Recibí la llamada de Enrre y salí a toda prisa de la habitación, mi amigo me necesitaba y no podía dejarlo ahí. Caminé hasta el jardín para despedirme de mi esposa. —¿Dónde vas? —Eh, Leopoldo me necesita en la oficina. Le di un beso a Emilia y salí de casa. En un par de minutos ya estaba en el bar donde se encontraba Enrre. Coloqué mi mano sobre su hombro y regresó a verme con los ojos rojos, había llorado y tenía que saber ¿Por qué? —¡Gracias por venir! — hizo un leve movimiento al vaso que contenía en su mano, luego lo levantó y absorbió hasta la última gota de licor. —Puedo saber, ¿por qué estás así? No debía ni haber preguntado por qué estaba así, era lógico que la muerte de Marta y la enfermedad de su hijo le estaban consumiendo. —No quiero que mi hijo pase por las diálisis,

