Unos días después
Toscana, Firenze
Ludovica
Quise convencerme de que era lo mejor apartarme de Giuseppe, de que cualquier sufrimiento a la larga pasaría, que esa herida se cerraría con el tiempo en vez de vivir culpándome por su muerte, maldiciéndome por haberlo escuchado. No se trataba de cobardía, sino de asumir la realidad. En el mundo al que pertenecíamos no teníamos futuro, estábamos condenados a destruirnos, donde Pietro sería nuestro verdugo… y solo muertos podríamos estar juntos.
Fue doloroso pelearme con mi corazón, ver esa mirada de Giuseppe cargada de dolor, rabia y desesperación. Esa mirada que me destrozaba, que se clavaba como un puñal desangrándome por dentro. El nudo en la garganta me quemaba, las lágrimas rodaban por mis mejillas sin detenerse y mis piernas apenas me mantenían en pie. Pero aun así reuní la poca voluntad que me quedaba para pedirle que se marchara.
Lo vi alejarse con el corazón sangrando, y entendí que no debía detenerlo, porque si lo hacía ya no habría marcha atrás, ya no podría apartarme de él.
Y esos días han sido un calvario por la distancia que yo misma impuse. Giuseppe no me buscaba con la mirada, no se acercaba, y en ocasiones me evitaba como si yo fuera una extraña. Las cenas compartidas se volvieron insoportables, un castigo silencioso donde debía fingir que no me dolía, sin derecho a derrumbarme, pese a contemplar cómo Loredana se inclinaba hacia él con esa sonrisa venenosa, cómo lo tocaba, cómo reclamaba con descaro lo que yo rechacé… y cada uno de esos gestos era un recordatorio cruel de que fui yo quien lo empujó lejos.
Fue un respiro cuando llegamos a Toscana, pero no sé cómo olvidarlo, no sé cómo arrancarlo de mi corazón, ni desterrar este dolor que late en mi pecho, más bien sigue ahí, anclado, como un compañero indeseable… como un recordatorio de lo que cuesta amar.
A pesar de todo, intento mantener las apariencias, pero no soy la misma mujer que se marchó a Milán. En su lugar volvió otra: rota, vulnerable, incapaz de ser indiferente.
Y ahora me remuevo en la cama, inquieta, mirando la habitación sumida en la oscuridad, cuando contemplo a Pietro abotonándose los puños de la camisa con calma. Entonces se vuelve hacia mí y, al verme despierta, se acerca a la cama.
—Querida… —dice en voz baja, observándome con atención—. Espero que el dolor de cabeza haya cedido. ¿Te sientes mejor?
Asiento apenas, aunque el malestar que siento no tiene nada que ver con mi cuerpo.
—Algo… todavía siento un poco de malestar… —respondo, frunciendo levemente el ceño mientras me incorporo sobre los codos—. ¿Tienes algún compromiso? ¿Vas a salir esta noche?
Pietro sonríe, pero no es una sonrisa cálida, sino calculada.
—Tenemos visitas.
Mi cuerpo se tensa sin que pueda evitarlo.
—Salvatore y Loredana vienen a cenar —continúa con naturalidad—. Así que levántate y ponte uno de esos lindos vestidos que trajiste de Milán.
El aire se queda atrapado en mis pulmones.
Algo no está bien.
—No mencionaste nada… —digo, y odio que mi voz suene más débil de lo que quisiera.
Pietro se acerca. Demasiado.
—Te veías exhausta —responde, acomodando un mechón de mi cabello detrás de mi oreja con un gesto que pretende ser afectuoso, pero que me provoca un escalofrío—. No quise preocuparte.
Se inclina un poco más.
—Pero no te preocupes… —añade en voz baja—. La cena ya está dispuesta.
Y en ese instante lo entiendo, esto no es una cena. Es una sentencia.
Un rato más tarde
La cena ha sido como otra velada escuchando sobre: quejas de la policía, de otros mafiosos, bromas que solo comprendían Salvatore y Pietro. Obvio Loredana mostrando esa sonrisa fingida que tanto reconozco, pero Giuseppe… observando en silencio, demasiado callado, demasiado correcto, demasiado extraño.
—Fueron dos cajas de mercancía perdidas en la costa, pero es hora de frenar a Schivetta —comenta Salvatore con fastidio, girando el vino en su copa.
Pietro resopla, molesto.
—Es uno de los imbéciles que trabaja para mí y me avergüenza.
Sus dedos tamborilean sobre la mesa.
—Con mucho gusto me ocupo —añade Pietro, con una voz firme—. No más Naciones Unidas.
Salvatore sonríe, satisfecho.
—Bien dicho… ese infeliz se lo merece.
—Salvatore, no más charla de negocios… vayamos al verdadero fin de esta velada —dice Pietro con esa voz empalagosa que me eriza la piel.
Se pone de pie. Levanta su copa y sonríe. Esa sonrisa torcida que me revuelve el estómago.
—Giuseppe, Loredana… felicidades por su compromiso —habla Pietro complacido—. Su boda será el inicio de un lazo profundo que unirá a nuestras familias.
El mundo se detiene.
—Por ustedes… hijos.
Me falta el aire, siento que el suelo se abre bajo mis pies, que me hundo, que caigo en un abismo del que no podré salir jamás, mientras el eco lejano de las copas chocando llena el comedor.
No… no… no puede casarse con ella.
Miro a Giuseppe, esperando que lo niegue, que diga algo o que se levante a rebelarse, que rompa todo, pero no lo hace.
Permanece quieto y entonces ocurre.
Loredana se inclina hacia él, posa su mano sobre su mejilla con una confianza que me resulta insoportable y lo besa, pero él no se aparta.
El corazón se me desgarra con violencia, pero no intervengo, no puedo, aunque esté muriendo frente a todos. Tomo mi copa con dedos temblorosos, y bebo el vino que baja por mi garganta como si fuera agua, pero no la suelto, me aferro a ella con fuerza.
Ellos sonríen, Pietro los observa con orgullo, mientras mi corazón se rompe en miles de pedacitos por haber perdido a Giuseppe, solo el susurro de mi dolor me reclama en silencio.
No sé cuánto tiempo pasa, ni sé lo que hablan, solo miro sus labios moverse, sus sonrisas, su felicidad, pero cuando comienzan a moverse todos para continuar en la sala.
Me levanto de mi sitio en silencio, erguida, mentón arriba, sin que nadie sospeche que estoy hecha pedazos. Abandono el comedor sin mirar a nadie, sigo por el pasillo hasta llegar a la escalera.
Subo al piso de las habitaciones, camino por el pasillo, y entro al baño. Solo entonces me rompo. El primer sollozo escapa de mis labios como si me hubieran clavado un puñal, me cubro la boca con la mano para no gritar, las lágrimas caen sin control, me apoyo en el lavabo porque mis piernas no pueden sostenerme, porque el dolor es demasiado grande, demasiado profundo, demasiado cruel.
Lo perdí… lo perdí, perdí al hombre que amo, perdí al dueño de mi corazón. De repente, escucho la puerta abrirse.
Me quedo quieta, sin respirar. Levanto la mirada al espejo viendo a Giuseppe.
Tiene la respiración agitada, sus ojos están rojos y eso duele más.
Limpio mis lágrimas con rapidez, enderezo la espalda y lo miro con una sonrisa que no existe al girarme.
—Felicidades… —susurro, y mi voz suena lejana, desconocida—. Me alegra… que seas feliz.
Mis ojos brillan, pero no lloro, no frente a él.
Niega con la cabeza y da un paso hacia mí.
Sus manos se abren, inseguras.
—No digas eso… —su voz se rompe—. No es lo que piensas, mi vida.
Suelto una risa suave y hueca.
—Te vi besarla… escuché el anuncio de tu boda.
El dolor cruza su rostro, sus facciones se tensan.
—No voy a casarme con Loredana. Solo estoy ganando tiempo… para nosotros…
Mi corazón se detiene.
—Giuseppe, no puedes escapar de ese matrimonio —lo interrumpo, negando con la cabeza—. Lo aceptaste delante de Pietro… delante de Salvatore…
Aprieta la mandíbula y sus ojos arden.
—No voy a permitir que me manipulen… como él te manipuló a ti.
Me quedo inmóvil.
—¿De qué hablas…?
Sus ojos se clavan en los míos decididos, sin pizca de vacilación.
—Pietro traicionó a tu padre —escupe con rabia—. Fue el culpable de su muerte.
El golpe es brutal.
—¿Qué? —susurro, negando—. No… no… Pietro lo ayudó… nos protegió… cuidó de mi madre… de mí…
—Lo hizo ver como un soplón con sus jefes —continúa Giuseppe, su voz cargada de furia contenida—. Evitó que subiera de rango… le quitó su lugar en la familia Gambino… le robó su dinero…
Hace una pausa.
Su mirada se quiebra.
—Y se quedó contigo.
El aire desaparece, no puedo respirar.
—¿Aún piensas guardarle lealtad? —pregunta, y su voz duele—. ¿Aún vas a sacrificar lo nuestro… por él?