El derrumbe de los espejismos El sol de Vermont ese viernes no era el abrazo cálido que uno esperaría de un verano que agoniza; era un peso muerto, un calor sofocante que se pegaba a la piel como una premonición. Tres semanas habían pasado desde que Marks, en un arranque de irritabilidad que yo atribuí al agotamiento, me gritara en medio de la sala por un detalle insignificante. Tres semanas en las que el silencio en nuestro departamento se había vuelto tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Pero ese día, yo estaba decidida a ignorar las grietas. Caminé por la acera con un vigor que no sentía hacía meses. En mi bolso descansaba mi primer cheque del bono por cumplimiento real de la firma de finanzas. No era una propina de cafetería, ni un estipendio de beca; era el fruto de mi

