CAPITULO 3

967 Words
El sol ya se había ocultado detrás de los edificios de cristal del campus, y los pasillos estaban más tranquilos. La mayoría de los estudiantes se dirigían a sus dormitorios, cafeterías o prácticas nocturnas. Hana caminaba por la explanada con paso firme, los tacones de sus botas resonando como tambores de guerra. Llevaba en la mano una carpeta con horarios, propuestas y un cronograma que podría hacer llorar de emoción a cualquier administrador. Frente a la fuente central, lo vio: Travis, tirado sobre una banca, con una lata de soda apoyada en el pecho, los audífonos puestos y un cuaderno abierto sobre la cara como sombrilla improvisada. —¿Estás muerto o solo finges ser inútil? —soltó sin miramientos. Travis se bajó el cuaderno de la cara y la miró con una ceja levantada. —Mira quién llegó… la general del orden. —Te traigo el cronograma para organizar las actividades. ¿Tienes un minuto o estás muy ocupado respirando? Él se incorporó con pereza, estirando los brazos como gato flojo. —Depende… ¿incluye mi derecho a opinar o es solo una dictadura disfrazada? Hana ignoró el comentario y le pasó la carpeta. —Aquí están las opciones de horarios y lugares para que trabajemos en la planeación. Sala de estudio, biblioteca, cafetería del edificio C, incluso el salón multiusos. Escoge una. Y por favor, di algo coherente. Travis hojeó la carpeta… al revés. —Wow, esto tiene más páginas que mi tesis. —¿Tienes tesis? —Todavía no, pero mi fe está escrita en Comic Sans. Hana respiró hondo. Muy hondo. Nivel yoga avanzado. —¿Sala de estudio de la biblioteca a las 7 p.m.? —propuso con tono diplomático. —¿A esa hora no estás con tu séquito de robots entrenando la dominación mundial? —¿Y tú no estás ligando con alguna incauta de primer semestre? —Touché. Hubo un silencio breve. Luego Travis se rascó la nuca y preguntó, medio serio: —¿Y si lo hacemos en la cafetería nueva? La que tiene sillones cómodos, WiFi decente y galletas gratis los miércoles. —¿Y si tú haces las galletas gratis y las traes tú? —¿Sabes qué? Me gusta cuando finges tener sentido del humor. Me hace pensar que tienes alma. —Y a mí me gusta cuando finges ser útil. Travis sonrió. —Entonces… ¿hoy, 8 p.m., cafetería nueva? Hana dudó por una fracción de segundo. Ceder no era su estilo. Pero tampoco quería compartir oxígeno con él dentro de una sala cerrada sin café. —Está bien. Pero si llegas tarde, no solo cancelo el proyecto. Te expulso. —Uy, amenaza de poder. Sexy. Hana lo fulminó con la mirada. Travis levantó las manos. —Ok, ok, ya. Hoy a las 8. Prometo estar… casi puntual. Cuando se dio la vuelta para irse, ella lo escuchó murmurar bajito: —Me encantaría ver qué pasa si alguna vez llego realmente puntual contigo. Y aunque no lo admitió, una sonrisita le tembló en la comisura de los labios. La cancha principal del campus vibraba con cada rebote del balón. Luces encendidas, música sonando en segundo plano, y un ambiente que parecía más un concierto que una práctica deportiva. Travis Blake estaba en su elemento. Camiseta blanca mojada y levantada hasta el abdomen. Pantalones de baloncesto colgando justo lo suficiente para que su línea de abdominales fuera motivo de oración. Sonrisa de infarto, mirada letal y esa maldita habilidad para moverse como si el mundo fuera su escenario. —¡VAMOS TRAVIS! —¡PÁSAME LA PELOTA Y TU CORAZÓN! —¡CÁSATE CONMIGO Y MI HERMANA TAMBIÉN! El club de fans de Travis ocupaba toda una fila en las gradas. Chicas de distintos semestres gritaban, coreaban su nombre, y grababan cada movimiento como si estuvieran en medio de un reality show de dioses griegos jugando básquet. Diego, su mejor amigo, le lanzó el balón con fuerza. —¡Deja de coquetear y encesta, modelo de Calvin Klein! —No estoy coqueteando, bro —Travis atrapó la pelota con una mano—. Estoy inspirando a la juventud. Y entonces, con una carrera impecable y un salto imposible, encestó con un mate que hizo temblar el aro. Las chicas chillaron. Una se desmayó. Literal. Él aterrizó, se pasó la camiseta por el cuello, dejando todo su abdomen al aire… y sí, lo sabía. Sabía exactamente lo que hacía. En otro rincón del campus, Hana Laurent, sentada en la cafetería con su laptop abierta y un café a medio tomar, revisaba el reloj. 19:54. Faltaban seis minutos para la reunión. Y una parte de ella —la parte que detestaba admitir que tenía curiosidad— sabía perfectamente dónde estaba ese idiota arrogante. —¡Última jugada, Blake! —gritó el entrenador. —Hazla épica —añadió Diego. Travis sonrió. —¿Alguna vez no? Dribló con gracia, fintó a dos defensores, giró, y lanzó. Encestó sin mirar. Las gradas estallaron. Y entonces, caminando hacia el borde de la cancha, tomó su celular, revisó la hora… y sonrió. —Hora del deber —murmuró, tirándose agua por el cuello. Parte del líquido cayó por su pecho, bajando por los músculos marcados que brillaban con el sudor del esfuerzo y el descaro. —¿Vas a ir así? —preguntó Diego, riendo—. Sudado y sexy como siempre. —Voy a hacer que se arrepienta de subestimarme —dijo Travis, secándose el cabello con una toalla—. Y de paso, que se le escape una mirada. Solo una. Entonces salió de la cancha como quien va al campo de batalla, sin saber que, en realidad, él ya estaba perdiendo. Porque Hana Laurent no era como las demás. Y eso… lo volvía loco.
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