La luz del sol se colaba por las cortinas de la cabaña. Lucía ya estaba despierta desde hacía rato… no por madrugadora, sino porque era una verdadera agente encubierta del FBI del romance universitario. Se estaba preparando su café en una taza que decía “Las mujeres que madrugan, vigilan”.
Cuando escuchó la puerta del cuarto de Hana abrirse, disimuló. Se acomodó en la barra de la cocina con una revista que claramente no estaba leyendo, y cuando Hana pasó con su carita de recién despierta y cabello desordenado…
—¡BUENOS DÍAS, CAMPEONA DE LOS BOSQUES! —soltó Lucía con una sonrisota maliciosa.
—¿Perdón? —preguntó Hana, fingiendo inocencia mientras se servía un vaso de agua.
—Nada, nada, sólo que anoche dormiste tan profundo… que ni se oyó nada, ¿verdad? —intervino Diego, saliendo del baño, con una toalla colgando al cuello y el pelo chorreando.
—¿De qué están hablando? —intentó Hana, con voz neutral, pero con las mejillas color tomate cherry.
—¡Ay, por favor! —exclamó Lucía, dejando caer la revista—. Entre el “ay Travis” por los pasillos y el “yo a Hana le bajo la luna” bajo las estrellas… ¿de verdad crees que no nos dimos cuenta?
En ese momento, Travis también salió de su cuarto… con la camiseta del revés, el cabello alborotado y una sonrisa estúpidamente feliz.
—Buenos días —saludó con voz rasposa.
Y en ese instante… Lucía y Diego lo miraron. Lo miraron así.
Diego soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda.
—¿Dormiste bien, bro?
—Sí. —Travis tragó saliva al ver a Hana intentando fulminarlo con la mirada.
—¿Tuviste… sueños intensos? —añadió Lucía, con una ceja arqueada.
—Muy intensos —murmuró Travis, sin pensar.
¡PUM!
Hana le lanzó una pantufla directo a la cara.
—¡Imbécil!
—¡¿Qué?! ¡Ni siquiera dije nombres! —se defendió entre risas.
—¡No hacía falta! —dijeron Lucía y Diego al unísono.
Y mientras los cuatro reían entre bromas, pantuflazos y cucharas de cereal volando, sabían que ese fin de semana apenas estaba comenzando… y el chisme, también.
Después de un desayuno animado —y varios comentarios sarcásticos sobre quién roncaba, quién hablaba dormido y quién “tuvo sueños moviditos”—, el profe cool de psicología apareció con una caja de madera, una sonrisa sospechosa y un mapa dibujado como si lo hubiera hecho un niño de seis años con fiebre.
—¡Dinámica de integración, chicos! Van a hacer una búsqueda del tesoro termal. Objetivo: encontrar los siete artefactos sagrados del bosque... que son básicamente objetos pintados con aerosol dorado. El equipo ganador se lleva… ¡pizza y refrescos gratis esta noche!
—¿Pizza? Estoy dentro. Aunque pierda un pie buscando el tesoro —dijo Diego, ya poniéndose su mochila cual explorador de Discovery Channel.
Se armaron los equipos, y por azares del destino (o una repartición planeada por Penny, la asistente del profe que shippeaba a todos), quedaron así:
Equipo 1: Hana, Travis, Lucía y Diego.
Equipo 2: Unos intensos que trajeron brújula, botiquín y actitud de “scouts profesionales”.
Equipo 3: El grupo de las chicas gritonas que más que buscar el tesoro querían tomarse selfies con las termas de fondo.
La lista de pistas era una mezcla entre poema barato y acertijo místico:
“Donde el vapor baila entre piedras y el sol acaricia el musgo, hallarás el primer secreto… si el agua no te lo arrebata primero.”
—¿Eh? ¿Eso qué es? ¿Una piscina embrujada? —dijo Travis frunciendo el ceño.
—Claramente es el rincón donde casi nos resbalamos ayer —dijo Hana, rodando los ojos.
Comenzó la aventura:
Lucía y Diego iban adelante, peleando sobre si debían ir al norte o al sur.
—El sol sale por allá, eso es norte.
—Diego, eso es una roca con moho, no un punto cardinal.
Travis, por su parte, iba al lado de Hana, tratando de interpretar las pistas como si su vida dependiera de ello.
—¿Sabías que los antiguos usaban musgo para encontrar el norte?
—¿Sabías que si no encontramos algo en los próximos diez minutos, te entierro en ese musgo?
Situaciones memorables:
Travis pisó una raíz, se tropezó y terminó abrazado a Hana.
—No es que lo haya planeado... pero si me vas a salvar así, me tropiezo más seguido.
—Te juro que te suelto al siguiente intento.
Diego encontró una “figura sagrada dorada”... que era una tapa de desodorante oxidada.
—Bueno, tenía potencial.
Lucía se cayó al charco mientras intentaba cruzar un tronco. Diego la ayudó, pero luego no soltó su mano.
—¿Todo bien?
—Sí... pero no me sueltes, por si me caigo otra vez.
—Afirmativo, aquí estoy.
Finalmente, Travis encontró una cajita dorada en una grieta entre rocas humeantes.
—¡AHA! ¡Un artefacto!
—¡Una caja de fósforos pintada! Pero sirve —gritó Lucía.
No ganaron, pero se llevaron el premio del grupo más caótico y unido. Todos terminaron mojados, embarrados, riendo, y con nuevas fotos blackmailables.
Las luciérnagas parpadeaban entre los árboles, el ambiente olía a pino húmedo y la brisa nocturna traía el murmullo lejano del agua termal. Cerca de la entrada, Travis y Diego estaban sentados en el borde de una banca de piedra, ambos con camisa abotonada, pantalones oscuros y perfume recién aplicado. El cielo estaba estrellado, las antorchas del camino comenzaban a encenderse.
—¿Cuánto tardan en bajar? —preguntó Travis, mirando su reloj como si fuera una bomba de tiempo.
—Bro, estamos hablando de Lucía y Hana. ¿Crees que dos diosas mágicas bajan en veinte minutos? No. Eso lleva un hechizo, sacrificio y glamour incluido.
Travis bufó, pasándose la mano por el cabello.
—¿Y tú qué? ¿Todo bien con Lucía?
—Me tiene loco, bro. Pero ya sabes, si le digo que me gusta así tan directo me mata.
—Sí, lo sé. Hana también tiene cuchillos invisibles en las palabras. Te clava uno sin que te des cuenta.
Diego se rió.
—¿Tú crees que esta noche pase algo?
—¿Tipo qué? ¿Besos? ¿Declaraciones? ¿Boda simbólica bajo las estrellas?
—Tipo… que ella me mire con esos ojos de “te quiero un poquito”.
—¿Tú quieres eso?
—¿Y tú no?
Travis se quedó en silencio unos segundos. Luego asintió, sin dejar de mirar hacia la entrada de la cabaña.
—Sí… pero con Hana no se puede forzar nada. Tengo que esperar el momento. Aunque sea uno solo.
—¿Y si no llega?
—Entonces haré que llegue. Porque loco, estoy jodidamente metido con ella.
Diego lo miró y levantó la mano.
—Brindemos sin copas por eso, rey.
Chocaron palmas como si fueran copas invisibles.
En ese momento, la puerta de la cabaña se abrió…
Y salieron ellas.
Lucía llevaba un vestido rojo vino, corto por delante, largo por detrás, con transparencias en las mangas y ondas suaves en el cabello. Hana… Hana era otra historia. Un vestido n***o de seda que le abrazaba el cuerpo como una segunda piel, abertura en la pierna izquierda, escote elegante, el cabello recogido con mechones sueltos que caían con gracia. Travis se quedó sin aire.
—Ok… —susurró Diego—. ¿Cómo era el conjuro para no desmayarse?
—Ya no sé si quiero bailar… o arrodillarme —murmuró Travis.
Hana sonrió, cruzando mirada con él.
—¿Nos vamos o van a seguir babeando toda la noche?
Y así comenzó… La Noche Mágica.