Capítulo 4 POV Astrid

964 Words
El aire dentro de la cabaña era cálido, impregnado del aroma a madera quemada y té especiado. Era un olor hogareño, completamente ajeno a mí. Durante tanto tiempo mi mundo había estado reducido a barro, sangre y dolor, que estar en un lugar así se sentía irreal. Como si mi cuerpo aún no aceptara que había cruzado un umbral invisible entre la condena y la salvación. Pero ¿realmente era salvación? No me atreví a moverme demasiado. Mis músculos dolían, mi piel estaba demasiado sensible, como si aún sintiera la presión de aquellas manos que se clavaban en mí sin piedad. Pero más allá del dolor físico, era mi mente la que no podía procesar lo que estaba ocurriendo. Yo debería estar muerta. Eso era lo que mi manada había querido. Lo que él había querido. —Estás a salvo —dijo la mujer frente a mí, su voz baja y medida. Phoebe D’Arcy. Ese nombre no significaba nada para mí, pero la compasión en sus ojos me resultaba insoportable. La compasión era peligrosa. La compasión era lo que hacía que la gente se sacrificara por otros y terminara como yo. Tragué saliva con dificultad. —¿Por qué? Phoebe inclinó la cabeza. —¿Por qué qué? —¿Por qué me salvaste? Sus labios se apretaron en una línea delgada antes de responder. —Porque lo que te hicieron estuvo mal. No importa lo que digan las leyes de la manada. Su respuesta me desconcertó. Nadie había cuestionado nunca esas leyes. No en voz alta. —Pero tu compañero… —Mi voz sonó débil, quebrada. Phoebe exhaló despacio, como si sopesara sus palabras. —No lo sabe. Y no debe saberlo. Eso captó toda mi atención. Me incorporé ligeramente sobre los codos, ignorando el dolor punzante en mi costado. —¿Cómo? Sus ojos, de un azul casi etéreo, se clavaron en los míos con una determinación férrea. —Llevo semanas pidiéndole que interviniera —confesó—. Desde que supe lo que te estaban haciendo. Pero se negó. Dijo que no podíamos interferir, que la ley es la ley, y que si lo hacíamos, pondríamos en riesgo nuestro lugar en la manada. Un amargo escalofrío recorrió mi cuerpo. —Entonces… me sacaste a escondidas. Phoebe asintió. —Sí. Sentí como si el suelo bajo mí desapareciera. Que un lobo desafiara las leyes de la manada era impensable. Que lo hiciera en secreto, aún más. —¿Por qué arriesgarte? —pregunté en un susurro. Phoebe no respondió enseguida. Se levantó lentamente y caminó hasta la chimenea, donde una tetera humeaba sobre las brasas. Sirvió el líquido en una taza y regresó, tendiéndomela con suavidad. —Porque no crecí en una manada —dijo finalmente—. Mis padres biológicos me perdieron en un conflicto entre clanes y terminé creciendo con una familia de vampiros que me rescataron así que aprendí a ver el mundo de otra manera. Bajé la mirada a la taza entre mis manos, observando el reflejo tembloroso del líquido oscuro. ¿Era eso lo que hacía la diferencia? ¿La manera en que uno crecía? Apreté los labios. Yo también había crecido bajo la estructura de la manada. Creí en sus leyes. Creí en la Diosa de la Luna, en los lazos inquebrantables, en que la fuerza era la única manera de ganar respeto. Pero ahora… ahora ya no estaba tan segura de qué era real y qué era una jaula construida con tradición. Phoebe se sentó en el borde de la cama, con los dedos entrelazados. —No quiero que me odies o a mi compañero, Killian. Killian. Sabía quién era. Un gamma de la manada. Un guerrero, que no movió un solo dedo para salvarme. Phoebe continuó: —Él no es malo, Astrid. Solo… es un guerrero que intenta seguir las reglas. Aparte escucha mucho a su lobo interno y ya sabes cómo son raros. La ironía me golpeó como un puñetazo. Yo también tenía una loba, pero era demasiado débil como para siquiera interactuar conmigo. Así que pensé que yo también era extraña. ¿Eso justificaba el hecho de haber sido abandonada? Inspiré hondo. —No los odio —dije finalmente—. Lo entiendo. Phoebe me miró con algo parecido a la tristeza. —¿Lo entiendes? —Sí. —Bajé la mirada—. Porque yo también crecí creyendo en las reglas de la manada. En que el compañero predestinado lo era todo. En que el rechazo era una sentencia de muerte… pero si venia de un Alfa se debía aceptarlo porque era por el bien de la manada. Phoebe apretó los labios, como si mis palabras le dolieran más de lo que estaba dispuesta a admitir. —Pero no debería ser así. —Tal vez no —susurré—. Pero es lo que es. Se hizo un silencio espeso entre nosotras. Phoebe fue la primera en romperlo. —Mi tío adoptivo puede ayudarte. Levanté la vista. —¿Tu tío? —Su nombre es Philip. Es genetista. Ha pasado años estudiando a los licántropos desde que se enteró que yo era una. Cree que puede borrar tu olor. El aire pareció desaparecer de mis pulmones. —¿Borrar mi olor? Phoebe asintió. —Si lo hace, nadie podrá rastrearte. No podrán reconocerte y podrás empezar de nuevo, ser libre. La palabra flotó en mi mente como un espejismo. Era una posibilidad que nunca había considerado porque, hasta ahora, nunca había existido. Phoebe me observó con cautela. —Si decides hacerlo, no hay vuelta atrás. Killian no puede saberlo. La manada tampoco. Tomé un sorbo de té, sintiendo su calor descender por mi garganta. Las reglas de la manada eran inquebrantables. Pero por primera vez, me pregunté qué pasaría si las rompía.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD