La misma noche
Milán
Giuseppe
Asustado, desesperado, angustiado… ningún adjetivo alcanzaba para describir cómo me sentía después de que Ludovica me emboscara, porque eso fue exactamente lo que hizo: su brillante idea de ir a bailar. Aunque creí que podía apelar a su conciencia, a su buen juicio, que no me dejaría a la deriva con esa cacatúa.
Nada. Ni una gota de compasión. Más bien tuvo la audacia de recordarme que se lo debíamos a Pietro. Y dolió. Cada frase calaba hondo, aunque fuera verdad.
Y si estaba agradecido con Pietro por haberme sacado de las calles, por todo lo que me dio, pero no era su propiedad. Tampoco era mi dueño. Ludovica debía entenderlo, no conspirar en mi contra, y menos lanzarme a los brazos de otra mujer.
Atrincherado en mi suite, caminaba de un lado a otro, el celular en la mano como si pudiera encontrar allí una salida, observando la pantalla sin ver nada. Me vestí, me miré al espejo y me di ánimos.
Soy Giuseppe Bergoni, matón a sueldo… el mejor en mi ocupación.
Respiré hondo.
He enfrentado gente despiadada, cruel, sin alma, y nunca me tembló el pulso. Entonces, una rubia tonta no podrá conmigo, así enoje a Pietro.
Asentí con firmeza.
—No me ganará —murmuré.
Con esas palabras, fui directo a su suite. Toqué la puerta, cuadré los hombros, levanté el mentón, ocultando la amargura en mi rostro hasta que al fin vi su silueta: un vestido rojo provocador que delineaba cada curva, cada movimiento.
—Hola… ¿nos vamos? —pregunté.
Ella respondió con una sonrisa ensayada, cálida, pero falsa.
Fruncí el ceño al ver al idiota de su guardaespaldas dentro de la suite.
—Dame un segundo, voy por mi bolso. Por cierto, Luigi nos acompañará, reglas de mi padre.
—Lo entiendo —murmuré—. No me debes explicaciones.
El problema no era que nos acompañara el idiota, sino lo que dejaba entrever la actitud de Salvatore Martinelli con su hija: desconfianza, peligro… y algo que todavía no lograba descifrar.
Al llegar a la discoteca, la luz roja iluminaba apenas la pista, mientras el bajo retumbaba en el pecho y las voces de los presentes resonaban como un murmullo insistente. Pero yo escrudiñaba cada rincón, buscaba salidas de emergencia, evaluaba rostros y movimientos. Tal vez por costumbre, tal vez mi manera de soltarme.
Loredana se acomodó de inmediato en una de las mesas, pidió tragos, y Luigi se colocó a nuestro lado, rígido con su cara de bulldog, pero algo olía a podrido.
—Giuseppe, cuéntame un poco de tu vida —dijo Loredana, dando un sorbo—. ¿Tienes familia? ¿Madre? ¿Esposa?
La mire fijo.
—Soy huérfano desde que tengo uso de razón —respondí, la voz seca—. Pietro me crió como a un hijo. Me dio un techo, una oportunidad… y cuando pude valerme por mis propios medios, dejé Italia.
Hice una pausa.
—Desde entonces, nada ni nadie me ata.
Volvió a beber de su trago y forzó una sonrisa, frágil.
—Me encanta esa canción. Vamos a bailar.
Me tensé, pero me arrastró a la pista. Bailamos un buen rato, soportando sus garras en mi cuello, su voz estruendosa en mi oído, hasta que de pronto salió disparada hacia el baño.
Respiré hondo, pensando que era un pequeño alivio, pero pasaban los minutos y algo me inquietaba. Su tardanza era excesiva. Y en un acto de estupidez, fui a buscarla.
Me contuve un momento afuera del baño, luego entré y comencé a revisar los cubículos… hasta que la vi doblada junto al inodoro.
—¡Loredana! —la llamé, agitándola apenas—. Respóndeme, dime algo.
Escuché la voz de Luigi detrás de mí:
—No pierdas el tiempo. Está drogada. Y es tu culpa por no cuidarla.
Me quedé con el rostro desencajado, pero reaccioné.
—No… no sabía nada de esto —gruñí, con el corazón latiendo en la garganta—. ¡Tú sí… sabías que podía pasar y no hiciste nada para impedirlo!
Acortó distancia.
—¿Y crees que vivo haciendo nada? —su tono era un filo de cuchillo—. Cuido todo el tiempo que ningún idiota le venda droga…
Volví a mirarla.
—Ayúdame a llevarla a un hospital —rogué, desesperado.
Negó con la cabeza.
—Si la llevas a un hospital, su padre se enfurecerá —advirtió—. No quieres tener de enemigo a Salvatore Martinelli.
El nudo en mi estómago se cerró como un puño. Todo se había complicado aún más, y sabía que cada segundo contaba.
Lo cierto es que ahora estoy parado como un imbécil, rogando que Ludovica me ayude, mientras sostengo a Loredana por la cintura. Su silencio, su mirada fija, fría y contenida, no me da buenas señales. Finalmente, empuja la puerta y me hace una señal para entrar.
—Quiero la verdad, sin omitir detalles —sentencia con voz firme—. No me hagas arrepentirme de ayudarte.
—Te juro que no le hice nada —respondo, con la voz temblorosa—. Ya estaba drogada cuando la encontré… y el idiota de Luigi arrancó el auto apenas la bajé.
Asiente, sin dejar de observarla.
—Acomódala en la cama —señala—. ¿Revisaste su pulso? ¿Cuánto tiempo lleva en ese estado?
—¿Acaso soy un doctor? —me quejo, golpeando el aire con la mano.
—Pero presumo que sabes algo sobre drogas —replica con su voz fría—. Eres parte del mundo de Pietro, su amigo.
Niego lento, mi rostro endurecido.
—No soy un mafioso —respondo con voz amargada—, tampoco soy drogadicto.
Ludovica se acerca, toma la mano de Loredana y la posa contra su pecho. La observo con atención, notando cómo respira con regularidad.
—Tiene pulso, está viva —informa, su voz apenas un susurro de alivio—. Llamaré a un doctor.
Minutos más tarde
Por fin se marchó el doctor. Nos dio un par de recomendaciones hasta que Loredana reaccionara y, lo mejor, con unos cuantos dólares guardaría discreción absoluta.
Y ahora el clip de la puerta hace que me dejé caer en el sillón. Ludovica se acerca despacio, aun lanzándome esa mirada extraña que no puedo descifrar.
—Así que no eres mafioso, pero estás relacionado con Pietro… ¿son… amigos? —pregunta con cautela.
—¿Quieres saber de mi vida? ¿Te intereso? —digo, provocador, y me fulmina con la mirada.
Recuerdo entonces.
—Creo que tenía cinco… seis años. Corría por las calles después de robarle a un idiota y, justo, me tropecé con Pietro. Me defendió, y con el pasar de los días entregaba paquetes de su mercancía. Hasta que un buen día me llevó a su casa… —mi voz se apaga.
—Te adoptó como un hijo… —interrumpe Ludovica, sentándose en el otro extremo del sillón.
—Algo así —respondo—. Y en poco tiempo encontré mi vocación. Era y soy muy bueno disparando cualquier arma, por eso no dudé en irme lejos… de su protección.
—Eres un matón a sueldo… —murmura, con cierto asombro.
Asiento despacio.
—Pero no soy peligroso para ti —trago saliva, clavando mi mirada en la suya—. Nunca te lastimaría.
Me sostiene la mirada en silencio.
—Ludovica… —dejo la frase a medias, estirando la mano, dudando si tocar la suya.
—Claro, me toca a mí —se remueve en el sillón—. ¿Quieres saber cuál es mi historia con Pietro?
—Sí, necesito saberla, porque no entiendo lo que tienes con él.
Ella suspira, como si llevara años cargando aquel peso.
—Genaro Casiraghi, mi difunto padre… tuvo un momento de consciencia, traicionó a los mafiosos con los que trabajaba. Pietro lo escondió por un tiempo, hasta que dieron con su paradero… murió en su ley.
Hace una pausa, su mirada perdida en algún recuerdo doloroso.
—Mi madre dudaba que estuviéramos a salvo, ni siquiera bajo la protección de Pietro. Entonces, un buen día me cansé de vivir con miedo y acepté casarme con él… fue mi manera de garantizar mi seguridad, de obligarlo a protegerme.
—Tu libertad a cambio de seguir con vida… y ahora es tu carcelero, como él mío… —susurro con rabia contenida.
—Pietro me cuida —replica con firmeza.
—Te utiliza —reviro, deslizando mi mano suavemente por su rostro—, pero puedo cambiarlo si me dejas… Piénsalo… mi vida.
No se aparta.
En cambio, se acomoda sobre mi hombro, como si el peso que lleva dentro fuera demasiado grande para sostenerlo sola. La rodeo con mis brazos con cuidado, atrayéndola hacia mí, sintiendo su calor, su fragilidad, su miedo.
—Giuseppe… llegaste tarde a mi vida… —murmura contra mi pecho—. Nos queda soñar… soñar con esto que no podemos vivir.
Aprieto la mandíbula.
—Me rehúso… no lo acepto —trago saliva, luchando contra el nudo en mi garganta—. Piénsalo por un segundo…
Desvió la mirada, la culpa filtrándose por cada poro, pero callarlo sería un error.
—Quiero liberarte de tu…jaula, llevarte lejos de él, de este mundo…que nos aprieta el cuello.
Siento su respiración agitarse contra mi cuello.
—Un lugar donde nadie te mire como si fueras de su propiedad…donde no tengamos que escondernos…donde no tenga que mirar por encima del hombro…donde pueda tener mi consciencia en paz.
Mi voz se quiebra apenas, pero continúo.
—Donde pueda tenerte sin sentir que estoy cometiendo un crimen.
La aprieto con más fuerza.
—¿Puedes traicionar a Pietro sin sentir culpa? ¿Puedes prometer que no nos alcanzará su furia?
No respondo, no puedo, porque ni yo mismo sé si puedo protegerla.
Deslizo mi mano por su mejilla, me inclino buscando su boca. Su respiración se agita, mi corazón late errático, miro hechizado sus labios, vuelvo a sus ojos.
Alargo mi mano por su rostro, mis labios superiores rozan sus labios.
—Giuseppe —suplica en un hilo de voz—. Detente.
—No lo quieres —susurro sobre sus labios.
Antes de que me adueñe de su boca, un estruendo de un vidrio rompiéndose nos detiene y todo se congela.