Cap. 25: La verdad sobre mi origen.

1092 Words
Cap. 25: La verdad sobre mi origen. Antonio trató de fingir para no evidenciar lo molesto que se encontraba por la relación de los jóvenes, sumado a que le parecía una locura adoptar a un niño; ellos dieron una versión de la historia que a Eduardo le encantó. Su amigo siempre era un idealista, no veía mal que su nieto quisiera adoptar a un niño con probable discapacidad; le serviría para ser reconocido como "altruista", pero arrastrar a esa locura a su nieta no lo permitiría. La mirada y postura de Antonio demostraban que tenía muchas preguntas sobre la vida de Renata que no se atrevía a decir abiertamente. Este hombre pasó veinticinco años con la duda de qué fue lo que sucedió con su hija. Tenía los medios para averiguarlo, pero el orgullo y el miedo al rechazo evitaron cualquier tipo de acercamiento. Eduardo, que a diferencia de sus amigos creció en el campo rodeado de vínculos afectivos muy fuertes, se atrevió a preguntar: era más fácil "quitar la bandita de un tirón" a seguir esperando algo. Siempre se burlaba de Antonio, que Renata descubriría su vínculo cuando le informaran de que recibiría una herencia, algo que molestaba a Antonio, pero que con los años tomó fuerza. Eduardo: - Renata, ahora que seremos familia, ¿podría preguntarte sobre tu madre y tu padre? - lo decía en un tono tan calmado y amable que Renata se sintió cómoda de hablar. Renata: [con algo de vergüenza, tantas veces se burlaron de ella en la escuela, que sentía cualquier pregunta como una amenaza] - Mi papá es médico y mi mamá falleció cuando era pequeña, por lo que no tengo más que fotos de recuerdos. Los dos hombres se pusieron pálidos y soltaron los cubiertos. Antonio colapsó y comenzó a llorar: "Consuelo, Consuelo, no me pudiste dejar". Eduardo lo abrazó, mientras los jóvenes se miraban sin entender. Renata, consternada, preguntó: "Sr. Antonio, ¿conocía a mamá?", pero el hombre no respondía. Eduardo, preocupado por sus problemas cardíacos, pidió a Renata que lo ayudara a llevarlo a su casa, dejando a Rodrigo que se encargara de pagar. Eduardo rebuscó entre las pertenencias del hombre, sabía que tenía unas píldoras para estas situaciones, pero el pastillero tenía demasiadas. Eduardo era un hombre que no conocía de medicación, ya que era un hombre muy sano. Renata le quitó de las manos el pastillero y puso bajo su lengua nitroglicerina. No era médica, pero sabía nociones básicas para emergencias médicas. Renata: "Sr. Eduardo, ¿qué es lo que está sucediendo?" - lo dijo en un susurro mientras llevaban a la mansión de los Méndez. Eduardo: "Cuando se estabilice te explicaré, hace mucho deberías conocer la verdad; solo por respeto me mantuve al margen, pero ya no puedo callar más". Renata: - Creo que sería mejor ir a una clínica. - Estaba preocupada. Eduardo: - Su casa tiene todo lo necesario, odia los hospitales - sabía que Antonio sobreviviría, de no hacerlo, lo buscaría en el inframundo y lo traería si lo dejaba solo para lidiar con sus problemas que ahora lo involucraban también a él. Al llegar a la residencia de los Méndez, el lugar era imponente, grandes jardines y mucha seguridad. Renata quedó asombrada, en realidad, porque, por más que fue a un colegio tan caro, nunca tuvo acceso a lo que eran sus casas. La única que conocía era la de Rodrigo. Después de ver tanta opulencia, entendía un poco por qué no encajaba en su colegio. El personal rápidamente la llevó a su habitación. Todos la miraban como si vieran un fantasma, lo que la incomodó mucho, pero Eduardo se encargó, con una mirada, de mantener todo bajo control. Su equipo médico lo esperaba en su habitación. Ellos lo estabilizaron de forma rápida y destacaron que, gracias al actuar de Renata, no pasó a mayores. Luego de que todos se tranquilizaran, Eduardo la llevó a un jardín interno y pidió que le trajeran un té de valeriana y tilo. No sabía si era un calmante o no, pero Gloria siempre le daba esa mezcla cuando la situación se ponía tensa. - Renata, te diré todo lo que sé - odiaba tener que hacerse responsable de los problemas de otros. Renata sentía que su corazón se apretaba por el miedo a lo que le dirían, fueron pocos los días donde se pudo ilusionar con una vida feliz y normal, odiaba creer que su vida sea tan desafortunada. -Renata, eres hija de Consuelo Méndez, la única hija y heredera de Antonio. Ellos tuvieron un malentendido antes de tu nacimiento y fue por eso que se distanciaron. Tu abuelo es un hombre muy cerrado y las reglas sociales de nuestro círculo son muy estrictas, supongo que por eso actuó de esa manera. Pero no es un mal hombre, en nuestro mundo los escándalos se manejan de esa forma. Quería darle el espacio para asimilar la información antes de proseguir con la verdad que nadie quería reconocer. Renata le pidió que le contara todo, su vida era una mentira y quería toda la información. Eduardo respiró profundo: tu madre era una joven excelente, el orgullo de Antonio. Su vida estaba planeada desde el día en que nació, fue a la misma academia que tú y Rodrigo, era tutora y tenía un compromiso para cuando terminara su carrera universitaria. Pero como cualquier ser humano se enamoró de un chico con mala reputación, no puedo decir que sea alguien que me agrade, nunca pudimos saber a ciencia cierta qué fue lo que sucedía. La gente rumoreaba sobre ellos, pero él tenía una relación paralela con la hija de la empleada doméstica y tuvieron una hija, Ángela, obvio que registrada con apellidos no vinculantes a la familia. Tu abuelo no podía creer que tu madre había "arruinado su futuro" por ese hombre y como un tonto le pidió que interrumpiera... [no pudo decirlo con sus propias palabras] ella huyó y nunca más supimos de ella, tu abuelo se sintió herido y pensó que se había fugado con ese hombre. Hasta el día que te vimos en el restaurante, tu abuelo logró conseguir una muestra para confirmar lo que nuestros ojos veían y bueno, durante años le pedí que ceda en su orgullo, pero siempre sintió vergüenza por lo que le pidió a tu madre. El brillo en los ojos de Renata desapareció, se encontraba pálida, carente de vida. Sin decir palabra, se levantó y caminó despacio; todos la miraban preocupados. Muy pocos eran conscientes de la fragilidad mental de la joven.
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