Dolor, secretos y más (1era. Parte)

1392 Words
La misma noche Milán Giuseppe Después de que Ludovica me correspondió, fue como si me hubiera dado vía libre para amarla, como si hubiera abierto una puerta que ya no podía cerrarse, y perdí el control de mi cuerpo, porque un tsunami de emociones me arrastraba sin piedad y anhelaba sentirla mía, no me bastaban un par de besos. Quería perderme en su piel, ser suyo y que ella fuera mía, como una pareja enamorada que no le teme al mundo. Y no era solamente deseo, era rendición, era amor, y yo quería vivirlo con la dueña de mi corazón. Sin embargo, su silencio me devolvía la incertidumbre, la rabia y el miedo a su rechazo. Aun así, lo sabía, sabía que su resistencia era temor y no falta de amor, pero no podía renunciar a lo nuestro por cobardía, no podía aceptar perderla sin haber luchado. Aunque me sentía desesperado y muerto de miedo por perderla sin haberla tenido nunca, expuse mi corazón sin guardarme nada, hasta confesarle cuándo fue que me flechó, el instante exacto en que dejó de existir un mundo donde ella no fuera el centro de todo. Su beso me elevó a los cielos, me sentí el hombre más afortunado, mi corazón bombeaba con fuerza descontrolada, mis manos no podían quedarse quietas porque mi cuerpo entero la reconocía como su lugar, como su destino. Me aferré a ella como un náufrago que por fin encuentra tierra firme. Y sí, anhelaba todo, anhelaba su voz rompiéndose por mí, su boca nombrándome, su piel temblando entre mis manos, pero la magia se rompió en un instante y no entendí qué había hecho mal. Primero se había resistido, luego me correspondió, después se frenó y finalmente me besó, y fue en ese momento cuando me perdí por completo. En sus ojos regresó el miedo, ese maldito miedo que la alejaba de mí, y no, no estaba dispuesto a dejarla ir, no después de ese beso, no después de saber que también me amaba. Ese Giuseppe de acero, el hombre que no sentía nada cuando disparaba, el que no dudaba, el que no temblaba, desapareció, y en su lugar quedó este hombre roto que soy ahora, parado frente a ella con el cuerpo temblando, con el corazón sangrando dentro del pecho y la mirada suplicante, porque solo ella tiene el poder de salvarme o destruirme. Con sus ojos llenos de lágrimas, al fin escucho su voz. —Giuseppe… —su voz rota me atraviesa el pecho— Prefiero romperte el corazón que ser la culpable de tu muerte. El mundo se detiene, me falta el aire. Mi garganta arde, mis dedos se crispan. —Agonizo sin ti…—confieso, mi voz sale más débil de lo que quisiera—. Me estoy muriendo lentamente… ¿por qué insistes en negar lo que sentimos?, ¿por qué quieres arrancarme de tu vida como si no significara nada? Niega, pero sus labios tiemblan y ese temblor me destroza más que cualquier bala. —Algún día me lo agradecerás… entenderás que es mejor renunciar a esto… Suelto una risa amarga, rota. —Eso no pasará nunca…—golpeo mi pecho con el puño, sintiendo el dolor crecer—. Te clavaste aquí…. ¿entiendes? Aquí… —mi voz suena desesperada. Sus lágrimas siguen cayendo por sus mejillas. —Y ahora solo pienso en ti… Necesito tu mirada, incluso cuando me hiere… necesito tus reproches, tu indiferencia— la miro, suplicante—. Te necesito a ti, Ludovica, aunque me estés destruyendo. Ella cierra los ojos, pero no se acerca. —Por favor… vete, Giuseppe…—susurra destrozada. Mi mandíbula se tensa, mis ojos arden, pero me obligo a mantenerme en pie. —Te estoy eligiendo… te elijo a ti por encima de todo —mi voz se rompe—. Pero tú… tú te escondes en tu maldita cobardía… y pretendes que lo acepte… como si no me estuvieras matando. —No me odies… —susurra con la voz quebrada. La miro como si fuera la última vez, memorizando su rostro. —No sé cómo odiarte… pero tampoco sé cómo dejar de amarte. Ella aparta la mirada y ese gesto es suficiente para entenderlo todo y siento cómo algo dentro de mí se rompe. Entonces me doy la vuelta sintiendo que cada paso me arranca una parte del alma. Avanzo hacia la puerta con los ojos llenos de lágrimas que me niego a dejar caer, con el ardor quemándome la garganta mientras tomo la perilla y la giro despacio, esperando, deseando, rogando en silencio que me detenga, que diga mi nombre, que corra hacia mí, pero el silencio es lo único que recibo. Y eso me mata, me abre una herida que no sé si podré cerrar. Salgo de la habitación entendiendo que acabo de perder lo único que realmente me importaba, a Ludovica. Unos minutos después Me quedé aturdido en el pasillo, con el pecho latiendo como si quisiera romperme las costillas desde adentro, incapaz de regresar a la habitación a llorar como un niño derrotado, incapaz de permitir que la soledad me envolviera con sus brazos fríos, porque sabía que ahí dentro no encontraría consuelo, solo el eco de su voz repitiéndome que me fuera, que la dejara, que la olvidara… y eso era una condena que no podía cumplir. Entonces mis pies, traicioneros, cobardes o tal vez desesperados, me arrastraron hasta el bar del hotel, buscando en el fondo de un vaso el olvido que Ludovica me había negado. Y ahora me dejo caer en un taburete frente a la barra y le hago un gesto al barman para que me sirva un whisky. —Deja la botella —exijo, con la voz ronca, seca, como si hubiera tragado vidrio. El hombre me observa con cautela y niega. —Te sirvo un trago, pero no te doy la botella. Aprieto la mandíbula, sosteniéndole la mirada. —Te pago el triple… solo sirve. El barman suspira, pero antes de responder señala hacia el otro extremo. —Ya tengo suficiente con el idiota del rincón —replica con voz amargada. Sigo su gesto. Y entonces veo a Luigi. Está encorvado, destruido, con el traje abierto, el vaso colgando de su mano, murmurando como un condenado. Me levanto de un brinco sin pensarlo. Camino hacia él. Pero apenas me acerco, levanta la cabeza y me señala con el dedo, con los ojos empañados. —Tú… tú sí que eres un maldito napolitano… —Hey… —murmuro, inclinándome hacia él—. No hagas un espectáculo. Luigi ríe, una risa rota. —Al menos… ella sabrá…—dice con la voz entrecortada. Frunzo el ceño. —Tu problema es Loredana. No te destruyas por esa mujer, no vale la pena. —Déjame en paz… —balbucea, empujándome el hombro—. Bebe conmigo… o préstame tu celular… Niego con la cabeza. —No la llames. No vendrá —reviro con firmeza. Sus labios tiemblan. —No… no a ella… quiero llamar al viejo Salvatore… le diré todo… me cansé de limpiar sus porquerías… Me tenso. —Ese es tu trabajo. Entonces levanta la mirada. Y algo cambia. —¿Y tú…? —susurra señalándome con el dedo—. ¿También limpias las porquerías de Pietro Ferrari…? ¿También matas por él…? Me congeló por un instante. —Baja la voz… —escupo molesto—. Harás que venga la policía y nos arreste. Lo sujeto del brazo y lo obligo a levantarse. —Vamos. Te llevaré a tu habitación. Luigi tropieza, riendo. —Seguro que no eres… el padrino… Lo arrastro hasta el ascensor, ignorando las miradas, ignorando todo, con una sensación extraña creciendo dentro de mi pecho. Las puertas se cierran. Silencio. —Ponte de pie, Luigi… Pero él no obedece. Levanta la cabeza y me lanza una mirada extraña. —Todavía no me respondiste… —murmura con una sonrisa burlona—. ¿Pietro Ferrari te ordenó asesinar a su amigo…? ¿A Genaro Casiraghi…? Siento que el aire me falta. —¿De qué hablas? —exijo, desesperado. Lo empujo contra la pared del ascensor, agarrándolo del cuello de la camisa—. Habla ahora. Luigi sonríe…una sonrisa podrida. —Lo que todos los capos saben… —susurra, con la voz arrastrada—. Pietro Ferrari mató a Casiraghi… lo traicionó.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD