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1688 Words
Una vez finalizada la cena y tras despedir a los invitados, Kelly entró en la habitación de su hija. Se acomodó a su lado en el borde de la cama, le acarició con ternura el cabello rubio y preguntó en un susurro: —¿De cuántos meses estás, mi amor? —No lo sé con exactitud... pero solo estuve con una persona, y eso fue hace más de un mes. Kelly ladeó la cabeza, consternada por la noticia. —¡Qué falta de prudencia, Emilia! —reprochó con mezcla de indignación y dolor—. ¿Y qué dice tu novio al respecto? Emilia le sujetó las manos con firmeza. —Mamá... —Un nudo sofocante le cerró la garganta y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas—. No sé quién es el padre. Kelly se puso en pie de golpe, contemplándola con el ceño fruncido y la mirada desencajada. —¿Qué estás diciendo? ¿Cómo que no sabes quién es el padre? ¿Y Byron? ¿Acaso no es tu pareja? ¿No fue con él con quien estuviste esa noche? Emilia negó en silencio y, haciendo un esfuerzo sobrehumano por articular palabra, confesó lo ocurrido durante su cumpleaños. —La noche de mi fiesta, alguien vertió alguna sustancia en mi bebida... y desperté en una cama junto a un desconocido. —¿Te adormecieron? —A Kelly la mente se le llenó de oscuros presagios del pasado. A pesar de haber luchado durante años por proteger a su hija de hombres desalmados, no había podido evitarlo. Ahora su pequeña enfrentaba una pesadilla similar a la que ella misma padeció, y el sentimiento de culpa la devoraba por dentro. Se recriminaba no haber sido la madre protectora que su hija necesitaba en aquel momento tan vulnerable. —Perdóname, mamá. Te juro que no fue algo voluntario. Alguien manipuló mi trago, no recuerdo ni cómo llegué a ese lugar. Kelly la estrechó contra su pecho con fuerza, dándole besos en la cabeza mientras la acunaba. —No tienes nada que perdonarte, vida mía. Tú eres la víctima en esto. La culpa es mía por haber bajado la guardia; fui yo quien falló como madre. Desprendiéndose con gentileza del abrazo y mirándola con los ojos anegados en llanto, Emilia protestó: —Eso no es verdad. Eres la mejor madre del mundo, te has desvivido por nosotros. La única responsable de esta imprudencia soy yo, por insistir en salir a celebrar mi mayoría de edad. Aunque tú y papá tenían sus reservas, me empeñé en demostrar que podía cuidarme sola... y no fui capaz, mamá. No pude. —Solo buscabas disfrutar de la misma libertad que tus amigas. No te recrimines, mi niña. La atrocidad fue de aquel sujeto que se aprovechó de ti —dijo Kelly tomándole el rostro entre las manos—. ¿Estás completamente segura de que no fue tu novio? Emilia asentió. —No fue Byron. Él pasó la noche con Bahjar. Mientras a mí me vulneraban de esa forma, él intimaba con mi mejor amiga. Lo sé porque cuando logré salir del motel fui a su casa y los encontré juntos en la cama. —Mi vida... ¿por qué te guardaste este dolor tan grande? ¿Por qué no acudiste a nosotros? Fundidas de nuevo en un abrazo, madre e hija lloraron juntas hasta agotar las lágrimas. Aquella noche Kelly no halló el descanso; a medianoche se levantó en silencio y se sentó en el balcón a contemplar la penumbra, dejando que el llanto fluyera en la soledad. Por más que Emilia intentara reconfortarla, sentía que había fallado en su deber supremo: proteger a su pequeña. Sintió unas manos cálidas sobre los hombros y se apresuró a secarse el rostro. —Mi vida, ¿qué haces despierta a estas horas? —preguntó Justin con voz serena. A pesar de sus esfuerzos por disimular, la fragilidad de Kelly fue evidente. Se giró para refugiarse en el pecho de su esposo y rompió en un sollozo ahogado. —Soy una pésima madre... Una terrible madre. No supe protegerla, le fallé por completo. —¿De qué hablas, corazón? —Justin le tomó el rostro con sutileza—. Por favor, dime qué ocurre. ¿Por qué te pones así? —Se los explicaré a todos mañana —respondió ella dirigiéndose a la cama. Justin, conociendo el carácter de su esposa, prefirió no presionarla esa noche. Al día siguiente, la familia Cásper se reunió en pleno. La noticia del embarazo de Emilia cayó como un balde de agua fría, dejando un silencio sepulcral en la sala. La primera en reaccionar fue Marta —abuela paterna de Emilia, madre de Enrre y ex suegra de Kelly—, quien no dejó pasar la oportunidad para desacreditar la labor de Kelly como madre. Marta se levantó de golpe y le propinó una bofetada a Emilia, dejándole la mejilla encendida. —¡Eres una desvergonzada, exactamente igual que tu madre! La sala estalló en indignación, pero fue Kelly quien dio un paso al frente para encarar a la anciana. —¡No vuelva a ponerle una mano encima a mi hija, Sra. Marta! —¡Soy su abuela y tengo la autoridad para reprenderla! ¿O pretendes que celebre semejante deshonra? ¡Una joven de buena familia embarazada fuera del matrimonio! —espetó la mujer con desprecio abrumador. —Sé que la situación es complicada, pero soy su madre y la educación de mi hija me corresponde únicamente a mí. Marta soltó una carcajada destemplada. —¿Tú educarla? ¿Con qué solvencia moral pretendes guiarla si tú misma...? —¡Madre! —rugió Enrre con voz atronadora—. ¡Suficiente! —¡No me vas a hacer callar! —replicó dirigiéndose a su hijo, para luego fijar la mirada en Emilia y su hermano Emir—. Ya es momento de que sepan que esta mujer a la que llaman madre fue la responsable indirecta de la pérdida de su padre. —¿Otra vez con esas difamaciones? —intervino Lilly con firmeza—. ¿No se cansa de esparcir veneno contra mi hermana? —¡Tú te callas! —Marta miró con dureza a Lilly, luego se giró hacia Justin y bramó—: Este hombre era el amante de tu hermana cuando pobre hijo aún vivía. Le era infiel con él, por eso apenas salió de prisión, corrió a casarse con él. —Eso es una calumnia —intervino Justin para defenderse—. Jamás mantuve una relación con Kelly mientras Emir estuvo con vida. Lo nuestro ocurrió mucho antes de que ellos se casaran... —¡Ja! ¡Qué conveniente historia! —se burló Marta. —¡Basta ya, madre! Nos vamos a casa ahora mismo —ordenó Enrre sujetándola del brazo. —¡No me iré a ninguna parte! —Marta se desprendió con brusquedad y encaró a Emilia de nuevo—. Resultaste ser una mujer de cascos ligeros, tal como ella. —¡Hasta aquí llegó esto! —Lilly se interpuso tajante—. No voy a permitir que siga insultando a mi sobrina ni a mi hermana en mi presencia, ¿le queda claro? —Tú no eres nadie para prohibirme nada —la hizo a un lado y volvió a dirigirse a Emilia—: Vas a interrumpir esa gestación, porque ese engendro solo traerá deshonra a esta familia. Aunque viniendo de la estirpe de tu madre, nada debería sorprenderme. Son todas de la misma clase. —¡Es todo, señora! —Justin la tomó firmemente del brazo, caminó hacia la salida y abrió la puerta—. No le toleraré un solo insulto más hacia mi esposa en mi propia casa. Vaya a descargar su amargura a otra parte. Tras sacarla, cerró la puerta de golpe, apoyó la espalda en la madera y dejó escapar un hondo suspiro. —Lo siento, Enrre —dijo mirando a su amigo. A Enrre le dolía la humillación sufrida por su madre, pero prefirió guardar silencio; comprendía que, de no haber intervenido Justin, él mismo habría tenido que sacarla a la fuerza por la gravedad de sus palabras. Desplazando el malestar, centró su atención en Emilia. —¿Quién es el responsable de ese embarazo? ¿Vas a darnos un nombre? Emilia buscó la mirada de su madre. Kelly dejó correr una lágrima y respondió con la voz quebrada: —No hay un padre a quien reclamar. —¿A qué te refieres con que no hay un padre? —cuestionó Justin desconcertado. Emilia se dejó caer en el sofá y rompió en un llanto amargo. Lilly y Kelly se apresuraron a abrazarla y darle soporte. —A mi hija la adormecieron esa noche... abusaron de ella —confesó Kelly entre sollozos. —Maldita sea... —murmuró Enrre. Tanto él como Justin apretaron las mandíbulas y los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos. —¡¿Por qué no nos dijiste nada desde el primer momento?! ¿Quién fue el miserable que cometió semejante atrocidad? —exclamó Justin fuera de sí, con el rostro enrojecido por la rabia e impulsado por un instinto protector irrefrenable. —Sentía una vergüenza enorme... Tenía pánico de decepcionarlos a ustedes y a mi familia —explicó Emilia entre lágrimas. —Tú no tienes absolutamente nada de qué avergonzarte, mi amor. No cometiste ninguna falta; el único criminal e infeliz aquí es quien se aprovechó de tu vulnerabilidad —enfatizó Justin acercándose. Emilia miró a Enrre y luego se levantó para encarar a su padrastro. —Tío... por favor, perdónenme. Papá, lo siento tanto... —No hay nada que perdonar, mi vida —respondió Justin estrechándola contra su pecho y besando su frente. Mientras tanto, Enrre mantenía la mirada fija en un punto sombrío del salón, procesando la gravedad de la revelación. —Quiero el nombre de la discoteca donde estuviste —sentenció Enrre con voz gélida y cargada de determinación—. Voy a dar con ese cobarde y te juro que pagará muy caro lo que te hizo.
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