleb Thorne tenía esa habilidad peligrosa de mirar demasiado, de leer demasiado, de oler la vulnerabilidad como si fuera parte de su trabajo.
Quizá lo era.
—Sabe —comenzó, dando un pequeño paso hacia mí—, hay detalles en este caso que simplemente no… encajan.
Mi respiración se volvió más pesada. No quería escucharlo. No quería ir por ese camino.
—¿A qué se refiere? —pregunté, aunque una parte de mí sabía que nada bueno saldría de su respuesta.
Caleb inclinó apenas el rostro, estudiándome con esa mirada oscura que parecía diseccionar mis pensamientos.
—A que es muy peculiar, muy… sospechoso —dijo sin suavizar el golpe—, que su familia haya muerto en un incendio donde solo usted sobrevivió. Y después desapareciera un año entero… para regresar justo a reclamar la herencia del primogénito de una familia respetable y acaudalada.
Sentí como si alguien me arrancara el aire del pecho.
El calor subió a mis mejillas, no por vergüenza, sino por indignación.
Por dolor.
El fuego de la chimenea apagada no podía quemarme, pero él sí estaba consiguiéndolo.
—¿Sospechoso? —repetí en voz baja, sintiendo el temblor en mi garganta.
—Es una palabra muy fuerte para algo que ni siquiera entiende.
—Lo entiendo más de lo que cree —respondió. Su tono era frío, calculado, pero había un matiz escondido… algo parecido a duda o a intriga.
—Usted desapareció, señora Lior. Nadie supo dónde estaba. Ni sus suegros, ni su propia familia política. Y ahora… ahora quiere quedarse con la propiedad que para los Delacroix representa generaciones enteras de historia.
Mi pecho comenzó a subir y bajar con más rapidez. No supe si era rabia, miedo o cansancio. Probablemente todo a la vez.
—No estoy obligada a darle explicaciones de mi vida —dije, intentando sostener la voz.
—Ni mucho menos de mi dolor.
Caleb me sostuvo la mirada. Fue un choque seco, firme, como si ninguno quisiera ceder.
—Estoy señalando hechos —respondió.
—Hechos que un juez también señalará. Y créame, no le favorecerán.
La tensión se hizo más densa que el aire.
Y entonces algo adentro de mí se quebró.
Tal vez era el agotamiento acumulado.
Tal vez era el recuerdo de Julien y nuestra hija.
Tal vez simplemente era la humillación de ser tratada como una impostora en mi propia casa.
—Váyase —dije, en un murmullo áspero.
Sus cejas se fruncieron apenas, como si no hubiera esperado que lo echara de forma tan directa.
—Sra. Lior…
—He dicho que se vaya —repetí, esta vez con más firmeza.
—No quiero seguir escuchando cómo intenta convertirme en una criminal para justificar la avaricia de mis suegros. No pienso llegar a ningún acuerdo. No voy a ceder nada. Esta hacienda es mía, la heredé de mi esposo… y aquí me voy a quedar.
Di un paso hacia él, sintiendo cómo todo mi cuerpo temblaba entre rabia e impotencia.
—No comprendo por qué ahora quieren despojarme de algo que ya estaba arreglado —continué—. Yo cumplí cada acuerdo, cada palabra que les di. Nunca les di motivos para dudar de mí. Pero ya es suficiente. Si quieren una guerra legal, la tendrán.
Caleb apretó los labios, como si mi determinación lo sorprendiera y le irritara al mismo tiempo.
—Entonces la veré en el juicio —dijo, con un tono que heló la habitación.
—Y le advierto algo: este proceso no será sencillo para usted.
Le sostuve la mirada, aunque mi pecho ardía.
—No perderé —respondí con voz baja pero segura.
Caleb me observó en silencio unos segundos más. Hubo algo distinto en su expresión. Un destello de duda. O tal vez de interés.
Pero lo ocultó rápido.
Asintió sin cordialidad y caminó hacia la salida con pasos firmes. Su aroma a colonia especiada quedó suspendido en el aire unos segundos después de que desapareció por la puerta.
Cuando el sonido del portazo retumbó en la mansión, mis piernas por fin cedieron.