Charlas, confesiones y más (3era. Parte)

1595 Words
El mismo día Milán Giuseppe Muchas veces enfrenté el peligro con frialdad, como si fuera algo de rutina, pero por primera vez me paralicé, sentí el corazón acelerarse y los nervios invadirme. Quizás era el temor a ser descubiertos o el miedo a que lastimaran a Ludovica. Aun así, atrás quedó el Giuseppe enamorado, y en su lugar mi instinto de sicario tomó las riendas. No vacilé. Desenfundé mi arma y avancé hacia la habitación. Al llegar, revisé cada rincón, cada sombra, cada posible escondite. Cerré las ventanas y miré a Loredana: su pecho subía y bajaba con normalidad, sumida en un sueño profundo. No había intrusos. Más bien, había sido ella quien tiró el vaso sin darse cuenta. Y cuando pensé que al fin había derribado ese muro que Ludovica se empeñaba en levantar entre nosotros, me pidió que me marchara de la suite como si fuera lo normal, como si no le hubiera abierto mi corazón. Ahí sentí un puñal clavándose lentamente en mi pecho. La rabia y la decepción se fundieron en un grito ahogado que me desgarraba por dentro. Dejé la suite con el alma destrozada y una verdad clavada en el pecho: si no podía tenerla, no sabía qué demonios iba a ser de mí. El resto de la madrugada me quedé repasando la noche de mierda que había vivido, el casi beso con Ludovica, y en medio de ese caos comencé a fijarme en detalles que pasé por alto, o más bien que ignoré al priorizar el estado de Loredana… como la actitud del idiota del guardaespaldas. Luigi no era profesional, ni mantenía las distancias. Al contrario, había una confianza desmesurada con Loredana. No era un vínculo de jefa y empleado. Había algo más entre ellos. Apenas amaneció, fui a su habitación y golpeé la puerta con los nudillos hasta que apareció con los ojos entrecerrados, el cabello alborotado y el rostro de alguien que había dormido a pierna suelta. —¿Qué quieres? —soltó con voz soñolienta. —Eres un maldito cabrón —espeté, abriéndome paso sin pedir permiso. Frunció el ceño, molesto. —Entiendo que estés furioso —mintió con descaro—. Pero tuve que regresar a la discoteca. Fui a buscar al imbécil que le dio la droga a Loredana. Solté una risa seca. —No soy estúpido. En ningún momento te separaste de ella… o, mejor dicho, sí —afirmé con voz irritada—. Aprovechaste cuando bailaba con ella en la pista para poner la droga en su bebida. Esperaste que hiciera efecto y después montaste ese teatro en el baño. Su expresión cambió. —¿Me estás acusando de drogarla? —replicó indignado—. No tiene sentido lo que dices… soy quien debe cuidarla. Lo miré fijo. —No te acuso. Lo afirmo —presioné con mi voz rabiosa—. Sé que la drogaste, cansado de sus desplantes, cansado de verla desfilar con sus amantes… celoso porque me ves como una amenaza. Sus ojos se incendiaron. —¡Cierra el puto hocico! —vociferó rabioso, pero no me intimide. Di un paso más hacia él. —Niégalo… vamos, niégalo. Su mandíbula se tensó. Y entonces se quebró. —Sí… —escupió con odio—. Me cansé de ser su puto amante… de que me tratara como su perro faldero. Ahí estaba la verdad. —Por eso me querías perjudicar —murmuré con frialdad—. Pero hoy estoy generoso… no hablaré de este incidente con nadie. El color abandonó su rostro. —¿Qué quieres para no delatarme con don Salvatore? Lo miré en silencio unos segundos, disfrutando su miedo. —Déjame pensarlo con calma —respondí al fin—. Mientras tanto, pídele disculpas a Loredana… pero sin mencionarme. Que nazca de ti. Luigi ya no era un problema, sino un aliado si sabía cómo jugar mis fichas, aunque aún mi dilema más grande estaba a unos pasos de mí, castigándome con su indiferencia, torturándome con esa situación que me cortaba el aire. Ya no soportaba vivir con la herida abierta y en un acto de desesperación, de amor o locura me metí al probador para hablarle a Ludovica sin importar nada. Ahora percibo su respiración agitada, siento su perfume envolviéndome, debilitándome, y cuando sus ojos se clavan en los míos descubro en ellos miedo, deseo y algo más que me da fuerzas para quedarme, para no retroceder esta vez. —No… no cederé a tus chantajes… no nos veremos más tarde —dice, negando con la cabeza, pero su voz tiembla. —No es un chantaje —respondo, inclinando un poco—, es la única forma que encuentro para que dejes de alejarte de mí. Sacude la cabeza otra vez, como si quisiera escapar de lo que siente. —Giuseppe, entiende de una vez por todas que no habrá un nosotros, acepta tu destino, te casarás con Loredana. Sus palabras me golpean, pero no me destruyen, porque necesito la verdad, su verdad. —Dime que no sientes nada por mí, mírame a los ojos y dímelo. Sus labios se separan, su respiración se corta, pero no lo dice, no puede mentirme, no puede negarlo. —Lo que haces no es correcto… ahora déjame sola en el probador —susurra, su voz apenas temblando. —Correcto es hacerle caso al corazón, no enterrarlo por miedo. —¡Ludovica! —se escucha la voz del diseñador desde afuera—, aquí tengo los diseños, pruébatelos y quiero ver cómo te quedan. El pánico cruza su rostro y entonces me empuja con sus brazos. —Vete ahora, Giuseppe —exige en un hilo de voz. La sostengo un segundo más con la mirada. —Me voy…—respondo con mi voz decidida—. Pero esto no termina aquí. Salgo del probador obligado, pero como dije, aún no me doy por vencido. Horas más tarde Una de las habilidades que poseo es entrar y salir sin ser visto, sin dejar rastros, entonces era hora de usarlas para algo más que trabajo. Empujo la puerta de la suite de Ludovica sin hacer el menor ruido. Mis ojos recorren el entorno en cada paso, hasta que detecto una luz encendida al fondo. Todavía está despierta. Avanzo hacia la habitación, pero me detengo justo debajo del marco de la puerta, cruzo los brazos y una sonrisa cruza por mi rostro. Camina envuelta en su bata transparente por la habitación, con un libro entre las manos, pero no lee, tiene la mirada perdida en algún punto, lejos de todo. Permanezco quieto unos segundos, disfrutando de la escena que se recrea delante de mis ojos… está hermosa, muy hermosa con esa bata, hasta que el suelo cruje apenas bajo mi peso. Se detiene de inmediato, baja el libro y se gira de golpe. Y entonces sus ojos se encuentran con los míos. —No me digas que me marche… —mi voz sale más baja de lo que esperaba, quebrada, traicionándome—. No lo hagas… por favor. Doy un paso, con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperla… o romperme a mí. Ella no retrocede. —Giuseppe… ¿qué haces aquí? —susurra, pero no hay firmeza en su voz, solo miedo… y algo más. Doy otro paso, uno más, hasta quedar frente a ella. —Le hago caso a mi corazón —respondo, pero esta vez no hay arrogancia, solo cansancio—. Porque si no lo hago… me voy a morir lejos de ti. Traga saliva. Sus ojos brillan. Sus manos aprietan el libro con fuerza, como si fuera lo único que la sostiene. Alargo mi mano despacio, dándole tiempo para que me detenga, dándole una salida… pero no lo hace. Mis dedos rozan su rostro. Cierra los ojos. —No puedo vivir de esta manera… —confieso, apoyando apenas mi frente contra la suya—. Lejos de ti me está matando. Sus manos temblorosas se aferran a mi camisa, como si luchara contra ella misma, como si su corazón y su razón estuvieran en guerra, y cuando pronuncia mi nombre. —Giuseppe…—dice en un susurro quebrado que muere en sus labios y termina de romper lo poco que queda de mi control. Mantengo mi frente contra la suya, rozando su nariz con la mía, sintiendo cómo su respiración se acelera igual que la mía, hasta que mis labios rozan los suyos en un contacto torpe, real, cargado de todo lo que hemos callado. Ella duda un segundo que se siente eterno, pero luego responde, y eso es todo lo que necesito para besarla de nuevo, esta vez sin miedo, sin freno, sin mentiras. Mis manos recorren su espalda y la atraen hacia mí, pegando su cuerpo al mío como si siempre hubiera pertenecido allí, y ella suspira contra mi boca mientras se aferra con más fuerza a mi camisa, un gesto que me desarma y me condena al mismo tiempo. La aprieto contra mí, profundizando el beso, saboreando su entrega, su necesidad, dejando que el mundo desaparezca hasta que solo exista ella entre mis brazos. Pero entonces su mano se apoya en mi pecho y me detiene. Permanece allí, temblando. —No… —susurra sin aire—. No puedo… no puedo hacernos esto… Apoya su frente contra mi pecho. No se aleja, pero tampoco se queda, y esa contradicción me desgarra. —Lo quieres tanto como yo… —susurro contra su cabello, con la voz quebrada—. No sigas peleando con tu corazón... porque el mío ya no sabe cómo sobrevivir sin ti.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD