NARRA GEORGINA Bajé del auto detrás de Maxwell, ajustándome el vestido porque sentía que me lo jalaba un poco el viento. Esta vez, la casa no estaba perdida en el bosque, como las anteriores. Era un lugar más... ¿normal? No sé si me gustaba más o menos. Había algo raro en todo esto, pero ya no preguntaba, sólo seguía la corriente. Maxwell tocó la puerta, serio como siempre, y esperamos un par de segundos. De repente, una chica rubia con un vestido más corto abrió la puerta. La sangre en ese momento me hervía. Es una descarada al andar provocando a los hombres con ese vestido. —Bienvenido, señor Maxwell —dijo, con una sonrisa de esas que dan ganas de rodar los ojos. Puse una mueca que no intenté disimular. Ni falta hacía. —Muévete —respondió Maxwell, seco, mientras pasaba junto a ella.

