El arquitecto de espejismos
NARRADO POR MURPHY JONES
El segundo año de universidad llegó con un cambio de ritmo que aún me costaba procesar. Gracias a la "reestructuración" de mi beca —que Emma juraba que era pura meritocracia, aunque yo sospechaba que el universo no solía ser tan generoso sin una ayuda tejana—, mi vida dejó de ser una carrera de obstáculos por la supervivencia física. Por primera vez en años, mis manos no estaban agrietadas por el jabón industrial y mis pies no dolían al final del día.
Y fue entonces, cuando bajé la guardia, cuando Marks Carter apareció en mi radar.
Lo conocí en la biblioteca, el único lugar donde yo me sentía realmente en casa. Él era estudiante de arquitectura, un chico de tercer año con el cabello castaño perpetuamente despeinado y una carpeta de planos que siempre parecía a punto de explotar. Pero lo que me detuvo fue su mirada. No era la mirada de soslayo que me daban mis padres, ni la mirada de lástima que recibía de algunos profesores. Marks me miraba como si yo fuera un plano complejo que deseaba estudiar hasta entender cada cimiento.
—Eres la mujer más fuerte que conozco, Murphy —me dijo una noche, meses después, mientras compartíamos una pizza barata de cinco dólares en su dormitorio, rodeados de maquetas de cartón pluma—. No sé cómo puedes con todo: las clases de finanzas avanzadas, el trabajo en la biblioteca, tus deudas estudiantiles... Eres increíble.
Esas palabras fueron mi ruina.
Para alguien que ha crecido en un desierto emocional, una gota de reconocimiento se siente como un océano. Yo, que había construido muros de acero de tres metros de espesor alrededor de mi corazón, dejé que Marks encontrara la grieta. Me convencí de que él era mi recompensa, el premio al final de una maratón de soledad que había empezado a los seis años. Marks no me pedía que fuera invisible; al contrario, parecía fascinado por mi "resiliencia", una palabra que él usaba a menudo y que a mí me sonaba a música.
Sin embargo, había un problema. Un problema rubio, con acento de Texas y un instinto para detectar basura que era infalible: Emma Sark.
La primera vez que Marks vino a nuestra habitación para buscarme, Emma estaba sentada en su cama, puliendo sus botas de montar favoritas con una intensidad que daba miedo. Marks entró con su sonrisa fácil y su aire de "chico sensible".
—Hola, soy Marks, el novio de Murphy —dijo, extendiendo una mano.
Emma no se levantó. Ni siquiera dejó de pulir la bota. Lo miró por encima de sus gafas de lectura con la misma expresión con la que un entomólogo mira a un bicho particularmente molesto que acaba de aterrizar en su sándwich.
—Ya sé quién eres, "Arquitecto" —respondió Emma, acentuando su deje tejano de esa forma peligrosa que solo usaba cuando estaba a punto de morder—. He escuchado mucho sobre ti. Murphy dice que eres "diferente". Yo estoy esperando a ver la evidencia, porque hasta ahora solo veo a un chico con un corte de pelo demasiado caro para alguien que dice apreciar la sencillez de mi amiga.
—Emma… —susurré, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
—Tranquila, genio —dijo ella, lanzándole una mirada rápida a mi novio—. Solo estoy marcando el territorio. Verás, Marks… en Texas tenemos una forma muy específica de tratar a las personas que tocan lo que es valioso. Y Murphy Jones es lo más valioso que hay en este edificio de ladrillos feos.
Marks soltó una risita nerviosa, pensando que era una broma. Pobre ingenuo.
—Vaya, eres protectora —comentó él, intentando sonar encantador.
—No, cielo —respondió Emma, levantándose por fin y caminando hacia él hasta que sus ojos quedaron a la misma altura—. "Protectora" es lo que haces con un gatito. Con Murphy, soy defensiva. Si le haces daño, si le rompes ese corazón que le ha costado tanto reconstruir, o si simplemente decides que su "fortaleza" es demasiado para tu ego de diseñador de casitas de cartón… no vas a tener que preocuparte por tu carrera de arquitectura. Porque te voy a enterrar tan profundo en el suelo de Texas que ni los arqueólogos del futuro te van a encontrar. ¿Entendido?
Marks tragó saliva. Su sonrisa vaciló. —Entendido.
A pesar de las advertencias de Emma, yo seguí adelante. Marks era mi refugio. En sus brazos, el frío de Vermont se sentía a siglos de distancia. Me gustaba que me escuchara hablar de derivados financieros y fondos de cobertura, aunque a veces notaba que su mirada se perdía un poco.
Emma, sin embargo, era implacable. Cada vez que Marks se iba, ella soltaba un comentario ácido que me hacía dudar, aunque yo no quisiera admitirlo.
—No sé, Murphy —decía mientras se aplicaba una mascarilla facial—. Hay algo en ese chico que me huele a leche cortada. Dice que ama tu fuerza, pero fíjate cómo se pone cuando sacas mejores notas que él en las materias generales. Se le encoge el orgullo, y a los hombres con el orgullo encogido no les gustan las mujeres que miden más que ellos emocionalmente.
—Estás siendo paranoica, Emma. Él me quiere. Me pidió que viviéramos juntos después de la graduación.
Emma se detuvo con el pincel de la mascarilla en el aire. Me miró con una tristeza que me dolió más que cualquier insulto de mis padres.
—¿Y tú, Murphy? ¿Tú lo quieres? —me preguntó con suavidad.
Me quedé callada. Me gustaba Marks. Me sentía segura con él. Me sentía "vista". Pero, ¿era amor? ¿O era simplemente el alivio de no estar sola en la trinchera?
—Lo quiero —dije, aunque mi voz no sonó tan firme como mis proyecciones financieras.
—Lo quieres porque es el primero que te abrió la puerta —sentenció Emma—. Pero recuerda una cosa, mi "niña genio": tú no eres una estructura que necesite un arquitecto para mantenerse en pie. Tú eres el rascacielos. Él solo es el tipo que está admirando la vista desde el lobby. El día que intente cambiar los planos, ese día sabrás quién es Marks Carter.
Cuando Marks me pidió formalmente que nos mudáramos juntos al terminar la carrera, acepté con una esperanza que casi me asustaba. En mi mente, eso significaba crear la familia que nunca tuve. Un hogar donde no hubiera favoritismos, donde el éxito de uno fuera la alegría del otro.
Emma, por supuesto, no compartió mi entusiasmo. Cuando le di la noticia, ella suspiró y sacó una botella de tequila que guardaba para "emergencias de nivel catastrófico".
—Bueno, supongo que tengo que empezar a investigar apartamentos con seguridad reforzada —dijo, sirviendo dos caballitos—. Porque si ese idiota te hace llorar una sola vez, Murphy, voy a necesitar que el edificio tenga un buen sistema de eliminación de residuos para sus pertenencias.
—Emma, de verdad, él es bueno —insistí, tomando el tequila.
—Espero que tengas razón, de verdad lo espero —murmuró ella, brindando conmigo—. Pero recuerda mis palabras: un hombre que se enamora de tu "fortaleza" a menudo es un hombre que solo quiere alguien que le cargue las maletas emocionales. No dejes que te convierta en su mula de carga, Murphy. Tú naciste para liderar Alphabet Inc., no para recoger los calcetines de un arquitecto con complejo de inferioridad.
Esa noche, mientras miraba a Marks dormir en su dormitorio semanas después, no pude evitar recordar las palabras de Emma. Marks sonreía incluso en sueños. Parecía tan inofensivo. Me convencí de que mi amiga tejana simplemente era demasiado protectora, que su propio pasado de privilegios le impedía entender que, para alguien como yo, Marks era un milagro.
Acepté vivir con él. Acepté construir un futuro sobre sus promesas. Y aunque Emma jamás confió en él, ella se quedó a mi lado, vigilando desde las sombras, lista para saltar a la yugular de Marks al menor signo de traición.
No sabía en ese momento que Emma tenía razón. No sabía que Marks no amaba mi fuerza, sino que la envidiaba. Y mucho menos sabía que el arquitecto de mis sueños estaba, en realidad, diseñando mi mayor pesadilla junto a la persona que más odiaba en el mundo.
Pero por ahora, en la burbuja de mi segundo año, me permití creer que finalmente había ganado. Que tenía una mejor amiga que mataría por mí y un novio que viviría por mí.
Pobre Murphy. Aún me faltaba aprender que, a veces, los muros de acero no fallan por el ataque exterior, sino por la carcoma que dejas entrar por la puerta principal.