Abrí los ojos con un dolor punzante en la cabeza. Al recordar lo sucedido, miré a mi alrededor.
Estaba en el auto.
Recostada en el asiento trasero, con las manos atadas a la espalda, me incorporé rápidamente.
Lo primero que me llamó la atención fue el cuello rasurado del hombre al volante. Fijé la mirada en el retrovisor y fruncí el ceño al ver sus ojos oscuros.
Esos ojos... me resultaban familiares de algún lado.
Giré la cabeza hacia la puerta, alertada por el sonido que hizo cuando nuestras miradas se cruzaron.
¡Había cerrado las puertas!
—¿Qué quieres?— pregunté, sin rodeos, en vez de gritar.
¿Tenía miedo? Claro que sí. Pero debía mantener la calma.
Como no respondió, hablé de nuevo.
—Te conozco.— Aún sin respuesta.
—En el café... te sentaste en la mesa de al lado.— Silencio absoluto.
—¡Habla, hombre! ¿Te comió la lengua el gato? ¿Qué quieres de mí?— grité, dejando salir lo primero que se me ocurrió.
—¡Alisson! ¿Le hiciste algo? ¿Dónde está?— Al no recibir respuesta, levanté los pies y empecé a patear hacia él.
Parecía molesto, seguramente por estar al volante.
—¿Quieres que tengamos un accidente? Quédate quieta— dijo finalmente, tirando de mis pies para detenerme.
—No me voy a callar. Responde mis preguntas— insistí.
Él suspiró antes de hablar.
—No te callas, niña— murmuró, girando el volante y deteniendo el auto al lado del camino.
Lo observé, alerta a sus movimientos. Tomó un cigarrillo del asiento delantero, me lanzó una mirada y salió del auto.
Puse los ojos en blanco al escuchar el sonido de las puertas al cerrarse.
Caminó lentamente hacia el frente del auto, se apoyó en el capó y encendió el cigarrillo.
Aproveché el momento en que no me miraba para inspeccionar el interior. Sonreí al ver una navaja en el suelo.
No esperaba que fuera tan fácil.
Con dificultad, alcancé la navaja y corté la cuerda que ataba mis manos, aunque me lastimé en el proceso. Sangraba, y con enojo me froté la mano contra la tela del asiento.
Guardé la navaja en el bolsillo y observé a mi alrededor. Había cerrado las puertas desde afuera, así que pude abrirlas desde adentro.
Cuando vi que seguía fumando, respiré profundo y abrí la puerta. Comencé a correr sin mirar atrás.
Llevaba el pijama, que dificultaba mi carrera, pero me obligué a seguir. Iba a escapar.
A ambos lados del camino había árboles. Si quería perderlo, debía adentrarme en el bosque.
Decidida, tomé el sendero forestal. Corrí sin parar hasta que el aliento se me agotó y tuve que detenerme a descansar. Al no ver a nadie, me escondí detrás de un árbol.
Traté de regular mi respiración.
Estaba sola en el bosque. Hacía frío, y mi delgado camisón apenas me abrigaba. No tenía idea de qué hacer.
El sonido de ladridos se acercaba. Mejor volvería a la autopista y buscaría ayuda haciendo parada a cuanto auto pasara, no tenía otra alternativa.
Mirando a mi alrededor, salí de detrás del árbol y avancé rápidamente. La carretera estaba cerca, casi había llegado.
En ese momento, alguien me agarró del brazo. Me quedé paralizada, sin poder emitir un sonido.
Al girar la cabeza y ver que era él, abrí la boca para gritar. Pero él habló primero:
—A 200 metros están cometiendo un asesinato. Si no quieres ser la próxima víctima, cállate y camina. No estoy acá para jugar a las escondidas con una chica terca como tú.
Terminó la frase y comenzó a avanzar, arrastrándome consigo sin darme oportunidad de responder.
Quizás lo hacía a propósito, quizás era su rabia, no lo sé. Lo único que sabía era que mi brazo empezaba a doler de tanto apretarlo.
Me detuve, liberando mi brazo de su agarre.
—No te creo. Tal vez si me ven, ellos creerán que no hice nada y me dejarán ir— le dije.
Me callé, esperando su respuesta.
Primero sonrió. Luego se acercó lentamente.
Con el ceño fruncido, esperé sus próximos movimientos. Volvió a inclinarse hacia mí, tan cerca que sus labios rozaron mi oído y, a veces, mi mejilla mientras hablaba.
—Lo primero que harán al verte es violarte uno a uno. Creo que no te das cuenta de cómo estás vestida, pero eso solo complicaría las cosas.
Cuando terminó, se alejó un poco. Tomó mi brazo de nuevo y me arrastró con él.
Ignoraba mis protestas y mis intentos de conversación.
Al verme enfadada y gritando, se detuvo de repente y me soltó el brazo.
Entonces, colocó su mano en mi cintura, me empujó contra un árbol y presionó su cuerpo contra el mío. Nos separaba apenas un respiro. Me tapó la boca para impedirme hablar.
Intenté forcejear, pero me quedé inmóvil al oír unos disparos. Su siguiente frase, susurrada, me heló.
—Cállate si no quieres morir. Si nos reconocen, será demasiado tarde. Ya te dije que esto no es un juego, cariño.
Con cada inhalación y exhalación, mi pecho subía y bajaba, y nuestros cuerpos rozaban. Temía que en cualquier momento alguien viniera a buscarnos.
Ni siquiera entendía por qué el hombre a mi lado me había secuestrado y cómo había terminado en esta situación.
Le hice una seña con la mirada para que quitara su mano de mi boca. Su mirada se detuvo en mi rostro por un instante antes de retirar su mano, que colocó lentamente en mi cintura.
—Quita la mano. ¿O prefieres ir detrás de otro árbol? —le dije, irónica.
Sonrió ante mi comentario.
—Puedes hacer planes para escapar, pero ni pienses que podrás hacerlo.
Estaba a punto de responder cuando escuché voces y giré la cabeza en esa dirección. Dos hombres estaban hablando.
—¿Qué hicieron con el c*****r? —preguntó uno.
—Lo enterramos.
—Bien. Reúne a los hombres, nos vamos.
—De acuerdo. Por cierto, hermano... el auto de Maxwell... está cerca, pero no tanto.
Giré hacia él, intrigada.
—¿Qué pasa?
Él me miró fijamente a los ojos.
—Están hablando de nosotros.
Lo primero que me vino a la mente al escuchar eso fue su nombre.
Maxwell.
—¿Y ahora qué? —pregunté, inquieta, mientras él observaba a su alrededor.
—Han preparado el coche con explosivos. No podemos acercarnos a él.
Sus palabras me molestaron.
—Hay matones ahí afuera buscándonos. Aquí tú estás en las sombras, pero la que realmente está en problemas soy yo.
Parecía irritado por mi comentario.
—Corremos a la cuenta de tres. Aunque escuches disparos, no te detengas.
Asentí cuando esperó mi aprobación.
—De acuerdo.
Mi prioridad era deshacerme de ellos. Después, me libraría de esta escoria llamada Maxwell.
Podía escuchar gritos detrás de nosotros, pero no volteé.
De vez en cuando, Maxwell giraba para mirarme y me urgía a avanzar más rápido, colocándose delante de mí.
Cuando el corazón me empezó a doler y me costaba respirar, solté la mano de Maxwell y me detuve. Él frunció el ceño y me sujetó del brazo.
—Nos persiguen. ¿Es este el momento de detenerse? —me recriminó.
No pude responderle, estaba concentrada en regular mi respiración.
Puso sus manos sobre mis hombros y me habló.
—¿Estás bien, Georgina? Aguanta un poco más.
En ese momento, otra voz masculina interrumpió a Maxwell.
—Vamos, Maxwell, no demuestres que me tienes tanto miedo.
Cuando noté que estábamos rodeados, llevé mi mano, casi por instinto, al brazo de Maxwell.
Como serpientes en el agua, los hombres nos rodearon. No teníamos a dónde escapar.
Maxwell se colocó delante de mí, intentando protegerme.
Si no supiera que estaba secuestrada, podría haber pensado que era un buen tipo.
El hombre que había hablado antes esta vez me miró a mí.
—¿Quién es esta belleza, Maxwell? ¿No vas a presentármela? ¿Qué hacías en el bosque, así vestida? —sus insinuaciones me hicieron poner mala cara.
—¿Y a ti qué te importa, imbécil? Veremos si mantienes esa actitud en un rato —respondió Maxwell con dureza.
El hombre frunció el ceño ante las palabras de Maxwell, y de repente vi aparecer a varios hombres trajeados que supuse eran sus guardias.
Dos de ellos se acercaron y, en ese momento, Maxwell me soltó del brazo y comenzó a caminar, dejándome atrás.
Grité cuando los dos guardaespaldas me tomaron de los brazos.
—¡Suéltenme! ¡Les estoy diciendo que no me toquen!
No me prestaron atención.
Entonces se desató el caos. Los disparos ensordecían el ambiente. Cuando solo quedaba ese hombre, miré fijamente a Maxwell.
Él rompió el contacto visual, se volvió hacia el hombre, apretó el gatillo y le disparó directamente en la cabeza.
Guardó su arma en la cintura y empezó a caminar hacia mí.
No quería irme con ellos. ¿Cómo podía saber que esto no acabaría igual?
Cuando llegó hasta mí, los guardias retrocedieron y me soltaron los brazos.
—No voy a ningún lado contigo —declaré, desafiante.
No estaba segura de si me había escuchado.
De repente, me levantó y me echó sobre su hombro, sin darme tiempo a reaccionar.
Nos subimos a una camioneta negra en lugar del auto anterior.
Primero me metió en el vehículo, y luego se sentó a mi lado.
Por más que intenté forcejear, él no dijo una palabra.
Finalmente, me cansé de luchar y traté de abrir la puerta.
Él me sujetó fuerte del brazo, tirándome hacia su lado en el asiento, alejándome de la puerta. No esperaba esa reacción y, sin darme cuenta, terminé sentada sobre su pierna. Intenté moverme, pero no me dejó, y rodeó mi cintura con su brazo.
—¡Suéltame, maldito loco!
Respiró profundamente y contestó:
—Si no te comportas, esto seguirá así.
Levanté las cejas, desafiante.
Aproveché para bajarme de su regazo, clavándole las uñas en el brazo. Me senté en el extremo opuesto del asiento, pegada a la puerta.
Volteé para ver qué hacía.
Vi una jeringa en su mano y solo pude decir:
—¡Maldita sea!