BLAKE ASHFORD El silencio después de la tormenta no es paz. Es cálculo. Me quedo solo con el ruido del viento en la azotea, con el sabor metálico que deja llorar cuando llevas demasiados años prohibiéndotelo. El cuerpo todavía tiembla, pero la cabeza empieza a enfriarse. Siempre pasa así. Primero el golpe. Luego la claridad. La claridad es peligrosa porque ya no duele: decide. Me apoyo en la baranda y miro la ciudad desde arriba. Nueva York no duerme, conspira. Cada ventana encendida es una historia que no me importa. La mía, la de Liam, la de Georgia, la de Saanvi… esas sí pesan. Y pesan como hierro húmedo en el pecho. Respiro lento. Inhalo contando. Exhalo contando. No para calmarme, sino para ordenarme. Liam no está. No hay señal. No hay confirmación. Hay un patrón. Y cuando

