Como Ania estuvo muy triste por la mañana, le pedí a Lena compartir con ella “nuestra cita”, a lo que respondió que sí, siempre y cuando llevemos a Pietro, así él se encargaba de Ania y yo era exclusivamente para ella. Su respuesta me hizo reír tan fuerte que nadie en la mansión creía que era yo el que gozaba de las ocurrencias de Lena. Ambos fuimos a hablar con Ania para explicarle nuestra idea de cómo pasar la tarde, a lo que ella aceptó. Marcó el número de Pietro y me pasó el teléfono. Cuando contestó escuché que lo hizo muy emocionado, y detecté alegría, de esa que te da cuando alguien amado se comunica contigo.
– No, Pietro, soy Stefan, el tío de Ania.
– Ah, cómo está, señor -sentí su desilusión. Pietro estaba enamorado de Ania.
– Le pedí a Ania que me comunique contigo porque queremos invitarte a que nos acompañes a la cita que tengo con Lena. Llevaremos a Ania, y para que no esté sola, a Lena se le ocurrió que podrías ir con nosotros para hacerle compañía -esperé unos segundos, el teléfono estaba mudo, aunque podía escuchar el sonido del ambiente en el que estaba el amigo de mi sobrina-. Pietro, ¿sigues ahí?
– Sí, señor, aquí estoy -contestó carraspeando la garganta, como si lo hubiera sorprendido haciendo algo vergonzoso-. Muchas gracias por pensar en mí. Por supuesto que acepto la invitación. ¿A dónde debo ir? -su voz era pura alegría, se notaba que era un chico muy educado y bien criado.
– Nosotros iremos por ti. Vamos con Mario porque aún no conozco la ciudad. ¿Te parece que pasemos por ti a las cuatro?
– Perfecto. Estaré listo a esa hora. Y, señor, nuevamente gracias por pensar en mí -sonreí imaginándomelo tan entusiasmado por pasar más tiempo de su día cerca de Ania.
– Eso le tendrás que decir a Lena cuando la veas, fue ella quien te propuso como acompañante de Ania. Nos vemos -y corté la llamada.
Ania aún tenía tristeza en sus ojos, pero ya estaba viendo qué ponerse para salir por la tarde. Me imaginé a Amelia preparando sus ropas para ir a una cita conmigo. «Eso, una cita o varias, así podré enamorarla si es que no responde desde el inicio a mi interés», pensé. Como Amelia tenía diecisiete años y Ania catorce, deduje que observando cómo se comportaba mi sobrina en una cita me daría pistas de cómo yo tendría que actuar en una, considerando las posibles reacciones de mi predestinada. Curioso por saber si mi sobrina tenía experiencia en citas, le pregunté si alguna vez había salido con un muchacho.
– ¡No, tío! ¡¿Cómo crees?! -respondió muy sorprendida y algo aterrada.
– Pero si eres muy bonita. Imagino que en tu escuela habrá chicos que te hayan invitado a salir -respondí de lo más natural, como si tener una cita fuera del día a día.
– Pero soy una mestiza sobrenatural, una bruja con fuerza de licántropo, y los sobrenaturales no necesitamos de citas para llegar al corazón de nuestra alma gemela, solo olerla o verla para saber que es a quien esperábamos.
– Entonces, ¿Pietro nunca te ha invitado a salir? –pregunté creyendo que hacía bien.
– ¿Tú también, tío? -respondió haciendo una mueca de fastidio-. Mis hermanos y papás siempre me fastidian con Pietro. ¡Qué ganas de querer malograr una amistad de once años! Pietro es mi mejor amigo desde el jardín de niños. No es mi enamorado, no es mi admirador, yo no le gusto y él no me gusta. Yo esperaré por mi predestinado, aunque para ello pasen cien años, como ocurrió con papá.
Lo último que dijo me afectó. Yo no pude esperar a Amelia y tuve una relación por casi cinco años con Laura. Ania creía mucho en la predestinación, y por ello estaba segura que había en el mundo alguien para ella por quien debía esperar. Yo no tuve tanta fe como mi sobrina, y terminé enredándome con una loca que intentó matarme cuando quise terminar la relación.
– ¿Te pasa algo, tío? ¿Dije algo que no debí? -preguntó mi sobrina preocupada y apenada.
– No, mi niña, solo que me siento muy orgulloso de ti. Más bien perdóname si dije algo que no debí sobre Pietro y tú. Es que me pareció que él te quiere más que como amigo, pero igual olvídalo, no vaya a ser que esto que acabo de decir haga que te alejes de él.
– No, tío. Todo el mundo podrá pensar mil cosas de la relación que tengo con Pietro, pero yo sé lo que me une a él, y eso es lo único que me importa. Si en algún momento llegara a confesarme algo, amablemente lo rechazaré. Lo quiero mucho, es mi mejor amigo, pero no puedo quererlo más que como amigo porque él no es mi predestinado.
– ¿Y si lo fuera? Aún estás muy joven para saberlo. Quizás a los dieciséis te des cuenta que es él -opiné.
– Pues, si fuera así, sería muy feliz porque a Pietro ya lo quiero, y que sea mi predestinado solo significaría que necesito añadir un tipo de amor adicional en él, el amor de compañero.
Ania era tan madura para tener catorce años que me asombraba. Ya hubiera querido pensar así a esa edad, todo lo que me hubiera evitado.
(…)
Ya enfrente de la casa de Pietro, los tres bajamos del auto para recogerlo. Ania lo hizo porque era su amigo, yo porque era el adulto que lo invitó y Lena porque a ella se le ocurrió que fuera él con nosotros y no otro. Cuando la puerta se abrió, vimos a una anciana de rasgos orientales que nos saludó e hizo pasar. Nos pidió que esperemos a Pietro, que ya estaba listo. Minutos después bajó de la segunda planta el mejor amigo de Ania cargando tres paquetes. Nos saludó y entregó un paquete a cada uno. Estaban envueltos en un brillante papel rojo y adornado con un lazo dorado. ¿Eran regalos?
– ¡¿Un regalo, para mí?! -dijo casi gritando Lena, estaba muy emocionada.
– Es por haber pensado en mí para acompañarlos esta tarde.
– ¿Y el mío, por qué? -preguntó Ania.
– Para que te alegres un poco y te sientas mejor -sus ojos brillaron como los de mis amigos cuando observan a sus predestinadas.
– ¿Y yo? -pregunté moviendo la caja porque la mía era la más grande.
– Por ser el adulto que aprobó que los acompañe.
Lena ya iba a abrir el regalo, pero la detuve porque sabía que para los chinos era una falta de respeto abrir los regalos enfrente de quien los entrega. Pietro aclaró que no había problema, su hogar era mestizo, por eso los regalos se envuelven en papel rojo y se abren inmediatamente después de recibirlos. Los tres nos miramos y comenzamos a abrir los regalos con un toque de desesperación por la sorpresa que nos daba Pietro. A Lena le regaló una muñeca que lucía peinado y vestido tradicional c***o. A mí me regaló una chaqueta blanca de cuello mandarín, como la que usaba Bruce Lee en sus películas. A Ania le regaló una fina peineta con diseño de flor de loto para decorar su cabello, la cual le encantó y se la colocó de inmediato.
– Es mi forma de decir «gracias» -e hizo una reverencia.
– Yo pensé que la única forma de agradecer era diciéndolo. «Gracias», así de simple -dijo Lena con cara de no entender nada, que fue tan chistosa que me hizo reír. Ania rio también y noté que a Pietro se le iluminó otra vez la mirada al verla feliz.
«Citas y regalos. No deben ser muy costosos, al menos no al inicio. La peineta es linda, fina, pero no es algo muy caro, pero él sabía que le gustaría a Ania. Necesito saber qué le gusta a Amelia», pensaba mientras analizaba la situación.
Mario nos llevó al centro comercial en donde estaba el parque de trampolines que era el lugar favorito de mi pequeña sobrina de siete años. La cita era de Lena, así que ella decidió que pasaríamos dos horas en los trampolines. Esa idea no le gustó mucho a Ania, ya que ella no sabía cómo dar volteretas, pero Pietro le dijo que le ayudaría con eso. Pagué por dos horas y compré unas medias especiales para no tener accidentes por la falta de fricción. El lugar estaba casi vacío, ya que era jueves. Además de nosotros solo había un grupo de chicos que se notaba que estudiaban el primer año de universidad. Lena comenzó a saltar y yo andaba detrás de ella. Ania saltaba lo justo y necesario, estaba aburrida. Los universitarios la vieron y comenzaron a hacer algunos saltos con piruetas para llamar su atención, cosa que lograron.
Pietro se puso serio, olí su tristeza por perder la atención de Ania. Vi que se alejó de ella, quien ni cuenta se dio por estar viendo lo que hacía el otro grupo. Pietro comenzó a saltar en un trampolín, tomando cada vez más y más impulso. Uno de los asistentes del parque le pidió que no salte tan alto, que tenga cuidado, pero él no hizo caso. Todos volteamos a verlo por la llamada de atención que recibió. Sin que nos lo esperáramos, el amigo de Ania hizo un triple salto mortal, cayendo perfectamente. Después haría otro, y otro más. En ese momento ver a Pietro era como apreciar a un gimnasta en pleno desarrollo de su rutina en las olimpiadas. Era preciso, y las piruetas muy complicadas. Todos estábamos asombrados. Terminó saliendo del trampolín hacia la colchoneta de manera impecable, sin errores ni titubeos. Todos salimos de nuestra obnubilación cuando Lena comenzó a vitorear el nombre de Pietro.
– ¿Cuándo aprendiste a hacer eso? -le preguntó Ania cuando nos acercamos para felicitarlo por su habilidad.
– Desde niño. El hermano mayor de mi madre es un acróbata profesional, un artista de la pirueta. Él trabaja para el Gran Circo de China, y cuando viajamos en vacaciones, él me enseña algo de sus actos.
– ¡Eres asombroso! -le dijo Lena con los ojos súper abiertos-. ¿Me enseñas?
– Claro, pero hacer esto no es solo saltar y ya. Necesitas seguir una rutina de ejercicios para ser fuerte y ágil.
– No te preocupes, yo la sigo con tal de saltar como tú -a veces Lena me parecía una dama mayor atrapada en el cuerpo de una niña.
– Oye, muchacho. ¿No quieres jugar dodgeball? Debes ser bueno, y nos falta uno -le propuso uno de los universitarios.
Pietro se me acercó para decirme que no quería jugar con ellos, sino contra ellos, y quería saber si podía contar conmigo, para que entre los dos los acabemos. Entendí que lo que quería era dejarlos en ridículo ante los ojos de Ania. No pude negarme, y le dije que entre los dos les podíamos ganar a los siete universitarios.
– ¿Qué les parece si competimos ustedes siete contra nosotros dos? -propuso Pietro. Los chicos se miraron entre ellos y aceptaron.
Lena era nuestra porrista estrella y Ania una fan espectadora. Los trabajadores del parque también estaban atentos a lo que haríamos. Colocaron las seis pelotas en el centro del área, en las colchonetas que dividían los trampolines que ellos podían usar de los nuestros. Un asistente nos ayudó haciendo de árbitro, y con un pitazo iniciamos el juego. Pietro se acercó para tomar las pelotas. Me lanzó dos, mientras esquivaba las que le lanzaban los contrarios y en mi primera intervención eliminé a dos. Con la pelota que se quedó, Pietro eliminó a uno, quedaban cuatro. Atrapé la pelota que uno me lanzó, y al devolvérsela lo eliminé, quedaban tres. Pietro recibió dos pelotas que habían salido de la zona de juego y eliminó a dos, quedaba uno. A ese que faltaba lo saqué al lanzarle la otra pelota que nos tocaba como equipo. En menos de cinco minutos ganamos el juego. Lena gritaba desenfrenadamente al ver que Pietro y yo habíamos triunfado, derrotando a siete chicos que estaban en buena forma, pero no podían contra un licántropo -aunque oculté lo más que pude mis habilidades- y un humano con alto entrenamiento en acrobacia.
– ¡Ustedes dos son mis héroes! -gritaba Lena emocionadísima-. Le ganaron a siete chicos altos y guapos muy rápido -la miré serio, aunque quería reír hasta morir.
– ¿Cómo que chicos guapos? Usted no tiene edad para estar viendo esos detalles en los hombres -la regañé de forma divertida.
– Ay, Stefan, no seas celoso. Ellos son guapos, pero tú eres el más guapo, después de mi papá, de Kiram y del abuelo, claro está -su ocurrencia me hizo reír, y la tomé en brazos para saltar con ella.
Ania felicitó a Pietro y le pidió que le enseñe a hacer algo más que saltar. «Llamar su atención y mostrarle que soy superior a otros machos. No puedo creer que estoy aprendiendo de adolescentes a cómo enamorar». Bueno, de todo -y todos- se aprende. Los amigos se alejaron un poco y comenzó la lección de cómo saltar, caer sentado y volverse a parar por la fuerza del impulso, mientras que yo le enseñaba a Lena a lanzar el balón al aro de basquetbol. Ver a Ania con su amigo, que la quería en secreto, y a Lena disfrutar del momento, me hizo ver que había dejado pasar el tiempo y varias oportunidades de divertirme con mi familia. Desde que perdí la fe de encontrar a la prometida, no solo empecé a tomar malas decisiones, sino que me alejé de quienes más me amaban y yo amaba. Ahí, a horas de conocer a Amelia y confirmar si era mi predestinada, decidí que después de ese encuentro con mi destino, pase lo que pase, retomaría mi relación familiar, y si ella era a quien tanto esperé, se sumaría a mi familia, obteniendo una en reemplazo de la que la vida le negó.