Tanimura y Aiko (3)

3715 Words
—¿Qué debo hacer? —preguntó Tanimura al monje. —No retire los sellos —respondió. Aiko confesó su aversión por el espectro de la madre de Tanimura. Él congenió con la injuria cometida por el espíritu colérico. Tomó una resolución, respecto a la situación, por el bienestar de su amada. Un moje de un templo sintoísta, fue traído desde una prefectura lejana. No quiso recibir peculio por realizar la ceremonia que traería paz a la vida de la pareja. Aunque Tanimura insistía, el monje negaba con la cabeza. La señora Okada, nerviosa, permaneció en la habitación durante la ceremonia, que era un preámbulo al ritual. El monje había sentido la presencia de un demonio y un espíritu benevolente. Explicó a Tanimura: «Ella está fragmentada en dos. Tu ves a tu madre buena, pero tu mujer ve a la madre vengativa. El espíritu de tu madre, al fallecer, debatió si debía reñir a su amado o no. De esta lucha entre el bien y el mal, nació la división». Entonces, Tanimura recordó las discusiones que cimentaron las bases de su infancia. Su padre molía a su madre a golpes. La pobre a duras penas se defendía con un brazo levantado a la altura de la frente; los ojos suplicantes derramaban lágrimas. Pese al maltrato físico, ella, en el fondo, amaba ese hombre. —Mi madre fue débil —dijo Tanimura cuando estaban en la mesa, comiendo soba—. Era el saco de boxeo de padre; además, era la última opción de las mujeres con las que se acostaba. Aiko no tocaba plato. Sus manos estaban debajo de la mesa, aferradas una con otra como dos tenazas de cangrejo. Miraba el bol con soba, no quería comer. «Era el saco de boxeo». Por supuesto, para Tanimura era fácil decirlo, porque él no era el afectado. No obstante, la transferencia de las conductas maternales, fueron proyectadas en Aiko. —¿No vas a comer? —preguntó con voz suave—. Debes ser fuerte, nada nos va a separar. Cometimos errores, entiendo, pero ya es hora de dar un paso adelante. Mira las paredes, tienen sellos que nos protegerán de la presencia de madre. Aiko, nadie podrá interferir en nuestro mundo, de nuevo. ¿Cuántas veces habrán buscado la manera de hacer frente a los problemas de pareja? La primera vez, ambos fueron infieles; la segunda vez, Aiko experimentó una celotipia paranoide que traspasó la frontera de la esquizofrenia, motivo el cual estaba medicada. ¿Cuál sería el tercer quiebre de su espejo fantasioso? Empeñados por crecer juntos, se hundían en su propia barca por el peso de sus fallos. Tanimura daba sus últimos esfuerzos para que la situación mejorara. ¿Por qué fue infiel en el pasado? Ni el mismo lo sabía. Fue una aventura superflua con una secretaria. El polvo, en el despacho, duró treinta minutos. Si sintió algo más que la satisfacción de eyacular, sería mentir. Apenas drenó el semen y regresó en sí mismo, carente de emociones, supo que había cometido una injuria contra su propia promesa de no cometer los errores de su padre. Pero la secretaria era guapa, sus nalgas eran redondas como manzanas; no parecía japonesa, aunque era debido al parentesco con su madre occidental. El daño físico, psicológico y verbal estaba servido en una bandeja de plata. Aiko no tenía la suficiente voluntad, como mujer, para separarse de Tanimura. Naomi no sabía lo que ocurría ni Takahiro. Ellos desconocían los sucesos terribles que vivían Tanimura y Aiko. Solo conocieron, en la superficie, la infidelidad de Tanimura. Aiko jugueteaba con la comida y Tanimura la miraba con recelo. —Estoy preocupado por ti… Hago lo mejor que puedo para que marchen los engranajes de nuestra realidad —rompió el silencio, como una vasija inexistente, Tanimura. Ella no responde, sino que empieza a comer, como una tortuga. Tanimura sonrió. Vomitó en el retrete. Él se había ido a la empresa. Aiko estaba con las manos apoyadas a los laterales de la forma cóncava del inodoro. Su rostro lucía demacrado; las ojeras eran prominentes; el cabello perdió fuerza y se veía reseco; sus ojos eran pozos sumidos en la noche eterna, no había brillo. Sintió náuseas, una arcada tensó sus músculos y la bilis subió por su tráquea. Una vez que finalizó, no tenía nada que expulsar del estómago. Quería desprenderse de su alma, ¿cómo hacerlo sin morir? «No quiero sentir emociones», pensó Aiko. Lloraba, se golpeó a sí misma. «Eres débil como su madre», repetía en su cabeza. En el pasillo, vio los sellos colgados en las paredes. Caminó y acarició la fría muralla de su corazón. Miró su figura en el espejo. «Estoy delgada». Las lágrimas dejaban trazos en su rostro exangüe. Una nube, pasajera, cubrió el sol. El lugar se oscureció, Aiko se abrazó y arrodilló. «Soy oscuridad». Cuando la luz regresó, ella se escabulló detrás de un sofá. Las risas del pasado, como ecos, retumbaban en el lugar. Aiko era joven, preciosa y su peso era ideal para la edad. Llevaba un abrigo, una bufanda y zapatos para el invierno. Dejó la caja que sostenía en sus brazos. Recorrió con la mirada el departamento lujoso. Posó una mano en la ventana que daba vista a otras zonas de Tokio. En la noche, Tanimura y Aiko vieron una película, abrazados. Ella tenía una manta que cubría su cuerpo. Acurrucada al lado de su amado, comía palomitas de maíz en un bol de cristal. No existía infidelidades, reproches ni depresión. Su amor no se había roto todavía. «¿Por qué cambió?». Sus hombros se agitaban, arriba y abajo; la cabeza se dejó caer a un lado. Con la boca abierta, sollozaba. La expresión de si rostro se arrugaba por el dolor interior. Llevó las manos a su oído. ¿Qué escuchaba? Las voces de sus sueños. En el techo habían estrellas artificiales, de esas que emiten una luz verdes y lechosa en la oscuridad. Tanimura había comprado un set completo, con constelaciones y todo. Como pareja, pegaron las estrellas. Tenían música puesta. Contaban chistes o hablaban de sus metas en un futuro próximo. —¿Cuál es tu mayor sueño, Aiko? —preguntó Tanimura. La noche había caído y las cortinas estaban corridas. Brillaban las constelaciones en el techo. Aiko reposaba su cabeza en el pecho cálido de Tanimura. —Es estúpido, no quiero decírtelo —dijo con su antigua voz infantil. Mordía el dedo pulgar, como una niña nerviosa; sin embargo, aquella noche, estaba relajada. —No seas así conmigo. Quizá sea lo mismo que mi sueño. ¿Te arriesgas? —animó y con un brazo acarició el hombro desnudo de su amada.  —¡No quiero! —exclamó y ocultó su rostro en la sábana. Ella buscó su pene y comenzó a succionarlo. De manera que Tanimura se excitó. Hicieron el amor bajo las estrellas. Entonces, en silencio, cansados y desnudos, ella dijo: —Quiero ser la madre de tus hijos —expresó Aiko. Había ocurrido cuando los años de convivencia comenzaban a correr. El tramo estaba recorrido. Detrás del sofá, se golpeaba en la cara. «¡Para de llorar!». Se levantó con el rostro magullado. Como un zombi, anduvo hasta la habitación. En la cómoda había un informe psicológico. Aiko fue diagnosticada con esquizofrenia. Ella dio lo mejor para crecer y ser una buena madre. ¿Podía ser una esposa decente? Sacudió los pensamientos. Antes soñaba con estar embarazada de Tanimura, ahora soñaba con la muerte. Se tomó unas pastillas que le habían recetado el psiquiatra. Tanimura regresó más temprano de lo habitual. Vio a Aiko dormir, profundamente. Se desnudó y se acostó a su lado, no quiso bañarse. Él prorrumpió en llanto. Atrajo a su amada. Retiró un mechón su frente como si fuera una muñeca. En cierto modo, para él era una muñeca irremplazable. Sus fuero interno sabía que lo mejor era dejar libre a Aiko. Terminar la relación sería la mejor solución al conflicto. Por otro lado, su sombra quería tenerla atada a su perversidad. «Sin Aiko, no puedo vivir». Había perdido a su padre, su madre y ahora estaba a punto de perder a Aiko. Ella se levantó en la madrugada, miró con nostalgia el cuerpo de Tanimura. Lo acarició y acostó su cabeza en el pecho de este. «Habrá visto mis moretones»>, pensó. Se sentó en la sala, encendió el televisor y vio Tokio blues, la película basada en la obra de Haruki Murakami. Luego del final del filme, se sentó en el suelo a esperar el amanecer. Así era el ciclo de ambos, en una extraña, y nueva, etapa de sus vidas. Aiko seguís indecisa, pero para resolver sus problemas, era mejor suicidarse. Con su partida, Tanimura dejaría de sufrir y encontraría alguien mejor. «Ni a mis padres les importo». Sus padres no se habían divorciado. De hecho, fueron excelentes figuras paternales para Aiko, aunque no dedicaban tanto tiempo a su hija. La depresión, en Aiko, tergiversaba la percepción de su pasado. Creía que sus padres eran villanos. Vio el teléfono en la mesa del comedor. ¿Y sí llamaba a Naomi? No, eso sería una mala idea. Su amiga no tenía porqué saber sus problemas. «Mi carga no es la suya». Salió del departamento, tomó un ascensor. Vestía una camisa blanca, larga e impoluta; llevaba una falda con patrones de cuadros. El frío del exterior, una vez atravesado el vestíbulo, perforó su epidermis. Respiró el aire de las cinco de la mañana. Acto seguido, se sentó en un banco, cerca de una estación de bicicletas. Un barrendero solitario hacia el trabajo de mantener limpia el área de uno de los locales. Habían pocas personas que transitaban a aquellas horas. —¿Aiko? —preguntó una voz familiar. —¿Ah? Takahiro, trajeado, se acercó a Aiko por el flanco izquierdo. Ella agachó la cabeza, estaba indecente y su rostro tenía moretones. Con la mano, cubrió el semblante con el cabello. Él tomó asiento a su lado, no sabía qué decir. —¿Cómo estás? —preguntó para salir del paso, ni siquiera sabía por qué se acercó. —Bien —respondió, cabizbaja. —Los coleópteros no salen a esta hora, ¿sabías? —¿Hay coleópteros aquí? —Levantó la mirada, con interés. Takahiro había encendido un cigarro. Tenía las piernas cruzadas. Un brazo estaba doblado por en su estómago, su mano caía, despreocupada, a un costado. Caló su cigarro, profundo y vio a Aiko con ingenuidad. —No —contestó. —Ah… ¿Por qué se había acercado? Quizás tuviera lástima de ella. Era la primera vez que la veía frente la entrada de Roppongi Hills. —¿Sabes? —Miró a Takahiro—. En la época del instituto, luego de clases, nos sentábamos aquí, Tanimura y yo. No sabía aquel dato, pero importaba un pepino saberlo. Todo estaba perdido entre ella y Tanimura. Quería desahogarse con alguien, pero no podía hacerlo con Takahiro ni con Naomi. ¿Con quién contaba Aiko? —Ah. —¿Es todo lo qué sabes decir? —inquirió. Agachó aún más la cabeza, como si quisiera tocar el mentón en el pecho. Sus ojos se anegaron en lágrimas. Las venas de sus manos sobresalían en la piel. Dos gotitas cayeron al suelo. Ahogó un gemido. Takahiro llevó a Aiko a su departamento. Naomi dormía en la habitación. Sentó a Aiko en el sofá de la sala. Fue a despertar a Naomi. Aiko reprimía sus ganas de llorar, como una torre que se resiste a caer. Cuando Naomi llegó a la sala, hubo un momento tenso de silencio. Aiko clavó su mirada desesperada en Naomi. —¡¿Qué te han hecho?! —exclamó con las manos en la boca, su corazón estaba roto, partido y pisoteado, porque su mejor amiga tenía la cara marcada por causa de nos golpes. —Yo misma lo hice —gimió—. ¡Ayúdame! —imploró—. ¡No quiero seguir viviendo, pero no quiero dejarlo! —¡Cálmate! —La abrazó. Aiko, en el pecho de Naomi, descargó su dolor. Enterraba las uñas en la piel de su amiga, pero a Naomi no le afectaba. —Ya regreso —dijo Takahiro. La puerta sonó. Tanimura estaba en el suelo, acostado con las manos en el estómago. Veía las estrellas del techo, como obnubilado. Volvió a sonar la puerta, alguien insistía en que la abrieran. Se levantó. Tenía puesto un yukata sin ceñir, su torso estaba al descubierto. Abrió la puerta con desgana, miró a Takahiro. —¿Qué quieres? —preguntó, mal humorado. —Encontré a Aiko sentada en el banco, frente a la entrada. La llevé al departamento, está llorando en los brazos de Naomi —explicó Takahiro—. ¿Puedo? Sin decir palaba, Tanimura se hizo a un lado, sus ojos eran inexpresivos. Takahiro observó, con preocupación, los sellos colgados de las paredes. —¿Y todo esto es? —preguntó. Cerró la puerta y se quedó plantado en la entrada. No respondió. —Me preocupas —expresó Takahiro. —¿Debería importarme? —contrapunteó Tanimura. —Soy tu único amigo, Tanimura. ¿Por qué el trato indiferente? ¿Te molesta que descubramos que tu relación es un desastre? —Sí… Es mi vida personal, tú no debes estar en ella. Mi sombra no te pertenece, mi dolor no es el tuyo —alegó. —Somos como hermanos, ¿no? He estado aquí, todo el tiempo, para ayudarte o salvarte. Pero tú te ocultas y rehúyes de mí. Hablas más con Naomi, a mí me desplazas. ¿Qué te he hecho para mereces esto? ¿No somos lo único que tenemos en este maldito mundo? —Tienes a tus padres. —Que es como no tenerlos, conoces mi vida. —Y tú la mía. —El labio inferior temblaba; el sudor recorría su rostro. —¿Nervioso? ¿Tienes sake? —Wiski. —Bebamos un poco. Tenemos tiempo que no bebemos juntos. Se sentaron en la mesa del comedor con dos vasos elegantes de cristal. Tanimura sirvió la dosis perfecta de hielo. Destapó dos agua Perrier y escanció en el vaso de su invitado la primera botella. Luego agarró el wiski de un estante y procedió a terminar de llenas los vasos. Por último, se sentó con la espalda erguida y la mirada inexpresiva. —Es temprano para que bebamos, pero siento que lo necesitas. —No lo sé —respondió Tanimura. —¿Aún ves espíritus? —preguntó al ver el sello más cercano. —Veía, porque los sellos mantienen alejados a los espíritu. Mandé a traer un moje de un templo sintoísta. —¿Eso existe todavía? —Fue difícil, pero valió la pena. —Para que hayas hecho esto, hubo un motivo que trastocó tu ser. ¿Ocurrió algo de lo que quieras hablarme? «Aiko se volvió alcohólica por un tiempo. Trató de suicidarse. Veía el espíritu de mi madre. Ella la torturaba». Quería decirlo, pero las palabras sonaban descabellas en su cabeza. En vez de contestar, sorbió wiski. —¿Quieres hacer algo diferente el día de hoy? —preguntó—. Como en los viejos tiempos. Debía atender asuntos de la empresa, pero su corazón dictaba que era mejor tomarse un respiro. No podía presionar a Aiko, tampoco quería alejar a Takahiro. Detrás de la mirada inexpresiva, se encontraba un niño que rogaba por compañía. ¿No era así cuando le pedía a Takahiro que se quedara a su lado, en la adolescencia? Él sabía que nunca lo iba a abandonar. De hecho, seguía considerándolo su hermano. —Sí —accedió Tanimura. Takahiro no contuvo una sonrisa. —Iremos a Shinjuku en bicicleta, ¿te parece? —Un poco de ejercicio no viene mal —repuso Tanimura, sus ojos recobraban expresividad. En el departamento de Takahiro, Aiko había parado de llorar. Se durmió en el regazo de Naomi. Por otro lado, Naomi también se había quedado dormida. Cuando el reloj marcó las doce del mediodía, se despertaron al mismo tiempo. «¿Dónde estará Takahiro?», se preguntó Naomi. —¿Cómo te sientes? —preguntó a Aiko. —No sé qué sentir —respondió Aiko, con voz vacilante. —Voy a servir el almuerzo, porque el idiota de Taka no vino a despertarme. —Pensaba que todo fue un sueño. Creí despertar como una adolescente, como si nada hubiera pasado. ¿Quieres decir que estoy en un presente que no me pertenece? —Estás donde estás, eso te lo puedo asegurar. Te pertenece, quieras o no, este presente. Eres la causa de tus desgracias. Pudiste dejar a Tanimura cuando estabas a tiempo… —Lo amo, Naomi. Tú no entiendes, porque tu vida con Takahiro es perfecta. —¿De qué hablas? Takahiro y yo tenemos serios conflictos, pero aparentamos no tenerlos. —Siento que mientes… —¡Conoces mi pasado! Takahiro está inconforme con lo que hice. Pero no puedo cambiarlo, por mucho que quiera. A veces queremos retroceder el tiempo para cambiar, pero, realmente, si queremos evolucionar, debemos centrarnos en no repetir los errores en el presente. De nada sirve viajar en el tiempo. Podrás evitar un error, pero esta vida rebosa de errores. —Mi error fue Tanimura. —Pero puedes cambiarlo, Aiko-chan. Me dices que no quieres alejarte de él, pues, prueba a cambiar y ser mejor novia para él. —¿Cómo puedo ser mejor novia? Estoy rota, por dentro y por fuera… —Comenzando por cambiar tu manera de actuar. No me interesa tus problemas con Tanimura, es la vida personal de ustedes, pero si deben cambiar para mejorar su relación, necesitan empezar primero por ambos. Hoy te tomarás el día conmigo, ¿vale? —Está bien —dijo. La decisión fue compartida, ambos necesitaban un tiempo separados. Aiko regresó a casa de sus padres. Tanimura quedó en el departamento, solo. Con frecuencia, Naomi visitaba a Aiko. Por otro lado, Takahiro compartía algunos días de asueto con Tanimura. Cuando Aiko dormía en la cama de su infancia, pensaba en Tanimura. A veces, se desvelaba una noche entera, jugando en el teléfono para distraer su mente. Sin embargo, no lograba despistar su necesidad de estar a su lado. En cambio, Tanimura, lloraba en un rincón de la habitación. Olía las sábanas que tenían el aroma de la piel de Aiko. Afligido por la soledad, pedía a Takahiro que durmiera en el sofá. Naomi sugirió que Tanimura podía dormir en el sofá del departamento de ellos. De modo que, al hacerlo, tendría compañía al despertar. Así lo hizo, se mudó por un mes al hogar de su mejor amigo. Aiko caminaba en el parque de Ueno. Comía sola, paseaba sola y contemplaba la naturaleza, sola. A medida que pasaban los días, se adaptaba a convivir con ella misma, mas Tanimura persistía dentro de ella. Seguía medicada y, por tanto, no había parado de consumir las pastillas. Su depresión fue en aumento, desembocó en una depresión silenciosa. Modificó una máscara anímica para sus seres queridos. Las ganas morir se avivaron aún más. De pronto, durante el paseo en el parque, tuvo una iluminación. ¿Cómo no lo había pensado antes? Sonrió para sí misma, ya había decidido que iba a hacer. Amaba a Tanimura, quería ser la madre de sus hijos, ese era su sueño. Respiró profundo, aliviada. Encontró la respuesta a sus dudas, en la soledad. Mintió a Naomi durante el segundo mes. Explicó que se sentía mejor. Hizo un gran esfuerzo por comer y demostrar que estaba superando sus conflictos internos. Aiko había dejado de luchar, ya no valía la pena. Ella quería morir, ¿por qué frenar ese deseo? Pero no quería morir sola, quería llevarse a su amado. ¡Doble s******o! Así pagarían todos sus errores. ¡Qué alternativa tan plausible! —Debemos hablar —dijo Aiko, por teléfono, a Tanimura. Acostada en la cama, llamó a Tanimura. —Te escuchas diferente… Como si estuvieras viva… —Estoy muerta y tú también —afirmó con una sonrisa—. No podemos negar que estamos rotos y hagamos lo que hagamos, no servirá de nada. Silencio del otro lado. —Quiero verte, porque necesito hablar contigo. Te quiero, lo sabes y eso no ha cambiado durante estos tres meses separados. —Te he sido fiel durante nuestra separación. —Taninura, ya eso no cuenta. Debemos hablar, vamos a expiar nuestros fallos. Tengo la solución a toda nuestra miserable vida. Se reunieron en un restaurante de lujo en Aoyama. Pidieron vino, más no solicitaron un plato de comida. No hubo abrazos ni besos, Aiko era un piedra con Tanimura, aunque no podía parar de sonreír cuando tenía la oportunidad de hacerlo. Estaba más hermosa que antes, radiante y lozana. Ya no era aquella Aiko moribunda encerrada en un departamento lleno de sellos. —Te cité para conversar sobre un tema que nos va ayudar a reparar nuestro amor roto, para siempre —dijo como si estuviera vendiendo un producto. —¿Qué tienes pensado? —preguntó Tanimura, expectante a lo que tenía que decir Aiko. —Vamos a suicidarnos. —Tomó la mano de Tanimura, que estaba encima de la mesa—. Hagamos el amor por última vez. Comamos por última vez. Veamos una última película. No nos despidamos de nadie. Naomi ni Takahiro tienen que enterarse. Abrimos la llave de gas del departamento y nos tomamos unas pastillas para dormir. Será como emprender un largo sueño, pero con la noción de no despertar jamás. Tú quieres morir, yo quiero morir. Yo quiero estar contigo, para siempre y tú quieres estar conmigo, para siempre. En la nada seremos felices. No sufriremos las penalidades de este mundo. ¿Qué dices? ¿Quieres hacerlo? Nos tomará un día despedirnos de este mundo. Él apretó la mano de Aiko y sonrió. No había sonreído de la misma manera desde el primer intento de s******o de su madre. El niño interior estaba feliz. ¡Una solución a todos sus pesares: el s******o! —¿Cuándo lo haremos? —preguntó Tanimura, feliz. Aiko se levantó y lo besó. Sus corazones volvían a latir en la misma frecuencia, como el día de su primer beso, bajo el manto del crepúsculo. La decisión estaba tomada.
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