NARRA GEORGINA Maxwell no soltó ni una palabra en todo el camino. Se notaba que estaba en su cabeza, pensando en vaya uno a saber qué. Quizá lo dejé inquieto con lo que dije antes. Pero como no abrió la boca, tampoco quise insistir. Mejor cerré el tema y me quedé callada. Cuando el auto se detuvo frente a la casa, volteé a mirarlo. Su expresión no era exactamente amigable. —Vete a casa —me soltó de la nada. Su tono cortante me cayó como un balde de agua fría. —¿Por qué no entras conmigo? —le pregunté, frunciendo el ceño. —¡Tengo cosas que hacer, Georgina! —respondió, levantando la voz. ¿Era en serio? Su tono áspero me hizo hervir por dentro. No dije nada más. Abrí la puerta del auto y la cerré con fuerza. Tal vez estaba enojado porque le había arruinado el coche, o quién sabe qué pa

