Como prometió Herman, ahora pasábamos más tiempo juntos. Cada día me despertaba entre sus brazos, íbamos a correr, nos duchábamos a la vez, desayunábamos en compañía de Sofia y los vigilantes, durante los cuales él era uno más y no el señor Davydov. Después me daba un beso e iba al trabajo, como si fuéramos una pareja y ese tipo de ternura era un ritual diario. Yo me ocupaba de mis estudios y entrenamientos. Era imposible que viniera a comer al medio día para casa desde la capital, pero siempre procuraba volver más temprano. Nosotros dábamos largos paseos por las tardes y hablábamos mucho. - Cuéntame, ¿cómo es un consejo? ¿Cómo que la guerra se acabó? ¿Y justicia? ¿Nadie respondió por los hechos? – pregunté. - Mi, pequeña y dulce Tina, los grandes negocios son como un mundo paralelo. T

