BLAKE ASHFORD El contador llegó a cero y no hubo magia, ni redención, ni fuerza de voluntad que valiera: mi dedo tocó el botón. Entré. Así de simple y así de jodido. El resto fue puro instinto: el mundo se achicó a una pantalla y a una voz que ya conozco demasiado. Ni siquiera escuché la música ambiental del departamento de Maeve cuando le solté la mentira más pulcra de la noche. —Tengo que irme —dije, midiendo el tono para que sonara razonable. —¿Ahora? —parpadeó, más herida en el orgullo que en el deseo. —Salió algo en la oficina. Urgente. —Corto. Preciso. Sin adornos. Le di un beso limpio, sin hambre, un “perdón” envuelto en papel bonito. Me sostuvo la mirada lo suficiente para que entienda que me odiaría si no le gustara tanto el desafío. No esperé respuesta; caminé hasta la puert

