NARRA GEORGINA Cuando abrí los ojos, ahí estaba Maxwell otra vez, pegado a mí como si fuera un koala aferrado a su árbol. Intenté moverme, pero ni un centímetro me dejó. El muy descarado tenía una mano en mi cuello y otra en mi cintura, como si yo fuera su propiedad. ¿Qué rayos pasó anoche? Traté de empujarle la mano, pero no cedió ni un poco. ¡Qué tipo más terco! Me salió la voz ronca, pero igual le solté: —Oye, pervertido, ¿quieres que me asfixie o qué? Suelta. Levantó la mano del cuello, pero la de la cintura seguía ahí, aferrada como garrapata. Intenté separarme, pero no hubo caso. Estábamos pegados como chicle en zapato, y eso ya me estaba incomodando. —¡Quita la mano! —le gruñí, y él apenas hizo una mueca, como si lo estuviera molestando por gusto. Y para colmo, va y me dice: —

