BLAKE ASHFORD El amanecer me encontró con la boca seca y el cuerpo tenso. Apenas dormí un par de horas, el whisky aún me daba vueltas en la sangre. Me duché con agua helada, lo suficiente para despejarme, y me vestí como si la guerra empezara otra vez. Traje gris oscuro, camisa blanca, corbata negra; la armadura perfecta para enfrentar lo que viniera. Llegué al despacho con el eco de los titulares aún en mi cabeza. “El tiburón inglés destroza en sala”, “Moisés Wright denuncia humillación en tribunales”. Las portadas me exhibían como un depredador y, aunque parte de mí disfrutaba esa reputación, sabía perfectamente lo que significaba para la firma: riesgo. Los clientes aman ganar, pero odian el ruido. Apenas crucé la recepción, la secretaria de Robert me detuvo con esa sonrisa de porcela

