—Me han dicho que no estás comiendo y te niegas a usar la ropa que te compré. Dime por qué es eso —me exige, mirándome desde arriba.
Mis pulmones se contraen, pero haré que mi cuerpo funcione y bloquee el miedo. Si muestro mi miedo, lo usará en mi contra. Lo usará para intentar controlarme.
Nada de esto es bueno, y si no me defiendo, él me empujará hasta que no quede nada de mí. No puedo dejar que eso suceda.
—No quiero nada de ti—le respondo, levantando mi barbilla en desafío.
Un profundo estruendo resuena en su pecho. Juro que suena como un gruñido. Como el sonido que haría un oso o un lobo hambriento.
—¿Crees que así es como va a funcionar esto?
—¿Dónde están mis cosas? Me has traído aquí y esperabas que estuviera bien con esta mierda.
—¿Crees que así es como va a funcionar esto?—vuelve a preguntar, enfatizando cada sílaba, mostrando los dientes.
Lo estoy presionando. Sé que lo hago, pero tengo que decir lo que tengo que decir.
—Quiero hacer una llamada telefónica. Los prisioneros suelen tener eso, ¿no es así? —Mantengo mi mirada fija en él.
—La persona que necesita saber que estás aquí, lo sabe. La próxima vez que hables con tu padre será en la recaudación de fondos.
No sé cuándo será eso, pero supongo que es antes de esta boda que se supone que debemos celebrar.
—Quiero llamar a mi amigo—le digo. Él se ríe.
—¿Amigo?
—Amigo.
—¿Te refieres a ese chico? ¿Es así como lo llamas? ¿Amigo? —Sus ojos se reducen a rendijas. Si no me equivoco, vislumbro celos.
Eso me desconcierta. No me lo esperaba.
—¿Chico? Entonces, ¿qué soy yo? ¿Una chica? Se acerca, pero me mantengo firme.
—No me presiones, Caterina. No lo hagas. No te gustará. De repente, el miedo me abruma.
—¿Qué harías? ¿ Pegarme? —Dios, ¿y si él lo hiciera? No podría soportar estar con alguien así—. ¿Es así como me tratarías?
—¿Cuál es tu relación con Jacob Lanzoro? —Él se mantiene firme.
Ahora veo el destello de ira en sus ojos.
—Él es mi amigo—respondo.
—¿Te follas a tus amigos?—me pregunta. Mi boca se abre
—¡No! ¿Qué es lo que te pasa? Te dije anoche que soy… —Mi voz se apaga cuando el recuerdo de cómo estuve con él anoche vuelve a mí. Mis mejillas se sonrojan.
—La gente miente todo el tiempo.
—No estoy mintiendo.
—No lo vas a llamar, ni a hablar con él nunca más.
—Imbécil. —Las palabras escapan de mis labios—. ¿Cómo puedes ser tan cruel? Él es mi amigo. Estará preocupado por mí. Vendrá a buscarme.
Yo sé que Jacob lo hará. Descubrirá de alguna manera lo que me pasó y vendrá a buscarme.
—Si ese pequeño cabrón sabe lo que es mejor para él, se mantendrá alejado. No querría su sangre en mis manos.
—¡Tú, monstruo!—le grito. Cuando intenta agarrarme, le doy una bofetada en la mejilla con tanta fuerza que deja una marca.
Gruñe y se estira para agarrarme de nuevo. Salto del camino e intento escapar, pero él me agarra, me levanta y me tira sobre la cama. Un grito se me escapa cuando se sube encima de mí. Todo lo que puedo hacer es volver a golpearlo.
Me mira a la cara y lo abofeteo de nuevo. Esta vez, sin embargo, debido a que está tan cerca, mis uñas se clavan en su mejilla y arañan la piel.
Sisea y me mira con incredulidad mientras gotas de sangre caen sobre mi vestido.
No puedo creer que acabo de hacer eso.
—¿Crees que soy un monstruo, Caterina?—gruñe—. Agradece que terminaste conmigo.
—Vete a la mierda—le respondo—. Me iba a Italia. Soy una artista. Iba a vivir mi sueño y me lo quitaste. ¿Cómo te atreves a decirme que debería estar agradecida, bastardo?
Me sorprende cuando se ríe.
—Eres ingenua y tonta si crees que así es como se iba a desarrollar tu vida. —Agarra mis manos y las levanta sobre mi cabeza, inmovilizándome para que no pueda moverme—. En algún momento, te habría vendido. Tu padre te habría vendido. Simplemente yo llegué primero.
—¡Mentiroso!—grito. Él se eleva sobre mi cara—. Mientes. Lo obligaste a hacerme esto. ¿Cómo te atreves a intentar justificar lo que has hecho? Lo forzaste y lo dejaste sin elección. Monstruo.
—Sí, tal vez soy un monstruo. Pero no soy un mentiroso. Al menos no traiciono a mis amigos, y no soy un ladrón. —Él se acerca a mi cara y presiona su mano contra mi vientre.
Soy consciente de que hay cosas que no sé de mi padre, pero como Andrea solo me ha mostrado crueldad, no hay razón para darle el beneficio de la duda.
—Sois todos iguales—digo con voz ronca, y me refiero también a mi padre. Estoy aquí por él. No importa cuán desesperado estuviera, nunca lo perdonaré por hacerme esto—. La maldad es la misma. Lo que sea que creas que es mi padre, eres lo mismo.
De todas las cosas que le he dicho, esa parece ser la que más lo atrapa. Puedo verlo en sus ojos.
—No me parezco en nada a tu padre. Él es el diablo—me gruñe.
—¡Maldito perro!—le respondo y él me responde arrancándome la ropa. El vestido me es arrancado con un movimiento rápido. Después me quita bruscamente el sujetador y me arranca las bragas. En segundos estoy desnuda debajo de él. Grito y trato de luchar, pero él me sujeta.
Andrea me pone boca abajo, y antes de que pueda tomar mi próximo aliento, una mano pesada aterriza sobre la piel desnuda de mi culo, sacudiendo mi cuerpo hacia adelante. Otro grito sale de mis labios, y otro azote cae con fuerza sobre mi culo. Y otro. Y otro.
—¡Detente!—lloro—. Me estás lastimando.
En el reflejo contra la pared de vidrio, noto que se estaba preparando para azotarme de nuevo, pero se detiene ante mi llanto. Cuando su mano toca mi culo de nuevo, es una suave caricia de sus dedos recorriendo mi piel.
Hay un momento de nada mientras miro nuestro borroso reflejo. Yo desnuda, inmovilizada en la cama con el pelo cayendo sobre mi cara, y él medio desnudo. Demasiado cerca de mí.
Me quedo quieta. Me quedo muy quieta, pero mi pobre corazón no puede hacerlo. Está latiendo tan salvajemente en mi pecho que creo que podría explotar.
Sus dedos revolotean sobre mi culo, y solo entonces noto cuánto me quema la piel.
En el espejo lo veo inclinar la cabeza, luego siento sus labios presionando contra las picaduras de la piel. Cuatro besos por las tres veces que me zurró.
Antes de que pueda procesar el impacto de eso, me agarra y me tira a su regazo. Deslizando una mano grande detrás de mi cabeza, la acuna y me sostiene cerca, llevándome hacia adelante hasta que nuestros labios casi se toquen.
Estoy desnuda, pegada a él, con los ojos y los labios cerrados. Sin palabras y solo con el sonido de mi respiración pesada, la tensión es espesa en el aire. La miríada de pensamientos que corren por mi mente se retuerce y se dispersa. Mis pulmones se aprietan y el aire se disipa, dejándome sin aliento cuanto más me mira con esos ojos tempestuosos.
Las únicas cosas de las que soy consciente son de mi respiración temblorosa, mi corazón acelerado, mi piel tocando la suya, mis pezones pegados contra la dura pared de su pecho. La humedad se acumulaba profundamente en mi núcleo, arremolinándose y aumentando solo por él. Excitación.
Quizás me he vuelto loca. Las últimas cuarenta y ocho horas me han vuelto loca, porque ¿cómo puedo sentirme excitada después de lo que acaba de hacer? Me arrancó la ropa y me dio unos azotes. Nadie nunca me ha puesto la mano encima y me ha lastimado de esa forma.
¿Cómo mierda puedo excitarme con eso? Ahora, ¿qué es esto?
Él me va a besar? ¿También me va a robar mi primer beso? Es tan ingenuo e infantil pensar de esa manera. Tonta.
Cuando se inclina hacia adelante y roza sus labios sobre los míos, la electricidad se enciende profundamente dentro de mí y pulsa a través de mi cuerpo, pero el instinto me hace girar la cabeza. Instinto de proteger algo que me parece más apasionado que él reclamando mi virginidad. No puedo darle mi primer beso. No permitiré que lo robe… todavía.
Todavía es la palabra que debo tener en cuenta porque no puedo pelear con él. Estoy débil e indefensa contra su fuerza, y… esta cosa que parece fastidiarme cada vez que me toca. Esta es la segunda vez que estoy desnuda en su presencia, y mira la forma en que mi cuerpo le responde.
¿Qué pasará la próxima vez?
—Tan bonita, tan pura, tan inocente. Nunca te han besado,
¿verdad? —dice él. Vuelvo la mirada hacia él.
Intento alejarme de la invasión de mi espacio, pero aferra mi cabello y me mantiene inmóvil.
—Contéstame—exige.
—Me acabas de acusar de follar con mi mejor amigo. ¿Por qué me preguntas sobre algo tan simple como un beso? —lo reto. No sé de dónde viene mi fuerza, o mi coraje, para hablarle con tanto desafío.
Tal vez sea una versión mejorada del miedo hablando, pero siento una pequeña victoria cuando la molestia se extiende por su rostro. Sin embargo, la victoria es solo momentánea, porque presiona su mejilla contra la mía y se acerca a mi oído.
—Responde la pregunta que te hice, Caterina. Nunca te han besado antes, ¿verdad? —Su voz es cruda y exigente.
Cuando tira de mi cabello, presiono mi mano contra su pecho. La piel tensa y los músculos apretados bajo mi palma, y pasa sus dedos por mi culo.
Una mano en mi cabeza, la otra en mi culo, asegurándome de que estoy encerrada, paralizada contra su agarre sobre mí.
—No. No lo hicieron.
—Tus besos ahora me pertenecen. Tu excitación es mía, tus fantasías son mías, tú eres mía. Nada es tuyo. Tú no jodes conmigo, y yo no joderé contigo.
Y así, me quita de encima y me deja de nuevo en la cama. Se pone de pie. Mi mirada cae al bulto en sus pantalones. Es más
pronunciado contra los pantalones deportivos que contra los que usaba el otro día.
Él sonríe cuando me ve mirando y sonríe más ampliamente cuando alcanza los restos de mi vestido. Le da otro tirón, y otro. Lo rasga como papel y agarra mis bragas, que se guarda en el bolsillo.
—¿No quieres mi ropa? Bueno, entonces no usarás nada—me gruñe.
—Eres un idiota. No puedes dejarme aquí desnuda. —Me arrastro contra la cama y me enderezo.
—Mírame—responde, recordándome que estoy a punto de casarme con un monstruo.
Andrea acecha hacia la esquina de la habitación donde Candace dejó la bolsa de ropa y la recoge.
—Si alguna vez quieres volver a ponerte ropa, harás lo que te digan—me advierte.
—¿En serio vas a mantenerme encerrada aquí desnuda? —No lo puedo creer.
—Sí, en serio. Cuando crea que tú has aprendido la lección, te avisaré que puedes volver a ponerte ropa.
—¿Qué demonios te pasa? —Él está loco. Nadie se comporta de esta manera.
—No me presiones, Principessa. A menos que quieras otra paliza.
Eso fue un castigo, no por placer.
Mis mejillas arden de vergüenza.
—Te odio—digo con voz ronca.
Me da esa sonrisa cautivadora y se acerca unos pasos para poder cernirse sobre mí.
—No, no es así, pero ese es un tema para otro momento.
Mis labios se abren para decirle que está equivocado, pero mi voz se detiene cuando el parpadeo de algo en lo profundo de sus ojos capta y retiene mi atención, desorientando mis pensamientos.
—¡Cómo esperas que te ame si me tratas como una mierda!—me lamento.
La sonrisa salvaje en su rostro es otra señal de que una estupidez ha salido de mis labios de nuevo.
—No espero tu amor. No se trata de eso. —Su mirada se convierte en una mirada pétrea. En el fondo de sus penetrantes ojos, veo que todo este calvario no se trata solo de dinero. Hay más.
Él tiene dinero. Tiene poder. Lo que veo cuando lo miro es sed de venganza.
Venganza contra mi padre.
¿Qué le hizo mi padre? ¿Qué hizo papá que tendría tanta repercusión en mí?
¿Por qué tengo que pagar por los pecados de él?
Cuando se vuelve, veo el enorme dragón tatuado en toda su espalda. Oscuro y manchado de tinta, llenando el espacio. Se dirige a la ventana, la cierra con una llave pequeña y la coloca en el mismo bolsillo donde guardó mis bragas. Después me deja. Una vez más desnuda.
Desnuda y pensando en cómo diablos voy a salir de aquí. Necesito encontrar una forma de escapar.
¿Pero cómo?
Andrea se asegurará de que no tenga la oportunidad.