Capítulo 15.

3094 Words
Andrea. Llegar a casa a las cuatro entre semana es extremadamente inusual para mí. Por lo general, estoy en D'Agostinos o en el club. Pero después de mi encuentro con Riccardo, no podía concentrarme en estar en ninguno de los dos. En el club, puedo relajarme, pero eso generalmente implica follar. En D'Agostinos, estaría manejando algún tipo de papeleo con el que no puedo permitirme meterme, cuando mi mente está desenfocada, así que hice que Andreas me reemplazara. Estoy en casa. En el fondo sé por qué estoy aquí. Simplemente no quiero aceptarlo todavía. Maldito Riccardo. Ese maldito perro siempre sabe cómo meterse bajo mi piel. Siempre. Siempre sabe qué decir para frotarme de la manera incorrecta, incluso cuando tengo la ventaja. Sus malditas palabras sobre Caterina se me quedaron en la cabeza. Todo el maldito día traté de borrar los insultos de mi mente. Pero no puedo deshacerme de ellos. Nunca supe que el bastardo me vio mirando a Caterina en el baile. Ni siquiera sabía que yo le hubiera importado una mierda en un evento como ese. Eso fue culpa mía. Mi error. Bajé la guardia y me permití un momento de debilidad, ajeno al hecho de que mi enemigo podía verme. Pero, ¿por qué debería importar? ¿Por qué debería importarme? Caterina me pertenece ahora, pase lo que pase. Ella es mía. Nada puede cambiar esas firmas en el contrato. Entonces, ¿por qué me siento así? Como si importara. Como si quisiera que ella me quisiera. ¿Lo quiero? Mierda… ¿Desde cuando intento mentirme a mi mismo? Las cartas sobre la mesa. Joder, sé que quiero que ella me quiera. Lo he querido desde ese maldito baile. Es por eso que estoy aquí. Por eso que la he estado evitando. El matrimonio fue idea mía, pero estaba siendo un bastardo despiadado cuando pensé en eso. Quiero que ella me quiera, pero no debería. En el segundo que tenga prioridad en mi mente, comenzaré a preocuparme, entonces pondré en riesgo esta oportunidad de joder a su padre. Básicamente, quedan dos partes por cumplir en este plan. Casarme con Caterina y mirar cómo el Sindicato lanza su culo por la puerta. Él no será nada sin ellos. Me dejo caer en mi cama con exasperación y miro a través de las ventanas del suelo al techo hacia el mar entrando y saliendo de la costa. La luz del sol brillante golpea el agua, destellando a través de la superficie como diamantes esparcidos sobre ella. Entonces, como una fantasía, Caterina emerge del agua, haciéndome dar un salto. Mi futura esposa se levanta con las olas y se dirige a la orilla. Con un bikini turquesa, su cuerpo está en completa exhibición, recordándome cuánto quiero ensuciar a la virgen y ponerme desagradable con ella. Debemos estar a unos buenos diez metros de distancia, pero puedo ver su piel dorada relucir. Radiante contra la luz del sol. La observo. Y la deseo. Quiero tocarla y saborearla. Consumirla y devorarla. La lujuria está anulando mi capacidad para pensar con claridad o controlarme. No me quiero resistir. Quiero ceder y sentir esa atracción y esa química que se enciende cuando estoy con ella. Me pongo de pie, me aflojo la corbata y salgo a la terraza, en busca de lo que deseo: ella. La furia me llena cuando veo a Manni acercarse con una bolsita y ella le entrega algo que trajo del mar. La rabia me consume cuando dice algo y ella se ríe. Nunca la había escuchado reír antes, y ciertamente nunca esperé escuchar el sonido provocado por otro hombre. Para colmo de males, sus jodidos ojos están por todo su cuerpo, deteniéndose en su culo cuando se inclina para recoger algo que dejó caer. Aunque conozco a Manni desde hace casi diez años, tengo ganas de acabar con él justo donde está. Él sabe que es mejor no quedarse boquiabierto con una mujer que es mía. Deseándola. ¿Qué diablos está haciendo con ella? Me dirijo hacia ellos, sin importarme que parezca un bastardo celoso que está listo para matar. Lo que más odio es que Caterina parece fascinada por él. Solo cuando mis zapatos crujen contra la arena cercana, se vuelven y me ven. Manni parece que está listo para cagarse encima, mientras que Caterina me mira con dureza. La misma mirada que me dio después de verme aquí con Gabriella. —Jefe—dice Manni, inclinando la cabeza para asentir con reverencia. —¿Qué estás haciendo aquí? —La indignación en mi tono le dice que es mejor que su respuesta sea buena. —Solo estaba haciendo compañía a la señorita Caterina. No sabe nadar muy bien y pensamos que sería una buena idea que yo estuviera aquí por si pasaba algo—explica él. Cabrón. Él está diciendo la verdad, pero debe saber que vi la forma en que la miraba. Sabiendo que el único castigo que doy es la muerte, sus ojos me suplican que no lo mate. El tiempo que ha trabajado para mí y el hecho de que he podido confiar en él más que en la mayoría no lo hará inmune a mi ira. —Apártate de mi vista. La próxima vez, si la señorita Caterina quiere nadar y necesita que alguien le cuide el trasero, lo haré yo— contesto, para gran vergüenza de Caterina. Sin embargo, Manni sabe de lo que estoy hablando y que lo estoy diciendo muy en serio. —Sí, señor—responde él. —Dame eso—le ordeno, haciéndole señas para que me dé la bolsita. Lo hace y prácticamente vuela. Miro dentro de la bolsa y veo que está llena de conchas marinas. Luego miro a Caterina y veo lo molesta que está. Sin embargo, debido a que tiene los brazos cruzados debajo de los senos, todo lo que veo es la enorme hinchazón de sus tetas y la profundidad de su escote. —¿Qué es lo que te pasa?—espeta ella—. Él no estaba haciendo nada malo. —No cuestiones mis acciones. Tú no viste la forma en que te miraba. Ella sonríe sin humor y se lleva las manos a las mejillas. —Increíble. ¿A quién le importa cómo me mira? Mis ojos se abren de par en par y tengo que morderme con fuerza la lengua para controlar mi molestia. Parece que mi ausencia ha aflojado demasiado las cosas y la gente, incluida ella, se ha olvidado de que es mía. —Me importa una mierda. Además, ¿por qué estás aquí vestida así? ¿No tienes un traje de baño de una pieza? —Me doy cuenta de lo ridículo que sueno. Ella también lo hace. —Andrea. Estoy usando un bikini. Las personas los usan todo el tiempo. Pero bueno, si jugamos a este juego, debería preguntarte dónde has estado durante los últimos cuatro días. Mis labios se abren y la miro. Descalza, parece mucho más baja. Me elevo sobre ella. La verdad de mi ausencia sale a la luz en mi mente, pero la dejaré. Ella confunde mi vacilación con otra cosa, y sus ojos se nublan con algo que no reconozco del todo. —Estabas con ella, ¿no? —Instantáneamente identifico la emoción en sus ojos como celos. Y dolor. Me toma un momento darme cuenta de que se refiere a Gabriella. Sin embargo, antes de que pueda responder, ella comienza a alejarse, de regreso a la casa. La agarro del brazo. —No, no estaba con Gabriella—respondo, tirando de ella hacia atrás. —Gabriella…—repite pensativa. Ella no tenía el nombre de Gabriella antes. Quizás contárselo fue un error. —Estaba trabajando—continúo. —No me importa. Puedes estar con quién quieras —dice con disgusto. —¿Estás celosa?—digo con tono de mofa. —¿Por qué diablos iba a estar celosa de ella? Ella no está encerrada las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y gobernada bajo el pulgar de un cretino condescendiente. ¿Cretino? Y condescendiente. Dios. Esta muñeca ciertamente tiene bolas. No recuerdo a la última persona que me habló así y vivió para contarlo. Sin embargo, aquí está, con el pie prácticamente golpeando la arena, llamándome cretino. Una risa se escapa de mis labios. —¿Me acabas de llamar cretino condescendiente? —Sí. Agacho la cabeza brevemente y luego le sonrío. Intenta reprimir una sonrisa, pero falla y aparta la mirada. Tomo su rostro y dirijo su mirada hacia mí. —Eres más bonita cuando sonríes. —Hay un cambio notable en su estado de ánimo cuando se lo digo. Su mirada se suaviza y sus hombros se relajan. El desafío no es tan fuerte. —¿Estás siendo amable?—me pregunta. —No lo hago bien. Hace un mohín y mi mirada cae a sus labios. Esos labios suyos me hacen pensar en lo perfectos que se verán alrededor de mi polla. Esa inteligente boca suya hará más que divertirme eventualmente. Mis ojos se mueven hacia arriba para reunirse con los de ella, y me encuentro momentáneamente en ese estado de incertidumbre de nuevo en el que no estoy seguro de qué hacer. Debería marcharme o enviarla a su habitación, pero el deseo ya ha comenzado a infiltrarse en mi mente. Ella pone las manos en sus caderas, atrayendo mi atención hacia su cuerpo nuevamente, cuando se me ocurre la idea perfecta sobre cómo puedo volver a familiarizarme con mi futura esposa. —Ven y date una ducha conmigo. —Casi me río de la mirada de ciervo atrapado por los faros que me da. Su espalda se pone rígida y todo su cuerpo se tensa. La aprensión llena sus ojos. Sin embargo, en lugar de la forma en que se veía el otro día cuando tenía miedo de que la desflorara, hay algo más que acecha más allá de su mirada que definitivamente no me pierdo. Lujuria. Dedos invisibles de lujuria se acercan a mí, curiosos. La suelto y sus mejillas se sonrojan. —No—responde ella. Le doy una sonrisa y sus hermosos ojos color whisky se vuelven rendijas entrecerradas. —Principessa, no te lo estaba preguntando. Te lo estaba diciendo. —Me inclino más cerca y rozo mi nariz con su oreja—. Deja de actuar como si no quisieras. —No es una actuación. —¿No? —Miro sus pezones presionando contra la tela de la parte superior de su bikini. Son puntos duros que antes no existían. Para su sorpresa, extiendo la mano y froto mi dedo sobre el izquierdo. Paso mi dedo por el pico tenso y sonrío. —Tu cuerpo te traiciona, Caterina. Ven, date una ducha conmigo. Acabas de salir del mar salado y yo acabo de llegar a casa del trabajo. —Tiro de mi corbata, enfatizando la palabra trabajo para que ella sepa que estaba hablando en serio acerca de dónde estaba—. No he jugado contigo en cuatro días. Su cara se pone roja y un rubor se desliza por su elegante cuello. Ella sabe que si nos bañamos juntos, no me dejaré exactamente la ropa puesta. Colocando mi mano en la parte baja de su espalda, la guío hasta la casa y aprovecho el momento para pasar mis dedos por su perfecto culo. La conduzco a su habitación, decidiendo que volveré a la mía más tarde y cerraré la puerta con llave. Ella no vio de dónde vine antes. Bueno. La noche que decida mostrarle mi dormitorio es la noche en que ella se quedará allí y se mudará directamente a mi cama. La acompaño al baño e inhalo los dulces aromas de fresas y vainilla. Los olí el otro día, pero es más fuerte dentro del baño. Cierro la puerta una vez que estamos dentro. Ella se vuelve hacia mí, vacilante. Sus ojos me contemplan mientras recorren mi cuerpo. Nerviosa, junta las manos. Sé que la pregunta más importante de todas pesa sobre su cabeza. ¿Cuándo me la voy a follar? Me sorprende no haberlo hecho ya. No diré nada. Eso se suma al misterio. Se suma al deseo. —Quítate la ropa—le digo, y ella obedece. Me gusta que se vuelva sumisa. Pero tal vez no sea eso. Quizás es lo que ella desea. Quizás ella lo desea, como yo deseo que ella lo haga. Primero se quita el sujetador. Mis ojos van directo a sus pezones apretados y a sus pechos, redondos y perfectos con las puntas rosadas pidiendo ser chupadas. Cuando se inclina para empujar las bragas por sus piernas, su cabello mojado cae sobre su rostro y sus pechos se sacuden. A medida que se endereza, esa mirada regresa a sus ojos y sus manos tiemblan cuando miro su bonito coño allí mismo, esperando que lo tome. Yo doy un paso adelante. Ella da un paso atrás pero me mira con miedo en todo su rostro. Sonrío y paso mi dedo por su mandíbula. —Te dije. No soy ese tipo de monstruo. No voy a lastimarte. —¿Por qué debería creerte? Me muevo, presiono mis labios contra su mejilla y me detengo junto a su oreja. —Principessa, me creerás porque no te he dado ninguna razón para no hacerlo. Llevas casi una semana en mi casa. Si yo fuera ese tipo de monstruo, te habría follado como quería desde esa primera noche. Sé que está mojada. Si sintiera su coñito apretado ahora, sé que estaría mojada por mis palabras sucias. Cuando retrocedo, ella intenta reafirmar ese desafío de nuevo, pero falla. Me sonrío para mí mismo. Con eso, me desabrocho la camisa y la deslizo por mis hombros. Luego me quito los pantalones, junto con los zapatos y calcetines. La mirada curiosa en su rostro mientras me ve desnudarme es clásica. Ella mira con una fascinación que está tratando de ocultar. Fascinación, que se hace más evidente cuando me acerco a mis bóxers, los empujo por mis piernas y mi polla se libera. Estoy perfectamente erecto y listo para follarla. Ella está mirando exactamente donde quiero que mire, y espero que responda a la siguiente pregunta que tengo de manera positiva. —¿Es la primera vez que ves a un hombre desnudo, Caterina?—le pregunto. Sus ojos se encuentran con los míos. —Sí...—responde vacilante. Suena como música para mis oídos. Todavía tengo dudas sobre ese mejor amigo suyo. No sé mucho sobre él, pero tengo la sensación de que él quería más que amistad con ella. Mirándola, no sé qué hombre vivo no lo querría. —Ven aquí. —Ella se acerca. Abro la puerta de la ducha y la guío al interior. Entro a continuación y enciendo la ducha con un chorro ligero para rociarnos. Colocando mis manos a cada lado de ella, veo el agua gotear por un lado de su cara. —¿Que estamos haciendo?—pregunta—. ¿Qué estás haciendo? —¿No puede un hombre bañarse con su futura esposa? Especialmente después de un largo día de trabajo. —¿No tienes a Gabriella para eso?—me responde ella. —No. Te dije que no soy un mentiroso, así que deja de hacer preguntas sobre ella. Eres una chica inteligente, Caterina—digo con tono de mofa y paso una mano por mi cabello mojado—. Sabes quién soy. Sabes muy bien qué si quisiera a Gabriella, no estarías desnuda en la ducha conmigo. Sabes muy bien que estoy exactamente donde quiero estar. Cuando retrocedo y la miro, obtengo la respuesta que he querido todo el puto día. Ella también me desea. Ojalá Riccardo pudiera estar aquí para ver a su hija mirarme como lo hace ahora. No tengo que tomar nada. Ella quiere dármelo. Agarro el gel de ducha y el paño, aplico el gel sobre éste y lo froto sobre sus pechos, limpiando la arena de su piel. Se vuelve cuando le insto a que se ponga de cara a la pared, y paso la tela por su hermosa espalda. —¿Por qué trabajas tan duro? ¿Por qué cuando no tienes que hacerlo? —me pregunta. Me detengo en la parte baja de su espalda. —Me hace olvidar la mierda—le respondo, compartiendo un pequeño pedazo de mí. —¿Mierda como qué? Saco su cabello del camino, empujándolo por encima de su hombro. —Mierda como la que espero con la que nunca tengas que lidiar. Hay mucho que decir más que eso. Ella mira por encima del hombro y me observa. —Eso no me dice nada. ¿Así será todos los días? ¿Yo pasando días sin saber dónde estás porque tienes mierda en la cabeza? Su pregunta me sorprende, así que me detengo y la giro hacia mí. Presiona la espalda contra la pared. Su mirada se aferra a la mía. —No, no será así. —¿Cómo será entonces? Yo me imagino que me darán órdenes como una niña y me encerarán aquí como un animal esperando el regreso de su amo. Me lo merezco. Una vez más, ha sacado a relucir esa persona que hay en mí. La persona que era antes de ver la oscuridad. —No, no será así. Te llevaré a donde quiera que yo vaya. Aquí en Los Ángeles y en Italia. Su rostro se ilumina ante la mención de Italia. —¿Me llevarías a Italia? —Sí. Y presumir de ti para que la gente sepa que eres mía. —Oh… por supuesto, la esposa trofeo. Lo que le quitaste a mi padre. Me presumirías, para que la gente sepa que lo derrotaste. Bajando la cabeza de nuevo, floto a centímetros de sus labios. —No… —Sueno como un eco—. No es por eso que te presumiría, Caterina. Lo haría porque eres el tipo de mujer que presumes. Parpadea y luego se concentra en mí, sorprendida por mis palabras. Sus ojos se vuelven más diáfanos, menos cautelosos cuanto más mira, y el destello de deseo brilla en mi dirección. Mis ojos se posan en sus labios de nuevo. Esta vez, mirar la carne llena me hace pensar en besarla. Tomar su primer beso, robárselo. O tal vez... ella me lo dará. De buena gana. Cuando me acerco a sus labios, la inocencia de sus ojos se disipa en el aire y la belleza también se mueve hacia mí.
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