Bajamos a la recepción para preguntar por el señor Pernos creyendo que él podría echarnos una mano con nuestro asunto, básicamente porque debía ser el causante de semejante aberración y consiguiente desesperación. Esta nueva situación nos obligaba in extremo a dejar pasar por alto la tensión s****l no resuelta entre Giselle y yo, además de su pronta ruptura. O mejor hablaba por mí, que siendo el portador de semejante cuerpo no podía dejar de pensar un momento en cómo sería gozarla desde mi verdadera posición. Giselle tenía un cuerpo que invitaba al pecado y no el original, el pecado más enrevesado, pues había imaginado poseerla de mil maneras posibles. Su cintura era marcada, y las caderas sobresalían, creando una curva perfecta que terminaba en unas piernas seductoras y fuertes, de esas

