Capítulo 2 POV Astrid

1059 Words
El suelo estaba frío, duro, despiadado. Cada parte de mi cuerpo dolía, como si la misma tierra se burlara de mi desgracia, rechazándome como lo había hecho él. Lucian Blackthornem el hombre que la Diosa me había destinado, el hombre que me había condenado. Mi aliento salió tembloroso en la penumbra de la barraca donde me habían arrojado tras la ceremonia. No recordaba cómo había llegado hasta aquí. Todo lo que quedaba en mi mente era la imagen de su espalda alejándose, la sombra de su desprecio grabada en cada rincón de mi ser. “Astrid Vauclair, te rechazo como mi compañera predestinada.” El eco de su voz seguía palpitando dentro de mí, como una herida abierta que se negaba a cerrarse. Cerré los ojos, intentando bloquear el dolor, la humillación, la pérdida. Pero no importaba cuánto intentara aferrarme a la oscuridad, la realidad era peor. Yo no era solo una omega rechazada, era una esclava y la manada se encargaría de recordármelo cada segundo de mi miserable existencia. La primera noche pasó entre susurros y risas crueles, voces burlonas que se filtraban en mi mente, ahogando cualquier vestigio de esperanza. El suelo era mi única compañía, y el frío, mi único consuelo. No había manta, ni cama, ni siquiera un rincón donde pudiera acurrucarme sin que me patearan al pasar. —¿Qué? ¿No duermes bien, perra? —una voz femenina se burló en la oscuridad. No respondí. Había aprendido rápido. Cualquier palabra, cualquier movimiento, era un incentivo para que me recordaran mi lugar. El primer golpe llegó a la mañana siguiente. No fue el primero ni el último, pero sí el que me enseñó que el dolor podía sentirse más allá de la piel, que podía meterse en los huesos, en la carne, en cada latido de mi corazón. —¡Levántate, basura! Un pie se estrelló contra mis costillas y el impacto me sacó el aire. Me doblé en el suelo, ahogando un jadeo, sabiendo que si mostraba dolor solo haría que lo disfrutaran más. —Mírala, ni siquiera es capaz de mantenerse en pie —se burló Marianne, la guerrera que ahora lideraba a las hembras de la manada—. No sé cómo alguien pudo pensar que sería digna del Alfa. Sus palabras me perforaron, pero no levanté la cabeza. No valía la pena. No había nada que decir. El agua llegó antes de que pudiera reaccionar. Un balde entero, helado, se derramó sobre mí, empapando mis ropas y pegándolas a mi piel. Me estremecí, sintiendo el frío calarme hasta los huesos, pero me quedé en el suelo, esperando que se aburrieran, que encontraran otro entretenimiento. —Oh, vamos —otra voz se unió a la burla—. ¿Crees que eso es suficiente? Una mano se hundió en mi cabello y me obligó a levantar el rostro. Los rostros de mis agresoras eran los mismos de siempre. Algunas de ellas habían sido mis compañeras de entrenamiento antes de que mi apellido se convirtiera en sinónimo de deshonra. Ahora, me miraban con puro desprecio. —Si sigues ensuciándote tanto, vamos a tener que lavarte con nuestras propias manos. Las risas explotaron a mi alrededor y sentí un escalofrío de asco. No necesitaba imaginar lo que eso significaba. No necesitaba saber qué tipo de humillación tenían preparada para mí. Mi silencio las hizo perder el interés. Marianne me soltó con un empujón y su bota se hundió en mi costado antes de que se alejara. —No tardes con el desayuno —dijo con desdén. El día continuó con su misma monotonía insoportable: órdenes, insultos, miradas de asco y trabajo inhumano. No tenía derecho a descansar, a quejarme, a existir. Me arrodillé en la cocina, limpiando suelos con las manos desnudas, mis dedos enrojecidos y cubiertos de cortes por el contacto constante con el jabón y la madera rugosa. Las mujeres me escupían mientras pasaban, riéndose de mi miseria, dejando caer sus platos a propósito para que tuviera que recogerlos. Pero incluso eso era mejor que lo que venía después. El comedor de los guerreros estaba lleno esa tarde. Yo servía la comida con la cabeza baja, sintiendo las miradas clavarse en mí como dagas invisibles. —Mírenla —una voz resonó en la sala—. Parece un ratón asustado. Las carcajadas siguieron como una ola. —Tal vez deberíamos hacer que se sienta más cómoda. El aire se tensó. Mi estómago se revolvió. Las manos comenzaron a tocarme antes de que pudiera prepararme. Un roce en mi brazo, una presión en mi cintura. La mesa crujió cuando me empujaron contra ella. —Tranquilos —la voz de Gregory, un lobo de alto rango, resonó con burla—. ¿No ven que es tímida? Mi mandíbula se tensó y me dije a mi misma no te muevas, respires, ni los provoques. —Qué desperdicio —susurró otro—. Pero ¿quién querría tocar a una perra rechazada? El golpe me tomó por sorpresa. Un empujón en la espalda, suficiente para hacerme caer de rodillas. Las risas explotaron de nuevo. —Mírala —se burló Gregory—. Tal vez deberíamos enseñarle a sonreír. Sentí el peso del asco y el miedo mezclarse en mi estómago. Quería gritar, quería llorar, quería huir. Pero no podía hacer nada. No tenía derecho ni voz. Mi única opción era esperar a que terminara. Los días pasaron y mi resistencia comenzó a desmoronarse. Los golpes dejaron de doler, los insultos dejaron de importar, las miradas dejaron de tener peso. Lucian no me miraba, no me pregunté cómo podía ignorar lo que estaba pasando. No intenté encontrar un destello de duda en su expresión cuando lo veía pasar con Selene. Porque en su mundo, en su mente… Yo ya no existía. Y eso dolía más que cualquier golpe. Cada noche, cuando me desplomaba en el suelo, sabía que estaba un paso más cerca de desaparecer. No reaccionaba cuando me empujaban, cuando me hablaban ni me importaba si mi cuerpo temblaba cuando los hombres pasaban demasiado cerca. Porque ¿para qué resistirme? La Diosa me había dejado vivir para pagar por su error. Cerré los ojos, abrazándome a la nada. Esperando que el dolor terminara, pero lo peor aún estaba por venir. Porque no importa cuán rota estaba ya… Aun les faltaba romperme un poco más.
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