CAPITULO 17

1223 Words
El sol caía a plomo sobre el campus, mientras Travis caminaba con sus amigos por la avenida principal que conectaba los edificios deportivos con la zona de auditorios. Risas, bromas y un par de bolsas de papas abiertas como botín de guerra. Todo iba bien… hasta que Sam se detuvo en seco. —¿Eso es… Hana? —dijo, con el tono de quien ve un eclipse. Todos giraron la cabeza. Y ahí estaba. Hana Laurent, recargada con toda su elegancia desinteresada contra uno de los pilares del campus. Su cabello brillaba con el sol, su falda plisada ondeaba con el viento como si una productora de Netflix la estuviera grabando. Frente a ella, sonriendo como si fuera el dueño del mundo, estaba Elijah Brooks, el capitán del equipo de fútbol americano. Alto. Mamado. Guapo. Carismático. Un “él lo tiene todo” en versión atleta. Y ahí estaban. Hablando. Riendo. Travis se detuvo. La bolsa de papas quedó colgando de su mano. Su mandíbula se tensó, y por primera vez en días… no tenía ningún comentario sarcástico. —¿Desde cuándo Hana habla con ese? —preguntó Rafa. —No sabía que se conocían —agregó Diego, ya con el ceño fruncido. —Tal vez solo se están saludando —intentó Sam. Y justo en ese momento, Elijah le pasó una mano por el brazo a Hana mientras se reía. Como si lo hiciera siempre. Como si ella se lo permitiera siempre. Travis entrecerró los ojos. Un nudo apretó su estómago. No era celos. No, no. Era… territorio. Era competencia. Era mierda, eso no me lo esperaba. —Vamos —murmuró Travis, dándose media vuelta sin esperar respuesta. —¿A dónde? —preguntó Diego. —A subirle el nivel a la estrategia. El plan A está muerto. Es hora del plan B. —¿Y cuál es el plan B? Travis sonrió sin humor. —Conquistarla… aunque tenga que patearle el ego a ese maldito linebacker en el camino. El gimnasio principal ya estaba casi vacío, solo quedaban las luces de mantenimiento y el eco de los últimos pasos. Travis había terminado su rutina de tiro libre y caminaba por el pasillo que daba a los vestidores cuando la puerta lateral se abrió… y Elijah Brooks apareció, con una botella de proteína en la mano y la sonrisa confiada que lo caracterizaba. Ambos se detuvieron. Uno frente al otro. Nadie habló. Por un segundo, lo único que se escuchó fue el zumbido del ventilador industrial. —Blake —dijo Elijah finalmente, alzando apenas la barbilla. —Brooks —respondió Travis con voz seca. Un silencio más. Una pausa que pesaba más que una mancuerna de veinte kilos. —He oído que estás… bastante ocupado últimamente —continuó Elijah, caminando lentamente hacia el bebedero de agua, sin dejar de mirarlo de reojo. —Sí, ya sabes. Clases, entrenamientos, trabajo en equipo con la chica más guapa del campus —Travis sonrió con una de esas sonrisas que sabías que traían cuchillos escondidos—. Ocupado es poco. Elijah apoyó el hombro contra la pared, cruzándose de brazos. —¿Hana, eh? —¿Hay otra? Elijah soltó una risa suave. —Interesante. Porque juraría que ella y yo tuvimos una conversación bastante... cercana esta tarde. No parecía muy interesada en tu famoso encanto de bad boy. Travis se acercó un paso. —¿Eso crees? ¿Que es tan fácil como lanzar una sonrisa y un par de frases bonitas? No conoces a Hana. —¿Y tú sí? —Elijah lo miró con la misma intensidad que usaba en un partido contra su rival—. Porque si la conocieras, sabrías que no se gana con estrategias. Travis se encogió de hombros, sin dejar de sostenerle la mirada. —No necesito estrategias. Solo tiempo. —¿Eso es una amenaza? —Es una promesa. El silencio volvió a caer entre ellos, tan cargado que cualquiera que pasara por ahí pensaría que estaban a punto de lanzarse encima… o besarse. Pero no. Esto era guerra. Una guerra silenciosa y elegante, con sonrisas afiladas y testosterona flotando en el aire. Elijah dio un paso hacia la salida. —Entonces… que gane el mejor, Blake. —Siempre lo hago —dijo Travis, dándole la espalda justo antes de entrar a los vestidores. La sala de juntas del consejo estudiantil olía a café, plumones secos y estrés de última hora. Sobre la mesa larga había folletos a medio diseñar, cronogramas marcados con subrayador y una laptop reproduciendo una playlist de concentración lo-fi… que nadie estaba escuchando. Hana llegó puntual, como siempre. Llevaba un blazer n***o, jeans oscuros y un moño bajo elegante que gritaba “eficiencia”. Travis entró dos minutos después, con una sudadera, su cabello aún húmedo por el entrenamiento y la misma sonrisa de “sí sé que llego tarde, pero también sé que no me vas a correr”. —Qué milagro, Blake. Pensé que ibas a mandar a uno de tus fans a cubrirte —dijo Hana sin levantar la mirada de su agenda. —Pensé hacerlo, pero ninguna tiene tu nivel de sarcasmo. Y eso es clave en esta junta. Se sentó frente a ella. Puso su libreta sobre la mesa y, por primera vez, sacó un bolígrafo real. Sin dibujos de caricaturas. Sin sarcasmo. Solo trabajo. Pero sus ojos… esos seguían lanzando fuego bajo la superficie. —Tenemos todo organizado para los partidos —dijo Hana, pasando las hojas—. Vóley, básquet, atletismo, natación y el concurso de relevos. Faltan árbitros, seguridad, cronómetro oficial y el presupuesto para snacks. —Diego se ofreció de voluntario para la mesa de anotaciones —dijo Travis—. Y Rafa puede conseguir patrocinios. Su tío tiene una tienda de suplementos. —¿Patrocinios? ¿Sin que se tatúen el logo en la frente? —Depende cuánto paguen —respondió Travis con una sonrisa. Ambos se miraron. Hana apretó los labios, disimulando una sonrisa. —También tenemos que hacer la rueda de prensa previa para presentar los equipos. Tú y yo tenemos que hablar… frente a todos —dijo Hana, cruzándose de brazos. —¿Un discurso juntos? ¿Tipo: "bienvenidos, estudiantes, al evento más épico de su aburrida vida universitaria"? —Travis ya estaba dramatizando con voz de narrador de tráiler de película. Hana rodó los ojos. —Tipo: "trabajamos en equipo por el bien común". —Eso suena tan... anti-Travis Blake. —Por eso lo escribiré yo —dijo Hana, tomando nota sin mirarlo. Él la observó unos segundos. Luego bajó la voz. —¿De verdad me odias tanto? Hana lo miró, sin expresión. —No te odio, Blake. Solo no eres mi tipo. —¿Y cuál es tu tipo? —susurró él, inclinado sobre la mesa. Ella alzó una ceja. —Silencioso. Discreto. Sin club de fans ni ego tamaño estadio. —Uf. Lo bueno es que el ego se puede reducir. Pero el carisma… ese viene de fábrica. Ella no respondió. Solo se levantó, recogió su carpeta y su laptop. —Ensayamos el discurso el miércoles. No llegues tarde —dijo, saliendo por la puerta. Travis se quedó solo, viendo cómo la puerta se cerraba lentamente. —Miércoles, discurso… y posible humillación pública. Perfecto —murmuró, y sonrió.
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