Meral detuvo el movimiento de sus labios cuando aquel hombre no hizo por corresponder a su beso, Iker estaba parado como una estatua y sus labios no se movieron ni un instante. Con su mandíbula tensa que hacía palpitar su cartílago de la quijada y una mirada frívola, la observó. Sin despegar la vista de los negros ojos de Iker, Meral se retiró lentamente, tragó grueso y sintió vergüenza al verse completamente desnuda. Iker bajó la mirada, pero la posó en la pequeña toalla que se encontraba en el suelo, seguido la recogió y regresando la mirada fúnebre a Meral se la entregó —Haré de cuenta que esto, nunca sucedió—, dijo, y sin emitir más palabras se dirigió al baño, se paró frente a él espejo y movió la cabeza. Era inaudito para él que una mujer como ella, a la cual siempre vio y consideró

