Charlas, confesiones y más (2da. Parte)

1238 Words
La misma noche Milán Ludovica Admito que la curiosidad me empujó a ayudar a Giuseppe, no fueron sus palabras desesperadas. Necesitaba saber qué rayos había sucedido en su salida con Loredana, o, mejor dicho, comprender cómo fue que estaba drogada. Y mientras revisaba su pulso, contemplaba con atención signos de adicción: marcas en sus brazos de jeringas, moretones en su piel, quemaduras en la comisura de sus labios, pero era como caminar en círculos, no había nada evidente, a más de sus cambios drásticos de humor. Tampoco era suficiente para catalogarla como drogadicta, ni daba con el perfil, más bien, a medida que Giuseppe explicaba lo sucedido en la discoteca, empezaba otra teoría a cobrar fuerza: ¿sería una trampa de Salvatore? ¿Luigi por qué no evitó que se drogara? ¿Alguien quería sabotear “el noviazgo”? La verdad, todo era confuso, faltaban piezas o Loredana tenía las respuestas. Al final, la recepcionista del hotel me ayudó a ubicar a un doctor discreto y muy profesional, pero sus palabras aumentaban mis sospechas. —Le administré a Loredana un suero para expulsar todas las toxinas del cuerpo, pero debe ser muy poca la droga que le administraron porque no ha sufrido convulsiones… —O está habituada a consumir —intervino Giuseppe— y debe duplicar la dosis para perder el conocimiento. A la bruja la drogaron, ¿por qué? Eso era lo que debía averiguar. —Es una posibilidad —concedió el doctor—, pero lo recomendable ahora es controlar su evolución. Cualquier novedad, tienen mi número. Así vi retirarse al doctor, dejándome más confundida, pero sin darme cuenta terminé enredada en una charla sincera con Giuseppe sobre su vida, su vínculo con Pietro… su ocupación: un matón a sueldo. Un sujeto peligroso para cualquiera, pero delante de mí era otro hombre. Sensible, desesperado, dolido y con un afán de cuidarme. Por un instante me desconcertó su sinceridad brutal, pero lo peor estaba por venir después… volvió a hablar de nosotros, de liberarme de mi carcelero, de una vida en paz… Ambos sabíamos que no era posible, o puse los pies sobre la tierra. Él no traicionaría a Pietro sin sentirse culpable, ni yo podía exponerme a una muerte segura, pero aun así su cercanía, su roce, sus labios a la distancia de un suspiro, todo en él me desarmaba… Por más que me resistía, estaba a un paso de claudicar a lo que gritaba mi corazón, cuando todo se detuvo por un maldito ruido. Un vidrio astillándose contra el suelo, provocando que mi corazón se dispare y un sudor frío me recorra la espalda mientras mis ojos buscan los suyos con alarma. Giuseppe también lo escuchó. Y ahora lo veo tenso frente a mí, su cuerpo cambia, se vuelve rígido, alerta, peligroso, y esa transformación es tan inmediata que me deja sin aliento. —Voy a ver qué fue eso… —susurra con una voz que ya no es la del hombre que me estaba confesando sus sueños, sino la del hombre que aprendió a sobrevivir. Antes de que pueda decir nada, se inclina apenas, levanta el pantalón y saca un arma de su tobillo con una naturalidad que me hiela la sangre. Entonces recuerdo quién es, lo que hace… pero el único que desea mi libertad. —¿Qué vas a hacer con esa arma? —murmuro, sintiendo que el miedo me aprieta la garganta—. Giuseppe… debe ser Loredana… despertó… No responde, avanza y esa indiferencia me asusta más que el arma. No puedo quedarme quieta. Lo sigo, en un silencio insoportable. Cuando llego a la puerta de la habitación, lo encuentro agachado junto a la cama, recogiendo los pedazos de vidrio del suelo, mientras el vaso astillado descansa a un lado y Loredana permanece inmóvil sobre las sábanas. Giuseppe levanta la vista hacia mí y por un instante nuestros ojos se encuentran. —En un reflejo estiró el brazo y lo tiró —dice finalmente, mientras deja los vidrios sobre la mesa de noche. Mi mirada pasa de él a Loredana. Y luego vuelve a él. —¿Seguro que sigue inconsciente? —pregunto con dudas. Me acerco despacio a la cama, observo con atención su cuerpo. —Sí, tranquila —responde a mi espalda—. Está bajo los efectos de la medicación, en unas horas despertará. Permanezco allí un segundo más, observándola, esperando… no sé qué, tal vez que abra los ojos y rompa el hechizo… que me obligue a odiarla y me devuelva la sensatez, pero nada ocurre, más bien me empuja a volver a levantar muros entre Giuseppe y yo. —Vete, Giuseppe, yo me quedo cuidándola —señalo la puerta, pero de inmediato su rostro se endurece. No se mueve. —Es lo mejor —insisto, sosteniéndole la mirada. Sus ojos… sus ojos me miran con dolor, rabia y decepción. Quiere gritar, mandar todo al demonio, pero se aleja en silencio y eso es peor que cualquier palabra hiriente. Al día siguiente Fue desconcertante despertarme y encontrar a Loredana sentada en la salita de la suite, tranquila, desayunando como si nada hubiera sucedido la noche anterior, como si no hubiera estado inconsciente. Para colmo, no pidió detalles, no preguntó, no se quejó… sino todo lo contrario, propuso ir a la tienda de su diseñador, con una emoción que me resultó excesiva. Sí, sigo pensando que algo turbio oculta la desgraciada, por eso calla, por eso sonríe, por eso actúa como si nada. Y ahora estoy aquí, en la tienda de su diseñador, soportando las sugerencias extravagantes de Loredana mientras las modelos desfilan por una pequeña pasarela improvisada, bajo la mirada crítica de Ernest, y Giuseppe permanece a un lado, con esa cara de amargado que apenas logra disimular, con los ojos clavados en cualquier parte… menos en mí. —Ernest, me enamoré de esas prendas, me probaré el azul marino —dice Loredana, con entusiasmo, y luego rueda los ojos hacia mí—. ¿Y qué sugieres para Ludovica? Ernest me lanza una mirada de pies a cabeza, me gira apenas tomándome del brazo, y se lleva la mano al mentón, evaluándome como si fuera una escultura. —Tengo varias prendas que destacarán tu belleza. Confía en mí, Ludovica —indica con su voz escandalosa, llena de teatralidad. —Me probaré dos o tres vestidos —advierto con mi voz inquieta—, no toda la tienda. —Mujer, estás en las manos de un experto —arremete con su pose chillona, señalando el fondo—. Ve al probador. Sin más preámbulos, avanzo hacia los probadores. Entro al cubículo, cierro la cortina, cuelgo mi bolso, y alzo los brazos para sacarme el vestido, cuando una voz a mi espalda me paraliza. —No soporto más estar lejos de ti… —dice Giuseppe, con la voz rota, desesperada. El corazón me da un vuelco. Me giro de golpe. —¿Enloqueciste? —reclamo en un susurro furioso—. Nos puede ver alguien. Percibo su respiración agitada, sus ojos oscuros, esa necesidad cruda que no intenta ocultar. —Me duele esta distancia… me duele estar sin ti. Da un paso más, invadiendo mi espacio, pero retrocedo por instinto para protegerme de mi corazón, porque si no pongo distancia, caeré. —Nos vemos a la medianoche… —continúa, y su voz baja todavía más— o le diré a Loredana que estoy enamorado de ti.
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