Charlas, confesiones y más (4ta. Parte)

1956 Words
La misma noche Milán Ludovica Desquiciado, desesperado, ingenuo… no sabía bien cómo encasillar el impulso de Giuseppe de perseguirme, de insistir en una relación, pero lo más grave era lo que gritaba el dorado de sus ojos: no era deseo, ni el ego de macho herido por mi rechazo… había amor en ellos, y eso me asustaba, porque no se conformaría con una negativa. Sin embargo, esa vocecita interior me repetía bajito: no cedas, no caigas, no le des esperanzas… pero el terco, con esa mirada de animal herido, me rompía por dentro, me estrujaba el corazón… no tuve fuerzas para mentirle en la cara, y menos mal que la voz de Ernest me devolvió a la realidad, me rescató de ceder a su pedido. A todo esto, el resto del día Loredana no desaprovechó ni un segundo a solas para saber de la vida de Giuseppe, aunque también hizo comentarios peculiares que no pasaron desapercibidos. Después de pasar la mañana en cada tienda de moda cerca del Duomo, terminamos en un pequeño restaurante sobre Viale Corsica. Yo bebía mi copa de vino, ella probaba un bocado, cuando me hizo un gesto con la cabeza. —¿A quién seguirán esos imbéciles de la policía? ¿A nosotras o a Giuseppe? —¡Ah…! ¿Hablas de los hombres de traje? —miré con disimulo sobre mi hombro y regresé mi mirada a ella—. Intento mantener un perfil bajo, pero en tu compañía es difícil hacerlo. —Todos saben que soy la hija de Salvatore Martinelli… tampoco creas que los engañas… esos imbéciles hasta la basura revisan esperando algo que nos incrimine. —Quizás tengas razón… —hice una pausa—. Sobre Giuseppe sé muy poco… no sabría decirte si tiene problemas con la ley. —Es cuestión de sumar dos más dos. Está relacionado con Pietro. Además… se ve que confía en ti… Tragué saliva. —No lo he notado… —Lo que tú digas… —respondió con indiferencia—. Por cierto, los diseños son exclusivos y vale la pena lo que cuestan. Pero no debes tener problemas con eso… manejas tu propio dinero. Fruncí el ceño. —¿Dinero? —La pequeña fortuna de Genaro… —señaló Loredana con naturalidad. Por un segundo me congelé. Mi padre había perdido su dinero por culpa de la policía y los mafiosos que lo asesinaron… o al menos eso era lo que siempre me habían hecho creer. Pero, al parecer, no era toda la verdad. —Sí, claro… —respondí con una sonrisa forzada, y di un sorbo a la bebida para ocultar el temblor en mis manos. Y sus palabras continuaron taladrando mi cabeza durante toda la noche. Ni siquiera pude conciliar el sueño, más bien caminaba por la habitación con un libro entre las manos, fingiendo leer mientras hurgaba en mis recuerdos de esa época maldita. Venían a mi mente imágenes de mi madre sollozando cuando mi padre confesó que estaba en peligro, otras de nosotras huyendo con las valijas por calles desconocidas, y también las de Pietro, firme, protector, consolándonos, prometiendo que nada malo volvería a pasarnos. Entonces, un ruido casi imperceptible me arrancó de mis pensamientos. Giré en un reflejo y ahí estaba Giuseppe, con esa mirada profunda, dolida y suplicante, pidiéndome que no siga rechazándolo. Fue imposible alejarme de él, detenerlo, no pude resistirme al contacto de su mano en mi rostro. Fue como si acariciara mi alma, una rendición en silencio. Y cada palabra suya tiraba abajo cualquier resistencia. Ay, por Dios… su voz me arrastraba de una manera absurda, su aliento me seducía y eso fue todo para claudicar, para dejarme llevar por mi corazón. El beso atropellado fue mágico, tierno, aunque todavía quedaba una pizca de sensatez, se desvaneció en un segundo y en su lugar mi corazón habló. Le respondí de verdad, con miedo, con deseo, con amor… Por primera vez sentí las mariposas revolotear en el estómago, el tembleque en el cuerpo, esa necesidad de perderme en su boca. Pero no era deseo reprimido, era algo más profundo que me paralizaba y me estremecía el alma, entonces la imagen fugaz de Pietro cruzó por mi mente, o simplemente volvió mi sensatez. Detuve el beso antes de cruzar esa línea. Y ahora su mirada me atraviesa. Me suplica que no renuncie a esto, que no lo condene, que no lo abandone. Trago saliva, lo miro con dolor y rabia, pero sus ojos quiebran la poca voluntad que aún me queda, y cuando intento levantar la mano para apartarlo, no puedo… no responde… se queda suspendida entre nosotros, traicionándome. —Ludovica… —mi nombre tiembla en su voz, roto, suplicante—. No me mires así… no después de lo que acabamos de sentir… no me digas que fue una mentira. Cierro los ojos un segundo, pero es inútil. —Giuseppe… —susurro, derrotada. Él niega de inmediato, desesperado. —No, no me hagas esto —suplica con la voz quebrada—. No vuelvas a levantar ese muro entre nosotros… no ahora… no después de que por fin me correspondiste. Mi respiración se vuelve errática. —Me enamoré de ti… —confiesa, temblando—. Desde que te vi… Mis ojos se abren, incrédulos, heridos… y entonces lo beso. Lo beso con urgencia, con hambre, como si ese instante fuera lo único real que existe, y él responde con la misma desesperación, sus manos suben por mis muslos, me aprieta contra su cuerpo, me empuja contra la pared como si temiera que desapareciera, y su boca desciende por mi cuello, arrancándome el aliento, desarmándome… Pero el miedo regresa. Y lo empujo. —¿Por qué? —jadea, confundido, herido—. ¿Por qué me detienes ahora? Niego, con lágrimas en los ojos. —No puedo ensuciar esto… —susurro con la voz rota—. No puedo seguir… —No, Ludovica… no me alejes —niega con desesperación, sujetando mi rostro entre sus manos—. No después del beso… —¡¿No lo entiendes?! —estallo perdiendo el control—. Lo que sentimos nos lastima, nos destruye… es prohibido. No se mueve. —No lo es… —susurra devastado—. No es prohibido lo que sentimos, porque es amor, puro y verdadero. Eso me rompe, me rompe de verdad. —Vete, Giuseppe… —repito, empujándolo con las dos manos. —No… —niega, con la voz quebrada—. No me pidas eso… Me clava su mirada de reproche. El nudo en la garganta me impide respirar con normalidad. —¡Vete! Retrocedo, pero sus ojos brillan, su respiración tiembla. —No hagas esto, mi vida… —suplica en un susurro que me destroza—. No me rompas el corazón… porque sin ti… ya no me queda nada. Al día siguiente Sicilia Pietro Sabía que el silencio no era bueno. Gritaba más que cualquier voz ruidosa y había que prestarle atención siempre. Por eso me molestó cuando Rómulo dudó en hablar. Percibí que había algo más detrás de su silencio, algo que no se atrevía a decir en voz alta. Y en mi mundo, ignorar un presentimiento era firmar una sentencia de muerte. Necesitaba conocer todo lo que me rodeaba, desde un simple rumor hasta los secretos más oscuros de mis enemigos… o adiós a mi cabeza. Ahí estaba, de pie frente a mi escritorio, con el rostro tenso, vacilante. Encendí un habano con calma, aunque por dentro la impaciencia me quemaba las entrañas. —Rómulo… —dije con voz baja, peligrosa—. Eres mis ojos y mis oídos cuando no estoy presente. Así que te lo repetiré una sola vez más… —di otra calada, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué carajos sucede? Titubeó. Mala señal. —Eh… Pietro… —tragó saliva—. Te hablaré con sinceridad. No dije nada, esperé. —Giuseppe no me inspira confianza. El nombre cayó como una ofensa. Entrecerré los ojos. —¿Qué mierda acabas de decir? —espeté con frialdad. No retrocedió, pero dudó. —El muchacho cambió demasiado… —insistió, con cautela—. Ya no es el mismo de antes. Solté el humo lentamente, conteniendo la furia. —Claro que no es el mismo niño que conociste —respondí, con una mueca cargada de orgullo—. Creció. Maduró. Y ahora es un hombre. Uno de los mejores que tengo. Leal. Eficiente. Letal. Lo miré fijo. —Un orgullo. Rómulo negó apenas, incómodo. —No me refiero a eso… —murmuró, buscando las palabras correctas—. Es otra cosa… no sabría explicarlo… pero lo siento distinto. Lo observé en silencio. —Le vas a dar poder —añadió finalmente—. Respaldo. Y puede convertirse en un peligro si insistes con esa alianza con Martinelli. Te pude traicionar. El ambiente se volvió pesado. —Deja de decir estupideces —corté, con voz helada—. Giuseppe no me traicionaría jamás. Rómulo sostuvo mi mirada. —Basta que tenga un motivo —dijo con una calma que no me gustó—. Y lo hará, Pietro. Se instaló un silencio incómodo y peligroso. Di una última calada al habano y lo aplasté en el cenicero. —Cambiemos de tema —ordené, sin darle opción—. Ya escuché suficiente. Pero sus palabras…No se fueron. Lo cierto es que detestaba sentirme estancado, con las manos atadas, dependiendo de los caprichos ajenos, por eso vine a Sicilia, a los territorios de Salvatore, para definir de una maldita vez la fecha de esa boda. No pensaba dejar algo tan importante en manos de la putita de Loredana. Solo un idiota lo haría. Y yo no era un idiota. Ahora estoy en la oficina que usa como fachada de sus negocios, un lugar elegante, limpio… falso. Él permanece de pie junto al escritorio, con el celular pegado al oído, hablando en voz baja, mientras yo sostengo un vaso de whisky y observo cada uno de sus movimientos. Finalmente, cuelga. Se gira hacia mí. Y se acerca. —Qué dolor de cabeza son estos muchachos de ahora… —se queja con fastidio, dejándose caer en el sillón de cuero—. Nada como la vieja escuela. Una orden… y salían corriendo a cumplirla. Doy un sorbo al whisky. —La juventud de ahora cree que puede desafiarnos —respondo con aparente calma—. Cree que sabe más que nosotros. Por eso hay que tener mano dura… nada de piedad. Salvatore asiente, pero su mirada cambia, se vuelve más fría. —Ya que mencionas a la juventud, Pietro… —dice con una lentitud incómoda—. Todavía no tengo una respuesta sobre esa boda… entre mi hija y tu protegido. Aprieto el vaso entre mis dedos. —He visto el interés de Loredana en Giuseppe —respondo, firme—. Además, su estadía en Milán los está acercando. Se están conociendo. No hay motivo para seguir esperando. Silencio. —Pietro… —habla con voz endurecida—. Aún es muy pronto para hablar de boda. Entrecierro los ojos. —Vamos, Salvatore… —insisto—. No te pongas quisquilloso. Sabes muy bien lo que ganarás con esta alianza. Me sostiene la mirada. —No confío en ti. —replica sin rodeos—. Tampoco confío en tu muchacho. Mi mandíbula se tensa. —¿Qué demonios significa eso? Sonríe sin humor. —Significa que yo no soy Genaro Casiraghi. El nombre cae como una bomba. —¿Por qué mencionas al padre de Ludovica? —pregunto, con la voz más baja… más peligrosa. Salvatore no responde de inmediato. Una sonrisa burlona se dibuja en sus labios. —¿Quieres que remueva el pasado? —lanza la pregunta con crueldad precisa.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD