Quizá iba a llover, no me agradaba el tiempo de aquel día.
A Tanimura, mi amigo, le gustaba viajar en bicicleta. Su afán, por ir en bicicleta a la secundaria, no lo compartía. ¿Por qué? Teníamos chóferes para evitar sudar.
—¡Está cerca! No seas llorica y móntate —me reclamó.
Con trece años, padres multimillonarios, chóferes, no teníamos necesidad de montar una bicicleta. No me quejé cuando supliqué que me inscribieran en la secundaria donde estudiaría Tanimura, era mi idiotez por seguir a mi amigo.
Tanimura y yo crecimos juntos. Nuestros padres guardan una relación estrecha. Incluso, hay, a día de hoy, acciones repartidas entre ambos por la alta confianza mutua que existe, dado que es un lazo fortificado desde la segunda guerra mundial. Mis abuelos conocieron a los abuelos de Tanimura en Kioto y el resto es historia.
—¡Vamos! —Me animaba Tanimura—. Una carrera, ¿vale? A ti te gusta competir.
—Va a llover y no quiero mojar mis zapatos.
—Son solo unos zapatos. Puedes comprarte todos los zapatos que quieras, pero no puedes comprar un momento con tu amigo. Esos momentos se crean con los días y las oportunidades, ¿no crees?
Tanimura era un adolescente excepcional, su pensamiento me agradaba.
—No deberías manipularme —repliqué para abatir su ánimo, pero era imposible hacerlo.
—¡Ja! ¿Manipularte? No vengas con monsergas. Tienes miedo de perder una carrera.
—No tengo miedo, siempre gano —dije la verdad, siempre ganaba.
—¡Vale, perdedor! Yo iré en bicicleta, lo siento.
Suspiré, resignado, pero por dentro había nacido la semilla de la competencia. Él sabía regarla.
—El primero que llegue, dará sus mejores pokémon —ofrecí.
Arqueó una ceja.
—Con que esas tenemos ¿eh? —dijo con los brazos cruzados—. Es una apuesta, sin dudas, interesante. Hmmm… Acepto.
Buscamos los cascos y las rodilleras. Calzamos unos tenis, metimos los cuadernos en el maletín, la consola portátil y tomamos nuestros ahorros. Debido que nuestros padres estaban ocupados todo el día, nos dejaban solos. Éramos chicos de ir y venir a casa, no nos gustaban los líos ni las malas juntas. Tanimura y yo contra la vorágine cotidiana de Tokio.
—¿Usarás audífonos? —pregunté.
—¡¿Estás loco?! Prefiero estar alerta, ya sabes: seguridad.
—¡Ah!
Descendimos por el ascensor. Cruzamos el vestíbulo hacia la puerta del exterior. Una vez afuera, nos encontramos con un cielo despejado de nubes, un sol cálido, brisa suave que movía los brazos tortuosos de los árboles cerca del complejo, gente aquí y allá que estaban encasilladas en su mundo.
—¡No te quedes pasmado! —Palpó mi hombro y desperté como si hubiera estado sumergido en un sueño.
Tokio es así, te atrapa de alguna u otra forma. Si te duermes, te llevará la corriente monótona hasta que, un día o una noche, estás en una ataúd o a merced del viento.
La madre de Tanimura tenía la costumbre de caminar el centro de Tokio. Mi amigo la seguía por el extenso laberinto. A veces se le ocurría invitarme, yo lo rechazaba. No obstante, me gustaba cuando regresaba con una sonrisa y me narraba lo que hacían en las tiendas. Él entendía mi indiferencia por salir. También, en ocasiones, me decía de lo cansado que estaba de recorrer Tokio, estaba harto.
Yo también compartía su opinión hace meses. Naomi había cambiado mi opinión.
Naomi, no sabía que se llamaba así en aquel entonces, era un secreto. El primer secreto que guardé y no conté a Tanimura: Naomi. Soñaba constantemente con ella, ya que me había marcado en lo profundo de mi alma. Las sombras de la habitación eran frías y, aunque Tanimura estaba en mi vida, la soledad me abrumaba.
Actualmente no logro entender la sensación de soledad cuando hay un exterior afuera. Pero te sientes solo, como si una parte de ti se hubiera dañado y no encajaras en cualquier parte. Existe gente pululando en el mundo, pero tú te sientes como un punto pequeño, marginado de esa gente que pulula. Estar solo no es únicamente decirlo, es manifestar el vacío de un alma que pide a gritos compañía. Tanimura era esa compañía que aliviaba el vacío, aunque en las noches regresara la soledad.
Montamos en las bicicletas que estaban aparcadas cerca del estacionamiento. Nos preparamos para la carrera, contamos hasta a tres y pedaleamos como si no hubiera un mañana. Ahora bien, Tokio no es el mejor circuito de carreras, pero podíamos ir por los carriles de la carretera, dado que existen carriles específicos destinados a los ciclistas.
—¡¿Cansado?! —preguntó.
No íbamos tan rápido, apenas el viento movía mi cabello.
—¡No exageres, payaso! —espeté.
Yo seguía su rueda trasera. Los edificios enhiestos parecían observarnos. Cada quien estaba en lo suyo. Vimos unos cuantos grupos de chicas de un instituto, la debilidad de Tanimura. Aproveché su despiste para rebasarlo. Sin embargo, el muy astuto había vaticinado mi jugada y acabé siguiéndolo. Yo no iba a ganar.
Minutos más tarde, llegamos a la secundaria: ganó Tanimura. Me lamenté porque mis pokémon eran exclusivos de un evento realizado por la compañía. En fin, éramos jóvenes y ya no importan unas criaturas ficticias. ¿Verdad, amigo? A ti te gustaba pokémon, muchísimo, igual que Aiko. Ustedes compartían gustos como solías hacerlo con tu madre.
—¿Siempre ganabas? —mofó al bajarse de la bici.
—Vale, ganaste por primera vez.
Él se acercó y palmeó mi hombro, con una media sonrisa dibujada en su rostro.
—Sé lo importante que son para ti esos pokémon. No me interesa tenerlos —dijo.
—¡Ganaste limpiamente! Tengo que cumplir con nuestra apues…
—Eres mi hermano, tonto. Da igual lo que digas, no aceptaré el premio, sé que no eres un mal perdedor.
Tanimura, siempre fuiste un gran hombre, incluso desde nuestra adolescencia. Los demás eran primero que tú. Te importaba la felicidad de quienes te rodeaban. Eras capaz de salir en plena tormenta para abrazar a alguien que lo necesitaba. Esa era la educación de tu madre; el efecto de sus lecciones cuando te enseñaba a valorar la vida sencilla y modesta del ciudadano común. A mi me hacía falta tu grandeza como ser humano.
—¡Quita tu mano de mi hombro! —dije, molesto. Aparté su mano—. No necesito conmiseración.
—¡No te enfades! —dijiste mientras reías, yo estaba ofuscado—. Si tu voluntad impide reconocer los gestos de tus seres queridos, entonces sigue haciendo caso de tu cabeza hueca.
Me quedé con los ojos, abiertos de par en par, en Tanimura. Supo dirigir la estocada a mis emociones.
—No quiero que nos retrasemos —dije, cansado—. De algún modo te lo compensaré.
—Ordenaremos soba cuando regresemos al departamento. Lo pagas tú —dijo rodeando mi cuello con su brazo delgado. Me aferró a su cuerpo.
—¡Suéltame! —ordené. Ahogaba la risa.
Tanimura, por supuesto, era más alto que yo.
—¿Ahora estás mandón? ¿Quién te entiende? Te molestas por una tontería y, después, quieres mandar a otros. ¿Serás la reencarnación de un sogún o un samurái? ¡Qué suerte que no tienes un sable! —bromeó—. Anduvieras de acá para allá cortando cabezas por ofenderte.
—¡Qué va! No soy hombre de guerra —respondí.
Después de clases, regresamos por la misma ruta. En un punto del camino, Tanimura redujo la velocidad. El cielo se recortaba por los edificios, y el sol estaba oculto, quizá detrás del rascacielos. Nubes menudas flotaban en el lienzo azulado. A la izquierda había un café con sus clientes sentados afuera, bajo la sombra de una sombrilla, oía un pianista tocar en una tienda para atraer clientes, unas chicas vestidas de camareras repartían folletos en una calle estrecha.
—¿Ocurre algo? —pregunté en voz alta.
—Antes de subir al departamento, vamos a sentarnos en los bancos del parque.
—¡Ah!
—El vocabulario es extenso como para responder con una exclamación vaga.
—Está bien, iremos.
—Así me gusta.
«¿Así le gusta que respondan?», pensé.
Cuando llegamos, en una tienda celebraban un evento festivo, no sé de qué. Aparcamos las bicicletas cerca del estacionamiento. Nos sentamos en el banco y dejamos los maletines a un lado. Observamos a una niña que jugaba con las burbujas que su madre creaba con ventilador portátil. Tanimura parecía concentrado en las burbujas que ascendían al cielo.
—¿Jugamos un rato? —preguntó con la mirada en una burbuja.
—De acuerdo —dije como le gustaba que respondieran sus allegados.
Negando con la cabeza, se rio. ¿Qué te causaba gracia ese día? Quisiera me respondieras, Tanimura. A continuación, debutamos unas batallas en pokémon. Teníamos los pies cruzados encima del banco, las pantallas de las consolas estaban frente a frente, casi se rozaban.
Evocando aquel día, tenías una apariencia jovial y alegre. Era el contraste de la tristeza de tu familia.
Los padres de Tanimura discutían y cada año aumentaba la frecuencia de las discusiones. Al parecer, la madre fue infiel. El padre de Tanimura no soportaba la idea de dormir con una mujer que fue penetrada por otro hombre. No era raro encontrar a la madre de Tanimura durmiendo en el sofá de la sala. Me sorprendía que mi amigo estuviera del lado de su madre, la defendía con ahínco.
Hubo una noche que estábamos estudiando, y el padre llegó directamente a golpear a la madre de Tanimura. Fue atroz, Tanimura se abalanzó a su padre y, en consecuencia, recibió un puñetazo que lo tumbó al piso. Yo, como buen amigo, me acerqué y lo arrastré a la habitación. Cerré la puerta, me senté a su lado. Los golpes eran secos, y los gritos sofocados por la pared, nos asustaban. Desde aquella noche, no fui más a su departamento, puesto que algo se había roto, más de lo que ya estaba, en su familia.
¿Creían que los hijos de empresarios multimillonarios no tenían problemas? Una vida de lujo no soluciona los defectos humanos. Precisamente una vida holgada es la que más defectos tiene. Éramos dos niños con padres desentendidos de nuestra existencia. Íbamos a la secundaria solos y, mientras hermanos, padres o abuelos acompañaban a nuestros compañeros, regresábamos solos a un departamento álgido.
Mis padres me trataban como si fuera una mascota, lo que pedía por la boca me lo daban como quien tira una pelota en un parque para que el perro lo atrape. Mi madre no me abrazaba, y mi padre no mostraba interés en mis logros. Por lo tanto, era un chico avezado a la soledad.
¿Qué era yo dentro del núcleo familiar?
Tenía mis razones para considerarme un niño caprichoso, y Tanimura lo sabía. Solo él podía combatir esa coraza materialista de mi alma; solo él podía tenderme una cuerda dentro del pozo de mi soledad.
Aquel día en el banco, frente al edificio, cerca de la festividad del no sé qué en una tienda, y una niña saltando para atrapar las burbujas, recibía una lección silenciosa de mi amigo…, de mi hermano. Él quería regresar al mundo de las cuatro paredes.
—¿Sabes? Puedo llamar a Inagawa y encargar soba —sugerí. Perdía la batalla. Creo que ese Tanimura ganaba en todo.
—¡Hazlo! —dijo sin despegar la vista de la pantalla.
—Tanimura.
Me miró, sus ojos expresaban tristeza.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Sí —mintió.
Sabía que mentía por su tono de voz. Desconocía que lo afligía.
Llamé a Inagawa, un empleado de confianza de mi padre, y ordené dos platos de soba, especifiqué que fuera del mejor local.
—Hablaré con tu padre —dijo Inagawa antes de colgar.
Siempre hablaba con padre antes de atender mi petición, pues padre era su jefe directo. Inagawa, por muy extraño que parezca, no estaba ocupado en los momentos que se me antojaba comer algo. Además de su apariencia peculiar, dado que era un hombre gordo, calvo, con lentes redondos, nariz gruesa con una verruga, orejas grandes, líneas montañosas en su frente, tenía un aura umbría alrededor del cuerpo. En ocasiones, solía recogerme cuando estudiaba en la escuela primaria. Aparecía trajeado con una corbata roja. Inagawa nunca olía mal. Era un sujeto pulcro y, tal vez en exceso, silbaba el himno de j***n de regreso a casa. Quizá era descendiente de un linaje samurái, aunque, en el presente, lo sigo dudando.
—El viejo Inagawa…
—Debe tener unos cuarenta años —interrumpí.
—No es tan viejo, pero su aspecto da miedo. ¿Tiene esposa?
—Nunca habla de su vida personal.
Inagawa era un caja sellada. Una vez le pregunté sobre su familia y se limitó a responder: «No tengo». Por mucho que traté de sonsacar la respuesta, no quiso hablar de ello. Silbaba el himno de j***n para evitar contestarme.
—Es un sujeto raro. ¿De dónde lo sacó tu padre? —preguntó Tanimura, fruncía el ceño.
—El tipo laboraba con mi padre antes de mi nacimiento —expliqué.
—Una reliquia empresarial.
—No solo eso, también trabajó con mi abuelo.
—¿Y tiene cuarenta años?
El enigma de la edad de Inagawa, puesto que mi padre tenía cincuenta años.
—No debí creerle cuando me dijo su edad. Ese tipo debe tener más de setenta, pero no lo aparenta —dije, impresionado.
—Cuando venga, se lo preguntaré, directo y sin vacilación.
—Se pondrá a silbar el himno de j***n y se irá. Es un misterio.
El auto de Inagawa, un mustang n***o con vidrios ahumados, estacionó cerca de nuestras bicicletas. Descendió del auto, miró hacia la festividad del no sé qué en la tienda. Aplaudió y asintió severamente. Tanimura y yo lo contemplábamos, absortos por su comportamiento peculiar. Luego, Inagawa, exclamó, alzando un dedo al aire, una palabra, que no escuché, como si se hubiera acordado de algo. Entonces, abrió la puerta del copiloto y sacó una bolsa con dos bol de soba y dos latas de Coca-Cola, cerró la puerta del auto con el talón del pie derecho y se acercó a nosotros. Tragamos saliva.
—¡Buenas tardes! —dijo con voz militar—. Traigo la orden del señor Okada.
—¡Gracias Inagawa! —dije para que se fuera lo antes posible. Había gente alrededor que lo veía.
—¿Señor Yoshimoto? —Vio a Tanimura.
Tanimura tragó saliva.
—No responderé a su pregunta. Sin embargo, es mi deber informar el regreso de tu madre. Debes contar dos días y dos noches —notificó.
Estábamos horrorizados por los poderes paranormales de Inagawa. No había otra explicación para que supiera sobre la pregunta de Tanimura.
—¿Cómo sabes que mi madre no va regresar hoy? —preguntó Tanimura, nervioso—. Tú no trabajas para nosotros, eres empleado de los Okada.
—Sea o no empleado de los Okada, no puedo soportar el sufrimiento ajeno. Cuenta dos días y dos noches. Cuando tu madre regrese, abrázala muy fuerte, lo necesitará.
—¡Basta Inagawa! —grité al ver que los ojos de mi amigo estaban anegados en lágrimas—. Te pedí dos soba, gradezco tu consideración por traer dos latas de Coca-Cola. Puedes irte, por favor, no sigas inquietándonos con tu presencia.
Inagawa dejó los platos en silencio.
—Disculpa —murmuró e hizo una reverencia. Sus manos estaban cubiertas por dos guantes blancos.
Miró por largo rato a Tanimura, luego me miró a mí.
—Vete —dije, aunque en el fondo me dolió gritarle.
Silbando el himno de j***n, se marchó.
—Podemos comer…
—No tengo hambre.
Un agujero se denotaba detrás de los ojos empañados de Tanimura. Maldije a Inagawa y sus palabras extrañas.
—¡Yo sí voy a comer! —Abrí la bolsa.
Cerramos las consolas. Mientras comía, Tanimura, en silencio, veía el cielo. Unas aves gorjeaban en las ramas de los árboles.
La vida de Tanimura Yoshimoto cambió cuando Inagawa acertó. Aquella noche, su madre no había regresado. En vista de la situación que le preocupada, pues a su padre lo traía sin cuidado, contó dos días y dos noches. No asistió a la secundaria durante esos dos días y dos noches. Incontables veces lo llamé por teléfono, pero no contestaba. Habían tareas pendientes. Corría a tocar su puerta y no respondía nadie. Dos soles y dos lunas, eran cuatro o dos días, no lo entendía.
Extrañaba a mi amigo, veía las bicicletas en el estacionamiento, solas. Para mantener el espíritu de Tanimura vivo, iba a la secundaria en bicicleta, pero no era lo mismo, realmente Tokio no era la misma ciudad sin él. «Debes contar dos días y dos noches». Había pasado una semana desde su aparente desaparición.
Mis padres, cuando regresaban de dirigir la empresa, hablaban con normalidad en la sala antes de dormir, yo escuchaba para saber si mencionaban a mi amigo o a su padre, pero nunca hablaban de ellos, por tanto, terminaba oyendo banalidades. Al dormir, sentía que una mano gélida se apoyaba en mi hombro, una mano gélida que podía atravesar la piel y congelar mis pulmones.
Las tareas se acumulaban, una tras otra, Tanimura seguía sin aparecer.
Un fin de semana, casi al comienzo de la tercera semana de ausencia de mi amigo, recibí una llamada: Tanimura.
—¡¿Dónde diablos estás?! —pregunté—. Tienes un millón de tareas y trabajos por entregar.
—No me importa —respondió, frío—. Tampoco te importa mi paradero.
—¡No seas idiota!
—A ti te importan mis tareas y trabajos por entregar, mas no te importa cómo me siento.
—¿Qué pasa contigo? Iré al apartamento…
—No estoy en el apartamento.
—¿Dónde estás?
—No te importa.
Guardé silencio.
—¿Para qué llamaste? —pregunté, molesto.
—Sigo vivo, te llamé para decírtelo.
Colgó. Tiré el teléfono y emití un suspiro.
Aquella noche, cuando mis padres llegaron, me enteré del intento de s******o de la madre de Tanimura. Por poco, su madre, había muerto en la vías del metro. La causa fue un ataque de histeria por el abuso físico de su marido.