Andrea.
Entro en Renovatio. Es la primera vez que siento que no debería estar aquí.
Me he sentido mal desde ayer cuando dejé a Caterina en la ducha.
¿Qué clase de imbécil soy para huir prácticamente de una mujer? Una mujer de diecinueve años que tuvo un efecto tan jodido en mí que tuve que dejarla.
Mientras sus suaves labios se movían contra los míos, todo lo que quería hacer era reclamar su dulce, inocente y prohibida carne. El hambre me atravesó, haciéndome querer empujarla contra la pared y follarla hasta perder el sentido.
Nunca he perdido el control de mis emociones de esa manera.
Fue algo peligroso porque demostró que tenía poder sobre mí.
Poder. Ese es el problema. Hubo un intercambio de poder. En ese momento, me entregué a ella y me permití sucumbir a mi necesidad de ella. Necesitar y desear son dos cosas diferentes. Yo la deseaba. Nunca esperé necesitarla.
Ahora estoy aquí en el club de striptease cuando, sinceramente, debería estar en casa. No había planeado venir esta noche, pero me encontré dirigiéndome aquí después de terminar en la oficina.
Son apenas las nueve. La multitud habitual de hombres de negocios ricos y sofisticados está aquí para ver a mis strippers porque elijo a las mejores chicas con los mejores atributos. Tetas y culos grandes. Todas son hermosas y, lo que es más importante, son chicas que no tienen miedo de desnudarse y follar si es necesario.
Mi club es de la variedad atrevida. No es un club de sexo, pero tenemos salas donde nuestros clientes pueden reservar un baile
erótico. Tengo chicas especiales a las que no les importa que les paguen más para llegar hasta el final.
Pa estaba tan enojado conmigo cuando instalé el lugar por primera vez. Odia el lugar y todo lo que representa. Dijo que era algo que Dominic o Tristan harían y se sorprendió muchísimo cuando yo lo hice. Fue mi forma de relajarme.
¿Qué puede ser mejor que tener un suministro interminable de mujeres para follar cuando quieras? Prácticamente vivía aquí con ese suministro interminable de putas que siempre estaban dispuestas a complacerme. Algunas todavía están aquí. Algunas están aquí esta noche y me miran pasar con ojos hambrientos, esperando que ésta sea la noche en que vuelvan a mi cama.
La mejor manera de sacar a una mujer de tu sangre es follarte a otra.
Me dirijo a mi salón privado. El camarero empieza a prepararme la bebida. Un vodka fuerte con hielo. Solo tomaré uno esta noche. No quiero cometer errores que luego no recuerde.
Me lo entrega con una sonrisa. Tomo mi asiento donde puedo ver a las mujeres desnudándose en el escenario, y ellas también pueden verme.
Hay una morena que me ha echado el ojo desde que entré. Simplemente se quitó el sujetador, y sus enormes tetas se zangolotean mientras sube y baja las manos por el poste detrás de ella, como lo haría si estuviera sosteniendo mi polla. Al instante, eso me hace pensar en Caterina y en la forma en que me complació ayer. Maldita sea, le eché toda la carga encima. Mierda.
La stripper me sonríe. Le devuelvo la sonrisa. Ella es exactamente el tipo de mujer con la que terminaría mi noche de forma regular.
Unos dedos revolotean sobre mi hombro, y cuando miro hacia arriba, definitivamente me sorprende ver a quién pertenecen.
—Gabriella, ¿qué diablos te trae por aquí?—le pregunto. Ella sonríe.
—Buscándote. Pensé que vendrías aquí primero. Por lo general, estás aquí a esta hora cuando vienes.
—¿Qué es lo que quieres? le pregunto. Es una pregunta tonta. La miro y sé exactamente lo que quiere. Es lo mismo que dijo el otro día. Quiere volver a mi cama. A mi polla.
Ella se desliza en mi regazo e instantáneamente, recuerdo la última vez que la tuve. Esos ojos verdes brillantes parpadean cuando pasa su mano por mi pecho y frota su culo sobre mi polla.
—Estás duro—dice con una sonrisa traviesa.
—No por ti—le respondo.
—¿Es la stripper a la que estabas mirando? Te gustó su aspecto.
¿Y si las dos nos unimos a ti? Te gustan los tríos. Mucho, Andrea. Y no me importa compartirte a veces. No me importaría esta noche. — La seducción la recorre en oleadas.
La miro fijamente, sosteniendo su mirada. Este tiene que ser algo nuevo para mí. Un nuevo récord. Es la segunda vez que estoy en presencia de esta mujer y tengo que pensar dos veces si debería estar con ella o no.
La primera vez, estaba enojado y en este extraño estado de ánimo. ¿Qué estoy esta noche?
Gabriella vuelve a pasar los dedos por mi pecho, sacándome del estupor del pensamiento.
—Ven. Sube las escaleras conmigo—me insta, bajando la cabeza para susurrarme al oído—. Ven. Deja que me ocupe de tus necesidades.
Debería ir con ella. Follarla y sacar a Caterina de mi cabeza. Sin embargo, incluso cuando pienso eso, la veo a ella en mi mente. Veo su hermoso rostro, el placer en su rostro cuando la toco, la mirada en sus ojos cada vez que me mira. Incluso cuando la he enojado, esa mirada sigue ahí.
Imagino su piel suave y la dulzura de su beso. Ella me dio su primer beso, y para mí sentí que también era mi primer beso. Sin
duda fue el único beso que he tenido que me hizo sentir pasión.
Cierro los ojos cuando Gabriella pasa su mano por mi pecho y arrastra los pies hacia atrás para poder agarrar mi polla.
—¿Tienes un condón?—susurra en mi oído. Sus labios rozan mi cuello.
—Sí—respondo. Mi voz suena lejana, como si la estuviera escuchando al borde del viento.
Ella se baja de mi regazo. Una sonrisa de triunfo ilumina su rostro.
—Ven conmigo—dice de nuevo, haciéndome señas con un dedo.
Me levanto y ella camina adelante, sabiendo exactamente adónde ir. A mi suite. La suite en la que la he follado muchas veces.
Llegamos a las escaleras, y cuando pongo mi pie en el primer escalón, me congelo cuando vislumbro un largo cabello azabache flotando detrás de una de las cortinas. Miro a la mujer de cuerpo esbelto y la veo. En mi mente veo a Caterina de nuevo. Mi mente evoca el recuerdo de cómo la tuve en la ducha, y sé que es a ella a quien realmente deseo.
¿Qué pensará ella de mí si hago esto?
¿Qué pensaré de mí mismo?
Maldito infierno… no se suponía que esto sucediera. La deseo a ella, y mi maldito cuerpo solo la desea a ella.
Gabriella se vuelve hacia mí y ve mi lucha. Su rostro se endurece.
—¿Qué pasa?—pregunta.
—Tengo que irme—le respondo y me doy la vuelta.
Se apresura a bajar las escaleras y me agarra del brazo. La miro de una manera que debería recordarle quién soy. Ella toma nota y suelta mi brazo, enderezándose.
—¿Por qué?—me desafía—. ¿Por ella? ¿Tu novia trofeo?
No estoy dispuesto a admitir eso a nadie, y menos a ella. Me cierro sobre ella. Se estremece bajo el peso de mi mirada.
—Mucho ojo, Gabriella. Ten cuidado. Recuerda con quién estás hablando. No te quiero esta noche.
Ella retrocede y da un paso atrás. Con eso, la dejo. Bajo las escaleras que conducen a la salida, en mi camino vislumbro a Tristan y Dominic en el bar, pero no me detengo. Ni siquiera sé si me vieron.
Mi cuerpo se mueve por sí solo. Como si me llamaran a casa. A casa con ella.
Conduzco de regreso pensando en ella y lo de ayer. Pienso en lo mucho que ella me deseaba también. No es tan tarde cuando llego a casa, pero no sé si estará dormida. La puerta de su dormitorio está abierta. Cuando me acerco, me detengo y espero junto a la puerta cuando la veo arrodillada en el suelo. Delante de ella hay unos pequeños botes de maquillaje y papel de copia en blanco. Ella dibujó en él.
Veo golondrinas volando sobre una montaña. El cielo está manchado de tonos azules y violetas. Sumerge los dedos en uno de los botes de sombra de ojos y lo unta por todas las áreas en blanco.
Retuve sus materiales de arte porque tenía planes para ellos. Planes para ella. Nada malicioso. Era solo una idea, pero en realidad ahora me siento mal cuando la veo hacer uso de todo lo que pudo encontrar para hacer lo que ama.
Se arrastra sobre las manos y las rodillas para poder alcanzar un cepillo grande en forma de abanico. Al hacerlo me da una vista de su culo perfecto con esos pantalones cortos.
No es hasta que se mueve hacia atrás que me ve y salta, sorprendida.
La preocupación que suele mostrar cuando está conmigo se instala instantáneamente en su hermoso rostro. Se pone de pie, preparándose para lo que sea que tenga bajo la manga esta noche.
Nos miramos en silencio durante unos momentos. Se ve mejor que en mi imaginación, y lo que conjuré fue bastante bueno. Lo que es diferente es ese anhelo que acecha bajo su mirada. Se acerca a mí y me dice que ella también ha estado pensando en mí.
Entro y cierro la puerta, bloqueando el pestillo para que nadie nos moleste. El personal sabrá que si giran la manija y la puerta no se abre, no deben tocar. Todavía no sé qué planeo hacerle. Todo lo que sé es que tengo que tocarla.
Me acerco a ella y hago exactamente eso. Toco su mejilla, su suave, muy suave mejilla. Da un paso atrás, lejos de mí.
—¿Qué estás haciendo?—me pregunta.
Mi mirada desciende a la subida y bajada de su pecho y el pulso de su corazón acelerándose.
—Quería verte—respondo. Cuando las palabras salen de mis labios, siento esa parte de mí que ha estado encerrada durante años.
Encerrada desde el día en que encontré a mi madre en el río y vi sus grandes ojos aterrorizados mirándome como si estuviera pidiendo mi ayuda desde más allá de la tumba.
Miro a Caterina y me siento como la persona que era antes de que eso sucediera. El hombre que podría haber sido si no me hubieran quemado.
Sus ojos otoñales se entrecierran y rebosan de la decepción que vi hace noches cuando mira mi camisa.
—Hay lápiz labial en tu cuello—afirma—. Y hueles a perfume.
Celos.
Hay dolor. Celos y dolor. Sin embargo, a diferencia del otro día, no quiero burlarme de ella por eso.
—¿Es de ella?—exige ella, mirándome directamente a los ojos—.
¿De Gabriella?
—Sí—respondo. El dolor en sus ojos se profundiza. Nunca antes había tenido una mujer que me mirara así. Sobre todo porque nunca
les he dado la oportunidad de creer que podríamos ser algo más que una follada.
—¿Quién es Gabriella para ti, Andrea?
—Una amiga.
—¿Una amiga con la que te acuestas?
—S ... —Ella se ve visiblemente aplastada por la declaración. Su pecho y hombros se hunden. Su ceño se frunce y sus labios tiemblan.
—Aléjate de mí—dice con voz ronca y retrocede.
La sigo hasta que retrocede contra la pared, inestable. Hace un movimiento para escabullirse, pero coloco mis manos en la pared a cada lado de ella, cercándola.
—Aléjate de mí, Andrea—murmura de nuevo.
—No—respondo, y en ese momento, recuerdo lo que dijo Tristan.
Piensa en lo “que” ella es, no en “quién” es. Dije que era lo mismo. No lo es. Es una mujer que me atrae desde hace meses. Me atrajo. De la misma manera que lo hace ahora.
—No quiero hacerlo esta noche—dice, sacudiendo la cabeza.
—¿Hacer qué?
Una lágrima recorre su mejilla.
—Escucharte decirme que no soy nada. No quiero oír hablar de tu noche con ella. No necesito que me recuerden que estoy con un hombre que no es mío. Ahora vete, lárgate…
No le permito que termine. Antes de que pueda decir otra palabra, aprieto mis labios contra los suyos, capturando su bonita boca. En el segundo en que la pruebo, todo el deseo que sentí por ella anoche vuelve a mí...
Su sabor. Su dulzura, su inocencia, todo me vuelve jodidamente loco. Pero me emborracho con el sabor de su necesidad por mí.
Es igual que el mío.
La conmoción me saca del trance del beso. Me alejo un poco y observo su expresión de asombro y deseo en sus ojos. Desbloquea la restricción que me puse y me obliga a decirle la verdad.
—No me acosté con ella—digo, sorprendiéndome aún más. Yo no doy explicaciones a nadie. Ni de mis acciones, ni de mis motivos para hacer nada. Sin embargo, esta mujer me obliga a hacerla la excepción. Especialmente cuando hace lo inesperado de extender su delicada mano para tocar mi mejilla.
Es la primera vez que me toca voluntariamente. Se siente como ser tocado por un ángel. Una mujer demasiado pura para personas como yo. Una mujer intacta e incorrupta.
Ella es como tener algo santificado en mi presencia, mientras yo soy el diablo esperando junto a la puerta para llevarla por el camino de la tentación. Ella lo sabe. Es completamente consciente de quién y qué soy, pero me mira como si me deseara. En su mirada veo el camino hacia la redención. Redención de la venganza que he buscado durante tanto tiempo.
De repente, me importa una mierda querer demostrar que Riccardo estaba equivocado. No importa porque cuando la miro, veo también quién es ella. Es solo Caterina, y ahora mismo, no me importa si es la hija de mi enemigo.
Cuando la belleza guía mi rostro de regreso a sus labios, voy, respondiendo al llamado de la pasión, dejando a un lado todo el pasado y el presente para poder saborearla.
La pasión cruda pasa de mí a ella mientras me deleito con su deliciosa lengua. Ella gime en mi boca. Levanto la mano libre para agarrar su pecho izquierdo. Caterina responde presionándose contra mí, agarrando mi camisa.
Con mis labios todavía en los de ella, me muevo con ella a la cama y la dejo en el centro. Solo me alejo de sus labios para quitarme la camisa y la de ella también.
Para mi satisfacción, no lleva sujetador debajo de la blusa, por lo que sus hermosos pechos se derraman. En lugar de la mujer
aterrorizada que era la otra semana, me devuelve la mirada con excitación rebosante en sus hermosos ojos.
—Quiero follarte, Caterina—le digo. Un rubor carmesí oscurece su piel. Su pecho sube y baja. Su respiración se vuelve más pesada. Quiero follarla tan fuerte que estará gritando mi nombre toda la noche.
—Quiero follarte, Principessa. Por favor déjame—agrego. Suena como una súplica para mis oídos.
—Sí—responde ella—. Fóllame.
Escuchar cómo ya la he contaminado me hace sonreír.
Me levanto de la cama. Se levanta sobre sus codos para mirarme mientras me quito el resto de la ropa. Cuando sus ojos se posan en mi polla, siento que se endurece aún más, y la gota de líquido preseminal en la punta muestra cuánto la deseo.
Me acerco a ella y le quito los pantalones cortos y las bragas de un solo movimiento, dejando al descubierto su bonito coño.
Quiero enterrar mi polla profundamente dentro de ese coño virgen y hacerla mía. Marcarla como mía. Reclamarla de una manera que cuando alguien la mire, sabrán solo por la mirada en sus ojos que ella me pertenece. Sé que tengo que tener cuidado, ser gentil. Nunca antes me había follado a una virgen, pero sé que todo será nuevo y aterrador para ella. Esta noche no quiero que tenga miedo.
Cuando vuelvo a la cama y me inclino sobre ella, ella apoya las manos en mi hombro.
—No sé cómo… — comienza, pero beso sus palabras.
—Confía en mí. Confíame tu cuerpo —le digo.
Ver la confianza entrar en sus hermosos ojos es un placer que nunca pensé que vería.
—Yo... confío en ti—dice, moviéndose para besarme.
La beso con fuerza, luego tomo su rostro y la miro, recuperando el control.
—Abre las piernas para mí. —La suelto y ella obedece. Se me hace la boca agua cuando la veo separar las piernas para mí, sus deliciosas tetas se agitan mientras se mueve y los picos rosados se endurecen bajo mi mirada—. Buena chica.
La acaricio con la cara entre los muslos, empujando mi lengua en su apretado coño para excitarla.
Joder, ya está mojada para mí. Quiero llevarla al orgasmo una vez antes de tomarla para que sea más fácil para ella. Más fácil y divertido.
Lamo la dura protuberancia de su clítoris, haciéndola gemir. Cuando se aferra a mis hombros, empujo con más fuerza y chupo el pequeño nudo hasta que echa la cabeza hacia atrás y grita mi nombre.
Mi nombre en sus bonitos labios me hace levantar la cabeza para verla deshacerse en mis brazos. Tomo la imagen de puro placer en su rostro y me la guardo en la memoria. Así es como quiero recordarla. Eso es lo que quiero recordar, pase lo que pase.
—Andrea—jadea, alcanzándome.
—Está bien, Princesa. Esa es solo la primera saboreada de placer.
—Me sumerjo de nuevo y hago círculos con mi lengua sobre su clítoris, inhalando el dulce aroma femenino, lamiendo mi primera saboreada de sus jugos cuando comienzan a fluir hacia mi boca. Ella se corre duro, sacudiéndose y estremeciéndose contra mi cara, pero la sostengo por su culo y la presiono contra mí para poder tomar todo lo que quiero de ella.
Lamo lo suficiente de sus jugos y dejo el necesario para guiarme hacia su entrada. Poniéndome de nuevo de rodillas, mantengo sus muslos abiertos. Nuestras miradas se enredan cuando me agarro la polla para guiarla hacia ella.
Nunca esperé ser amable con esto. No hay nada amable en mí, pero quiero intentarlo por ella.
Froto mi polla sobre sus labios vaginales y empujo en su entrada, abriéndome camino hacia adentro, avanzando poco a poco en su
pasaje virgen. Hago una pausa mientras sus paredes se aprietan alrededor de la punta de mi polla. Joder, está tan apretada que es casi doloroso pero al mismo tiempo, jodidamente placentero.
—Andrea—jadea. Paso mis dedos por sus delgadas caderas.
—Te sentirás bien pronto, lo prometo. —Con esas palabras, empujo más allá del ajuste ceñido. Ella jadea cuando golpeo su virginidad.
Grita de nuevo y sus ojos se llenan de una salvaje combinación de dolor y puro placer. Todo para mí.
Es ahora que ella se siente realmente como si me perteneciera.