Harumi y Naomi (1)

2027 Words
Aquella noche, Harumi, preocupada, subió el Tokio Skytree. —¡Naomi! Giré, calmada. Mis ojos inexpresivos veían a Harumi. Ella respiraba, agitada; sus zapatos con tacón sonaron cuando se acercó. Harumi vestía el uniforme de camarera de un café; sus cabellos se meneaban por su andar. Esa vez no me regañó. Se quedó parada con los puños en la cadera. —Bajemos —me ofreció su mano, yo la acepté. Descendimos. Creí que íbamos al apartamento, pero me llevó a un local de comida cerca de la torre. Una vez que entramos, vimos la hilera de sillas. No había tantas personas, la música era agradable y olía bien. —Siéntate, voy a pedir dos sándwiches —dijo. —¿No tenemos pan en la casa? —repliqué, pero Harumi ya estaba ordenando dos sándwiches. Regresó con dos botellas de agua. —No sería mala idea quitarte la mesada. —Se acomodó en la silla—. Trabajo para ambas. A tu edad compraba golosinas o reunía para ir al parque con mamá. No empleaba el dinero para escapar. Mantuvo la mirada en mí durante unos segundos. Yo estaba callada y no pensaba en nada. —Hasta sabes qué línea tomar para llegar a tu destino. —Entornó los ojos. Siempre que los entornaba , sentía que escrutaba algo en mí. Suspiró, cerró los ojos, abrió la botella y bebió agua—. La primera vez te regañé; la segunda vez te pegué por tu indiferencia, pues estaba harta de tu silencio; la tercera vez me resigné. Al fin y al cabo, todos nos resignamos alguna vez, incluso de nuestra tristeza. No respondí, estaba confusa. —Naomi es un nombre rebuscado. ¿No decía Tanizaki? Hasta hay una novela con tu nombre. Pero tú no eres como la Naomi de Tanizaki, al contrario, eres una niña distinta. Las demás niñas juegan, parlotean, ríen, corren de acá para allá. Tú no haces nada de eso, te limitas a estar callada y esa actitud me molesta. —Bebe agua y me vuelve a mirar—. Quisiera abrir tu cabeza y tratar arreglar el defecto de tu cerebro. —Si fueras como mamá —susurré. —Mamá está muerta, entiéndelo —odiaba cuando lo decía—. Los muertos no regresan por mucho que los sigamos llorando. —Yo quiero mantener la memoria de mamá en mi cabeza —dije con un tono desafiante, mis manos temblaban en la botella. —Naomi. —Harumi tomó mi mano, decidí no verla de soslayo. Conectamos nuestras miradas lacrimosas—. Estamos solas en este mundo, hago lo posible por salir adelante. Desconoces el peso que tengo encima, pero a ti no te considero un peso, eres mi hermana. Sé que no soy como mamá, no puedo superarla. Intento lo que puedo para equilibrar mi estudios, el trabajo y mi relación contigo. —Sentí la fuerza de su mano en mis dedos. La seguridad de sus palabras llegaban a mi alma, como una piedra al tocar fondo en un pozo—. ¿Qué ocurriría si te pierdo? —Nada. —¿Nada? —Movió los ojos y su cabeza, negando—. Cuando me levanto para acompañarte a la escuela, veo todos los días mi razón para vivir. —¿El Sol? —No pude evitar una sonrisa. —¡No seas tonta! —Se rio y apretó mi mano—. A ti. —¿Cómo puedo ser tu razón para vivir? Harumi miró la botella de agua. —No lo entenderás hasta que crezcas. Por ahora eres una niña, no tienes responsabilidades. —¡Claro que las tengo! Harumi arqueó una ceja. —¿Las tareas escolares? ¡Tienes un montón por hacer! —Me señaló como solía hacer mamá. —También limpio el apartamento —añadí en voz baja. —Lo sé, me quitas peso. —Me rodeó el cuello con su brazo—. ¿Quieres ir al parque? —¿En Ueno? Asintió. —A esta hora no puede ser —dije, eran casi las ocho de la noche. Puso los ojos en blanco. —¡Cuando tenga días libres! —exclamó al techo. —Siempre duermes esos días. —Ya no dormiré esos días. Haré acopio de mis fuerzas y saldremos en mis días libres —declaró. —¡Disculpen! —dijo el muchacho con los sándwiches. —¡Gracias! —dijimos casi al unísono. Cuando se retiró el muchacho, empezamos a comer. Tenía un apetito atroz. —No te atragantes —dijo Harumi, abriendo mi botella de agua—. Bebe un poco. —Hermana —dije después de beber agua—. ¿Por qué no fuimos a casa? —¿Lo dices por nuestro dinero? Asentí, despacio. —La vida es corta a medida que cumples años. Los latidos están contados cuando nacemos. ¿Sirve de algo retener el dinero en una cuenta de ahorros? Por esta tontería no vamos a pasar hambre mañana, te lo aseguro —contesta, luego dio un mordisco al sándwich—. El dinero no compra los momentos, solo es un apoyo para hacerlos real, dado que la esencia está en las personas que nos importan. —¿Vivimos suficientes momentos con mamá? —Murió con una sonrisa. —Dejó de comer, apartó el plato. —¿Por qué no me dejaste verla? Harumi duró unos minutos en silencio, escogía las palabras adecuadas. —No quería que vivieras con esa impresión —dijo finalmente—. Aún sueño que nos gritaba, pero eran gritos silenciosos. Su alma nos necesitaba, y no encontraba la forma de expresarlo. —Calló por unos breves segundos—. Mamá era una muralla que ocultaba la devastación de su ser interior. —Hermana, ¿tú eres una muralla como mamá? —pregunté. El brillo de los ojos de Harumi se apagó, una lánguida sombra absorbió la luz de su ánimo. Ella descansaba su mentón en un puente hecho con los dedos. Los codos estaban apoyados en la mesa. Miré alrededor, quedaban tres personas en el local, iban a cerrar. —Naomi, ¿vas a terminar de comer? —respondió—. Es tarde, debemos regresar. —¿No vas a responder mi pregunta? —insistí. —¿Quién era el chico que te observaba en la torre? —preguntó de improviso. Ese día no tenía idea a quién se refería. —No sé de qué hablas —contesté con un tono de sorpresa. —Había un chico, muy guapo, que tenía sus ojos en ti. —No lo sé, estaba enfocada en la ciudad. —Encogí los hombros. —Eres tan despistada. —Recuperó el brillo en sus ojos—. Sus padres, supongo que son sus padres, vestían muy bien. No dudo que sea hijo de empresarios. Me sorprendió que le gustara una chica vulgar como tú. —¡Mira quién habla de vulgar! —espeté, indignada. —¡Es una broma! —Alborotó mi cabello, era la única persona que tenía el derecho de hacerlo—. ¿Vas a terminar de comer? Es la segunda vez que te lo pregunto. Ella pidió que envolvieran su sándwich. Al salir del local, admiramos la majestuosidad de la torre. Su brazo me atrajo a su cadera, era pequeña todavía. —A menudo, tú y mamá venían a la torre —dijo Harumi—. Ahora lo entiendo. Caminamos hasta la estación Oshiage. Compramos los boletos del metro. Antes de abordar el metro de la línea Asakusa, Hirumi compró una barra de chocolate. —Para ti. —Acepté la barra. Durante el viaje a la estación Higashi-Nihombashi, hermana se quedó dormida. Su cabeza estaba inclinada, tenía los brazos cruzados. En la parada de la estación Asakusabashi, su cuerpo se balanceó ligeramente hacia mí. Usé mi hombro para que su cabeza tuviera un apoyo. No había notado su rostro cansado, dormía sin importarle el ruido. Cuando llegamos a la última parada, la desperté. —Disculpa, estoy cansada —dijo después de bostezar. Yo respondí con una sonrisa. Caminamos hasta la siguiente estación y abordamos el metro de la línea Shinjuku. Se volvió a quedar dormida, pero mi hombro estaba allí para su cabeza. Ya faltaba unos treinta minutos para las nueve de la noche cuando llegamos a Shinjuku. —Pediré un taxi —dijo. —Vivimos cerca, no hace falta pagar un taxi —aclaré. Ella respiró profundo. —De acuerdo. —Sonrió—. Toma mi mano. Anduvimos por una calle estrecha. Las personas transitaban, ensimismados en sus asuntos. Una tienda de ropa me cautivó, pero en cuanto doblamos una esquina, volví a embelesarme con la magia nocturna de Shinjuku. Es raro que una japonesa hable de la belleza de un sitio que recorrió todos los días, pero Shinjuku, para mí, es especial. Cuando llegamos al apartamento, nada más entrar, un gato blanco nos maulló. Harumi encendió la luz. El felino tenía la cola levantada. No resistí el impulso de acariciarlo, recostó su testa felpuda en mi piel mientras ronroneaba. —¿Y este gatito? —pregunté. —Es tuyo. —Harumi apoyó la espalda en la pared—. Te hará compañía cuando no esté. —No me inquietes. —Volteé para encontrarme con su cálida presencia. Harumi seguía allí. —No exageres. Ya tienes doce años, pronto entrarás en la secundaria y dejarás de ser una niña —explicó—. Yo continuaré trabajando y estudiando para construir un futuro contigo. El gato te hará compañía los días que no pueda llegar temprano, ¿entiendes? No me iré de tu lado. —Está bien —respondí y regresé a acariciar el gato. Harumi sacó una lata de cerveza y un jugo de cartón de la nevera ejecutiva. Nos sentamos en el balcón a escuchar el follaje de los árboles del parque central. —Hay un libro de Sōseki Natsume en la biblioteca de mi habitación. Puedes leerlo. —¿Es la novela sobre un gato? —Correcto. El gato es el protagonista, te gustará. —Hermana, estás seria. ¿Ocurre algo? El gato estaba en mi regazo, sentía su respiración, movía la cola como si fuera un látigo. —Nada especial que contar, supongo —contestó. Bebió cerveza. Parecía como si preparara un discurso—. Naomi, no quiero que vuelvas a escapar. Tienes un gato, una cama, una hermana que te quiere, y un futuro por vivir. —No lo haré. —Hoy dormirás conmigo, tenemos tiempo que no dormimos juntas. Luego de conversar banalidades en el balcón, Harumi se fue a bañar, y yo me quedé viendo televisión con el gato en el regazo. Después era mi turno de entrar en la ducha. Cuando salí, Harumi me esperaba en la habitación. El libro de Sōseki Natsume estaba en la mesa de noche junto a su laptop. Mi hermana tenía una mirada melancólica, expelía un aura contristado. ¿Has sentido cuando una persona se siente mal y no lo expresa? Así se sentía mi hermana. Me quedé plantada en el quicio de la puerta, observándola. Veía una muralla. —Apaga la luz —dijo, tenía preparado el lado de la cama donde iba a dormir. Sumidas en la fría oscuridad, aisladas del mundo exterior, nos abrazamos. Creí sentir sus lágrimas en mi piel, pero ella no lloraba, al contrario, yo estaba llorando. Su aroma, sus latidos, su calor, su aliento, todo me recordaba a mamá. En el transcurso de la madrugada, el gato se metió debajo la sábana. Harumi parecía invernar, ningún ruido ni movimiento la despertaba. Me levanté para ir al baño. Después de orinar y lavarme las manos, fui a la sala. Encima de la mesa estaba una revista dedicada a mujeres solteras. La sostuve para hojearla y, para mi sorpresa, se cayó un marca páginas. Impulsada por la curiosidad, abrí la revista en la página marcada. Era una columna extensa en el que abundaban consejos para madres principiantes. Harumi había estado leyendo estos consejos. No pude evitar tirar la revista en la mesa y regresar a la cama. Tomé su brazo para que me rodeara. Seré el motivo y el sol de la vida de Harumi, mi hermana.
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