Andrea.
Dos malditos días...
Ese es el tiempo que nos hemos quedado en la cama. Dos días.
Es el amanecer del martes por la mañana. Esta noche es la cena ceremonial donde mi padre me entregará su anillo. Será un verdadero símbolo de su retiro como líder de la familia D'Agostino.
Asistirán mis hermanos, mis dos tíos y sus esposas, que volaron desde Italia, y mis tres primos, dos de los cuales tienen esposas.
Tiene mucha importancia. Se supone que debo llevar a Caterina a esta cena como símbolo de nuestra familia conquistando al diablo. Se supone que ella es el trofeo, un premio.
En este momento, mientras me siento en la ventana de la habitación que le he dado, mirándola dormir, se ve como la mujer que ha llenado todos mis pensamientos durante los últimos dos días.
Tacha eso. Desde la noche del baile benéfico. Comenzando esa noche cuando ella flotó en el brazo de su padre y supe que tenía que tenerla.
Aquí estoy con ella, sentado aquí, haciendo algo que no he hecho en años, y no a menos que tenga que hacerlo.
Me desperté antes de que saliera el sol y me senté aquí fumando. Mirándola una vez más. Parece que hago eso mucho últimamente. Observando, reflexionando, evaluando. Intentándolo todo para averiguar qué voy a hacer a continuación.
Mirarla me equilibra. Está tan tranquila mientras duerme y en esta habitación hemos estado atrapados en una fantasía. Ella y yo. Los dos perdidos en la agonía de la pasión, donde no existe nada más que la atracción y la química que nos atrae el uno al otro.
Olvido el pasado cuando estoy con ella. No sé si eso es bueno o malo, ya que mi rabia hacia su padre se sacia y me encuentro pensando en ella.
El sol arroja sus rayos radiantes sobre mi bella durmiente, golpeándola en todos los lugares correctos. La sábana está en su cintura, se ve como una diosa otra vez con sus pechos expuestos, esa hermosa melena extendida sobre la almohada, y la suave luz del sol que se derrama sobre su cuerpo. Acariciándolo como yo quiero hacerlo.
Tal vez la miro porque quiero capturarlo todo antes de que se despierte y nos convirtamos en las personas que se supone que somos. Enemigos.
Aunque mi familia y yo tenemos esta vendetta contra su padre, ella no tiene por qué ser mi enemiga. No quiero que lo sea.
Las cosas están cambiando. No podemos quedarnos en la cama un día más. Fuera del deber no puedo quedarme jugando a las casitas con mi muñeca porque puedo sentir las cosas que suceden en las calles, lo cual no me sienta bien. También debería haber llamado a Tristan a estas alturas, solo para ver cómo estaba. Sé que no lo está llevando muy bien, y depende de mí cuidarle las espaldas y asegurarme de que no esté haciendo una mierda para encontrar a Vlad por su cuenta.
Mientras observo a mi mujer acostada en la cama frente a mí, el deseo de mantenerla a salvo me invade.
Mi mujer…
¿Podría ser ella?
Tener una esposa por conveniencia es diferente a estar con alguien con quien quieres estar.
No sé qué es esto, pero quiero explorarlo. Ciertamente quiero saborearlo por lo que sea y jugar con mi juguete cuando quiera.
Hay algo que tengo que darle, y cuando lo haga, va a poner a prueba mi paciencia porque me va a preguntar cosas que no quiero
escuchar.
Cuando arrastro los pies para agarrar un cigarro, ella se mueve. Sus ojos se abren rápidamente y me mira. Verla despertar es lo mejor que nunca haya visto.
Ella se cubre los pechos con la sábana mientras una sonrisa baila en sus hermosos labios. Necesito esos labios en mi polla pronto. Se levanta de la cama, se envuelve en la sábana, se acerca a mí y se sienta en mi regazo.
Cuando hace cosas como ésta, pienso en su bastardo padre y en la mierda que me dijo. La próxima vez le dará un puto infarto cuando vea la forma en que ella me mira. Eso es en unos días, cuando nos reunamos en la recaudación de fondos. Será como un déjà vu del baile, excepto que ella estará de mi brazo.
Ella me besa. Casi me sumerjo en la salvaje pasión que nos ha tenido en sus garras durante los últimos días.
En cambio, presiono mi nariz contra la de ella y la sostengo cerca. Es hora de dejar de lado el placer y volver al trabajo. En este momento, ella está en la misma neblina que nubla mi mente. Está olvidando quiénes somos, quién soy yo.
Soy un jefe de la mafia, y no hay realidad en la cuál se vería a una dulce chica como ella con un tipo como yo. En circunstancias normales, ella huiría de mí y de la oscuridad de un ser como yo.
—Hoy me tengo que ir a trabajar—comienzo—. Pero volveré a las seis para recogerte para la cena. Quiero que estés lista.
En el momento en que digo eso, la tensión que llena el espacio entre nosotros es tan densa que podría sofocarnos a los dos. Le rodeo la cintura con el brazo y la siento temblar, probablemente preocupándome de cómo la tratará mi familia.
El caso es que no sé cómo la recibirán.
—¿Tengo que ir?
—Sí. Como mi futura esposa, se espera que asistas. —Si bien todos los demás pueden entender si invento algo como que ella
estuviera enferma o algo así, mi padre no lo aceptará.
Me haría arrastrarla hasta su casa, vomitando y jadeando si tenía que hacerlo si estuviese enferma. No es un hombre cruel, pero cuando se trata de cualquier cosa que tenga que ver con Riccardo, se convierte en alguien completamente diferente.
—¿Qué es lo que tengo que hacer? ¿Qué quieres que haga?— pregunta nerviosamente, presionando sus bonitos labios rosados juntos.
—Te quedarás a mi lado. —Sé que si alguien le mostrará alguna forma de compasión, probablemente será Tristan. Tanto Dominic como Andreas pueden ser unos idiotas cuando quieren—. Lo que necesito que hagas es comportarte. —Ella a veces tiene una boca inteligente, y estas no son personas con las que meterse.
—¿Comportarme?—pregunta, mordiéndose el interior del labio.
—Sí, compórtate. Solo habla cuando te hablen. Sin comentarios de mierda.
—¿Y si alguien me dice mierda? —Sus ojos se reducen a rendijas. Me cuesta no arrastrarla de regreso a esa cama y follarla hasta que se someta.
—Eso no sucederá. —No creo que eso suceda. No es su estilo. Las mujeres ni siquiera son lo crueles que esperarías en una situación como ésta. Aunque no sé qué esperar realmente. Pueden estar celosas y Caterina es muy hermosa.
—Todos me odiarán, aunque no me conozcan. —Ella tiene razón.
Derrotada, su mirada se dirige hacia donde mi mano toca su diminuta cintura. Levanto su mirada de nuevo para encontrar la mía.
—Cualquiera que se atreva a mostrarte algo así tendrá que lidiar conmigo.
No sé qué haré, pero siento un deber hacia ella asegurarme de que se sienta cómoda donde quiera que vayamos. Esto es de por vida. Hasta que la muerte nos separe. La aceptarán como mi esposa
a partir de ahora y espero que la traten con el mismo respeto que me muestran. No significa que sucederá. Lo último que quiero hacer es pelear por eso.
—¿Qué quieres decir? —Ella me estudia. Le sonrío.
—Princesa—le digo, sabiendo que le gusta cuando la llamo así—. Eres una chica inteligente. Sabes que no digo nada que no quiero decir. Lo que me lleva a esto.
Me agacho y levanto el pequeño bolso con su teléfono. Es su teléfono real. No le compré uno nuevo. Ella mira el bolso. Sus ojos se abren cuando saco el teléfono.
Ella lo toma cuando se lo entrego, y la emoción brilla en sus ojos.
—Oh, Dios mío—dice y lo sostiene contra su pecho—. ¿Qué significa esto?
—Te lo estoy devolviendo. No tengo que decirte que lo uses sabiamente. —Con prudencia, ella sabe a qué me refiero.
—¿Me vas a decir con quién puedo y con quién no puedo hablar?
—¿Realmente necesito hacerlo?
Ella me mira peligrosamente, su mirada se agudiza.
—Por favor, no estropees esto, Andrea. —Ella niega con la cabeza. Sus ojos me suplicaban que no estropee los últimos días.
—Caterina... esto no se trata de eso—respondo, sonando como un disco rayado. Le he dicho demasiado esas palabras.
—¿De qué se trata? ¿No puede tratarse solo de nosotros? —Sus ojos se aferran a los míos.
Quiero decir que sí, pero no puedo. Tampoco puedo decir que no.
—Ten cuidado—le advierto, apretando mi agarre en su cintura. Soy consciente de que lo he echado a perder con solo esas dos palabras.
—¿Puedo llamar a mi padre?—pregunta, ignorando el significado de mis palabras.
—No, no hasta después de la boda. —Me estoy dejando llevar dándole ese teléfono.
—¿No puedo llamarlo antes? Pero lo veremos en la recaudación de fondos. ¿Me prohibirás que hable con él también si él quiere hablar conmigo? —Se desliza de mi regazo y se lo permito.
No quiero que le hable a ese bastardo en lo absoluto, pero ni siquiera yo puedo ser tan cruel.
—Puedes hacerlo durante cinco minutos. No quiero que te llene la cabeza de mierda.
Ella se muerde la lengua en sus próximas palabras. Como tiene las manos en puños a los lados, solo puedo imaginar lo que me iba a decir.
—¿Y que con mi amigo? Jacob. Andrea, es mi mejor amigo. Nos conocemos desde que nacimos. Va a estar muy preocupado por mí.
—¿Amigos? —De acuerdo, haré esto. Si me da la respuesta correcta a mi siguiente pregunta, puede llamarlo todo lo que quiera
—. ¿Alguna vez tu amigo ha mostrado interés en ti? ¿Te ha dado algún indicio de que quiere ser más que amigos? Contéstame con sinceridad, Caterina. Soy un maldito bastardo, pero nunca te he mentido. No me mientas.
Sus ojos se nublan. Ya conozco la respuesta a mis preguntas.
—Respóndeme—exijo. Salta ante mi voz elevada. Estoy enojado como una mierda porque tenía razón.
—Sí.
—¿Sí, qué?
—Sí... creo que quería que fuéramos más que amigos.
—Bueno, entonces no, no habrá llamadas, ni mensajes para él—.
—¿Cómo puedes ser tan idiota? Él es mi amigo. —Parece más enfurecida por no poder hablar con este Jacob que con su padre. No
le preguntaré cómo se siente ella por él. No quiero la respuesta a esa pregunta.
—Es un amigo que quiere follarte. Esta discusión ha terminado.
—Lo siento, ¿estábamos discutiendo? Sonaba mucho más como si me estuvieras dando una orden.
Hiervo de rabia y me levanto tan rápido que salta fuera de mi agarre cuando la alcanzo. Sin embargo, la atrapo, asegurando mis brazos alrededor de su cintura. La sábana se cae cuando intenta golpearme. La llevo de regreso a la cama, la acuesto y le subo las manos sobre la cabeza, dejándola como una comida deliciosa con sus hermosos pechos a la vista.
—Suéltame. Aléjate—grita, pero la sostengo.
—Caterina, esto es una mierda.
—¿Cómo es una mierda? Solo quiero hablar con mi amigo.
Tengo la intención de mencionar a Gabriella y preguntarle si estaría bien conmigo hablando con ella, pero no es lo mismo. Gabriella es una ex amiga de la cama. Jacob no lo es, y lo sé con certeza. Fui yo quien le quitó la virginidad, no ese idiota. Sin embargo, apuesto a que quería hacerlo.
Ella es ingenua e inocente. Desconoce la mierda sucia que un hombre puede conjurar. Lo estoy haciendo ahora mientras la veo luchar debajo de mí.
—No voy a estar bien contigo hablando con un hombre que quiere a mi mujer—le digo. Solo entonces deja de intentar pelear conmigo.
Libero sus manos y retrocedo, lejos de ella. Se apoya sobre los codos y me mira fijamente.
—Podría haber puesto un rastreador en ese teléfono, o alguna mierda para controlar con quién hablas. Podría haberte dado uno nuevo con un número nuevo. Elegí no hacerlo porque quería que tuvieras algún elemento de privacidad —le explico—. Sin embargo, cuando se trata de esas dos personas, las reglas cambian. No
llamarás a ninguno de ellos. Me pides que no estropee esto. Te estoy pidiendo lo mismo. Si me traicionas, no te gustará, así que no lo hagas. No quieres un problema conmigo.
Salgo y la dejo con esas palabras, mirándome.
Estuvo callada todo el viaje hasta la casa de mi padre, tal como yo sabía que lo estaría.
Apenas me habló en la casa cuando fui a buscarla. Estaba demasiado absorto en cómo se veía para notar que ella estaba enojada conmigo.
Se ve hermosa con un vestido de cóctel sin tirantes que acentúa sus pechos y sus curvas. Su cabello está suelto, tal como me gusta, y su rostro está maquillado de una manera que nunca antes había visto, con sombra de ojos ahumada.
Cuando estaciono el Bugatti en la entrada de mi padre y miro a los demás coches estacionados, también me pongo nervioso. Es una noche importante para mí. Seré el jefe de estas personas. Hoy es la primera vez que necesito ganarme ese respeto.
Comienza con ella y su presentación.
La miro sentada a mi lado y noto lo nerviosa que está.
—Te ves hermosa—le digo, y ella me mira.
Su rostro se suaviza de la ira que mostró esta mañana.
—Gracias.
—¿Eso es todo lo que tengo, Principessa? ¿No hay beso? —Esto es lo más juguetón que obtendrá de mí. Ella sabe que tenía razón sobre Jacob, pero está enojada porque no puede llamarlo. Necesito que se le quite ese miedo.
Me inclino más cerca de ella y me besa brevemente. Tendrá que bastar.
Tomo un mechón de su cabello y observo cómo las puntas se enroscan alrededor de mi pulgar.
—Terminaremos con eso más tarde, Principessa.
Cuando el brillo regresa a sus ojos, sé que la tengo de vuelta, aunque solo sea para calmarla de nuestro desacuerdo.
Salgo del coche y le abro la puerta. Cuando sale, tomo su mano. Esta es la primera vez que salimos juntos. Parece que vamos a tener una cita. Llevo un traje y una camisa oscura debajo, mientras ella está en su vestido. Echo un vistazo a nuestro reflejo en la ventanilla del coche. Nos vemos bien juntos.
La miro y veo que ella también se da cuenta, pero aparta la mirada.
Subimos el resto del camino. Se siente como si la estuviera llevando a la silla eléctrica. Siempre estoy feliz de visitar a mi viejo. Esta es la primera vez que desearía poder reprogramarlo.
Como de costumbre, Mario, el mayordomo de mi padre, abre la puerta antes de que pueda alcanzarla. También fue nuestro mayordomo cuando yo era niño. Después de perderlo todo, tuvimos que despedir a nuestro personal, pero lo primero que encontramos fueron esas personas. Gente como Mario, Candace y Priscilla.
—Buonasera, Amo Andrea—me da la bienvenida, inclinando la cabeza para asentir con brusquedad.
—Buonasera, Mario. Esta es Caterina, mi prometida—le digo. Es la primera vez que la presento como tal.
—Buonasera, Signora, espero que disfrute de su estancia—le dice él. Me alegro por su amabilidad.
El personal de nuestra casa siempre actúa como si no supiera lo que está pasando, pero yo sé que sí.
—Muchas gracias y Buonasera—responde ella. Él asiente con la cabeza.
—Todos los demás están aquí. Llegaron temprano. —Es una advertencia para mantener mi cabeza fuera del agua.
Quieren verla. A Caterina. Tienen curiosidad y probablemente querían estar allí para vernos entrar al comedor. Esta noche
definitivamente va a ser interesante.
—Grazie, Mario.
Él camina adelante y lo seguimos. Continúa sin nosotros cuando entramos, y me dirijo al comedor con Caterina del brazo.
Primero será la cena, luego la socialización. Escucho hablar en el comedor. Sin embargo, la conversación cesa en el instante en que llegamos a la puerta y todos nos notan.
Caterina aprieta su agarre en mi mano. Todos la miran y ni siquiera hacen nada para parecer menos obvios.
Pa está a la cabeza de la mesa. Hay dos asientos vacíos junto a él para nosotros. A su otro lado están mis tres hermanos, sentados en orden de rango. Esta es la primera vez que sucede, así que Tristan está justo al lado de Pa, y Andreas se sienta entre él y Dominic. Todos los demás pueden sentarse de la manera que elijan.
—Buenas tardes a todos. Espero que no lleguemos tarde—les digo.
—Nunca—responde mi padre, inclinando la cabeza hacia mí. Mira mi mano sosteniendo la de Caterina. Una curiosidad más profunda llena su mirada. Cuando se pone de pie, todos lo miran—. Deseo dar la bienvenida a mi hijo, el nuevo jefe de esta familia, y a su prometida, Caterina Balesteri.
No esperaba que él hiciera eso. Sin embargo, hacerlo ha marcado la pauta para el comportamiento de todos los demás esta noche.
—Gracias, padre—le digo.
—Gracias—grazna Caterina, su voz sale en un silencio.
—Ven y siéntate—me invita Pa.
Lo hacemos. Todos los ojos me siguen.
Saco la silla para que ella se siente y me agacho junto a Pa. También establezco el tono cuando pongo mi mano sobre la mesa, haciéndole señas para que ella la tome para que todos puedan verlo.
Ella me mira, pero toma mi mano, y cuando mi padre me mira con nueva admiración, me siento mejor.
Me siento mejor por esta noche, pero todavía hay más cosas en el trabajo de las que debo preocuparme.
Como lo que pasará a continuación.