Marcos
—Debería irme a dormir— miré mi reloj —
Son las tres de la mañana.
Lo dije en voz alta, aunque no había nadie para escucharme.
Miré la villa.
Oscura.
Silenciosa.
Seguramente todos dormían, ella también.
Solté un suspiro.
—Tonto, ¿ Cómo se te ocurrió decirle así?, se te olvidó que Alejandro dejó de hablarte por todo un trimestre cuando le dije lo mismo.
Un suspiro volvió a escapar de mis labios.
—Se que eso no es normal, pero ¿cómo evito que mi madre lo siga haciendo?
—¿Estaré siendo egoísta al intentar llevarla a mi mundo?, ¿Será que estoy poniéndola como presa indefensa frente a ellos?
Me pasé una mano por el flequillo.
Era un gesto automático.
Siempre lo hacía cuando estaba preocupado.
Levanté la cabeza y cerré los ojos.
Por un instante recordé las palabras de mi madre.
-¿Será que tiene razón?
Abrí los ojos de golpe.
Sacudí la cabeza.
No.
Ese pensamiento por sí solo era evidencia suficiente de que necesitaba dormir.
Me puse de pie.
La noche estaba fresca.
Entré en la villa procurando hacer el menor ruido posible.
Todo permanecía en silencio.
Caminé hasta la habitación que compartía con Alejandro.
Y agradecí, una vez más, que Clara estuviera durmiendo con Sofía.
La noche pasó rápido.
Sentí que cerré los ojos y los volví a abrir.
Aún tenía muchísimo sueño.
A lo lejos escuché a Alejandro discutiendo con Clara.
Seguro se estaban muriendo de hambre.
Quería levantarme, lo juro, pero cada vez que abría los ojos sentía como si estuviesen lleno de arenilla.
Recordé que había comprado pan, huevos y mermelada para preparar un postre por la tarde.
Seguro los encontrarían y comerían algo rápido.
Me acomodé de nuevo y volví a quedarme dormido.
Desperté sobresaltado.
Había demasiado silencio .
—¿Estaba solo?.
No le di muchas vueltas y fui a darme una ducha.
La necesitaba.
Al salir de la ducha, me dispuse a prepararme algo de comer.
En ese momento, la puerta se abrió y entraron todos, aparentemente de muy buen ánimo.
—Buenos días, Marcos, ¿Dormiste bien? —preguntó Alejandro con una sonrisa.
Vi entrar a Clara y comencé a ponerme nervioso.
Sabía que Sofia venía detrás.
—Buenos días —dije, apartándome el flequillo de la frente una vez más— Debo dejar esa manía.
De repente me sentí algo avergonzado por lo ocurrido con Sofía, así que evité mirarla a los ojos.
—Lo siento, no quise levantarme tan tarde, ¿Comieron algo?
—No te preocupes —respondió Clara.
—Ya desayunamos en el pueblo.
Miré a Alejandro y crucé los brazos.
—Así que ya no quedaba presupuesto.
Él levantó su tarjeta con orgullo entre los dedos.
—Esto ha sido lo mejor que se ha inventado.
—Sabes que después tienes que pagarla, ¿cierto?
—Cuando vuelva a casa, venderé un riñón.
Reí a carcajadas.
Al sentarme a la mesa, los tres hicieron lo mismo.
—¿Van a ser testigos de mi muerte por probar cosas extrañas? —pregunté mientras examinaba el plato.
—No, esa seré yo —respondió Sofía con una sonrisa tímida.
Estaba tan avergonzado, como un cobarde decidí solo ignorarla.
—¿Y qué tienen pensado hacer hoy? Es nuestro último día.
—Pues Clara y yo veníamos pensando, que no volveremos a estar solos así hasta que terminemos la universidad, queremos tomarnos el día para nosotros.
Le sonreí a mi amigo.
—No te culpo.
La verdad nunca lo había visto tan enamorado.
Ambos se levantaron de la mesa y salieron a su aventura personal.
Sofía se quedó sentada frente a mí, observándome comer... o intentándolo.
—¿No te gusta?
—Está delicioso, dije jugando con el tenedor.
La vi bajar la mirada.
Seguiá molesta.
Y no la podía culpar.
—Si aún quieres ir al riachuelo que vimos ayer, podríamos ir hoy.
Levanté la mirada solo para verla sonreirme expectante.
—Me parece bien—respondí bajando la cabeza.
—Voy a ponerme algo más cómodo.
La vi entrar en su habitación, con una expresión triste.
Estaba triste
Y yo me sentía avergonzado.
Se suponía que no la haría llorar más.
Y míranos ahora.
Un día después, no había podido evitarlo.
Terminé de desayunar y salimos por el pequeño sendero.
Era un día hermoso.
No había una sola nube en el cielo y, aun así, el calor no resultaba asfixiante.
No me atreví a tomar su mano.
No quería que se molestara y me rechazara.
Al poco tiempo encontramos una pequeña pendiente.
Era algo empinada, pero nada peligroso.
Decidí bajar primero y extendí los brazos para ayudarla.
Sofía se sentó en el borde y la sostuve.
Por un instante, ninguno de los dos apartó la mirada del otro.
Sentí que la tensión entre nosotros subió
cambió por un segundo.
Hasta que sus pies tocaron el suelo.
Pero ella sólo bajó la vista y siguió caminando.
La seguí unos pasos detrás, cuidando cada movimiento que hacía y atento a cualquier resbalón.
Se recogió el cabello en la coleta que tanto me gustaba.
Era alta y hacía que su pelo pareciera más corto de lo que realmente era.
Pude notar un pequeño y hermoso lunar en su cuello, cerca de la nuca.
Me vi tentado a besarlo, pero apreté los labios.
Unos treinta minutos después, ya estábamos más concentrados en el paisaje.
Los árboles, los colibríes y todo lo que encontrábamos en el camino habían logrado distraernos.
—Mira esto.
Me agaché para recoger un hongo.
Sofía se acercó con curiosidad.
—Estos hongos son extremadamente deliciosos en las pastas.
—Tu especialidad —comentó con una sonrisa burlona.
Solté una carcajada.
—Prefiero preparar pescado. Soy más de mariscos y platos de mar, pero no podemos encasillarnos.
Sofía me miró y vi emoción en sus ojos.
—¿Y si llevamos algunos para la cena?
—Podemos recogerlos al volver. No trajimos nada donde guardarlos.
Sofía asintió.
Ya la notaba mucho más relajada.
Finalmente llegamos al riachuelo.
Era más profundo de lo que habíamos imaginado.
Tenía algo parecido a una cueva, junto a la orilla, había un pequeño bote.
También había varias cuerdas que servían para impulsarlo y avanzar por el agua.
—¿Quieres intentarlo? -pregunté con cautela.
—Me da un poco de miedo. No sé nadar.
Lo pensé por un momento.
—Entonces no lo intentemos. No quisiera que tuvieras una mala experiencia, no hoy.
Sofía sonrió.
—Y yo que pensé que querías vengarte.
Fruncí el ceño.
—¿Vengarme? No entiendo por qué.
—Porque me fui sin dejarte explicarme. No te permití contarme las cosas desde tu punto de vista. Al fin y al cabo, no fuiste tú, fue tu madre.
Ella pensaba que yo estaba molesto, ¿acaso puedes ser mas dulce?
—No estoy molesto, Sofía. Estoy avergonzado y e sido un cobarde porque estaba evitando una confrontación.
Tomé aire.
-Y, si tu estuvieses molesta y no quisieras nada más conmigo. Yo te entendería.
Bajé la mirada por un instante.
—Debí decírtelo antes.
Hice una pausa.
—Pero cuando apenas estás conociendo a alguien, es más fácil alejarse que cuando ya lo conoces.
—Debo admitir que tengo miedo. Nunca me había sentido de esta forma, y me hace parecer un...un...
Respiré hondo para reunir valor.
—Se que estoy siendo egoísta contigo. Si fuera justo, me alejaría de ti y no te pondría bajo la mira de mi familia, porque sé cómo son.
Negó suavemente con la cabeza.
—Soy más fuerte de lo que parezco, ¿sabes? -respondió sin apartar la mirada de la mía.
—Y no lo dudo, mi dulce Sofia.
Sonreí apenas.
—Me has mostrado cualidades hermosas que ni siquiera tú pareces ver en ti misma.
Ella colocó su mano en mi mejilla, yo coloqué la mía sobre la de ella.
—Cuando estoy contigo...soy una mejor versión.
Vi cómo su expresión cambiaba poco a poco, cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.
—¿Estás pensando en alejarte de mí?
Bajé la cabeza.
Sentí un nudo en la garganta.
—Si fuera una mejor persona, lo haría ahora y te evitaría muchos sufrimientos.
Me acerqué a ella y apoyé mi frente contra la suya.
—Pero soy un cobarde egoísta, así que te pido que termines tu con esto, aléjatede mí.
Cerré los ojos porque sentía que no podría contener las lágrimas.
No se cuánto tiempo estuvimos en esa posición, en silencio, solo respirando el aire del otro.
Sofia colocó ambas manos en mi nuca, y yo senti una corriente eléctrica que atravesócada musculo de mi cuerpo, me sugeté de su cintura.
Con una de sus manos comenzó a jugar con mi cabello.
Abrí los ojos.
Su mejilla y su nariz se tiñeron de un rosa triste.
—Si quisieras ser más razonable, me darías la oportunidad de demostrarte que puedo con todo lo que se me cruce en frente.
Me quedé en silencio.
—No dirás nada?
—quiero hacerlo, pero un simple toque tuyo basta para apagar cualquier pensamiento coherente.
—Entonces aprovecharé la ventaja en esta discusión.
Un segundo después comencé a sentir sus labios en los míos, yo le correspondí.
—Sé que no tengo experiencia y que tal vez estoy apuntando más alto de lo que debería.
Su voz tembló ligeramente.
—Pero dame la oportunidad de crecer a tu lado.
Sus dedos se aferraron un poco más a mí.
—Y de demostrarte que sí puedo con todo lo que venga.
Sofía se acercó un poco más.
Nunca soltó mi nuca.
Con la otra mano rodeó mi cintura.
Yo la abracé por completo, su cuerpo quedó apoyado de un árbol detras de ella, mi mano estaba detras de su cabeza para protegerla.
Después de un rato, decidimos movernos a otra parte del riachuelo.
Encontramos un enorme árbol frutal cuya sombra era perfecta para resguardarse del sol.
Me senté recostado contra el tronco y Sofía se sentó entre mis piernas.
Apoyó la cabeza sobre mi pecho y yo volví a rodearla con los brazos.
Cerré los ojos por un instante.
En otras circunstancias, probablemente estaría pensando en el momento en que comenzaría a desvestirla.
Sonreí porqué solo podía pensar en si tenia calor, si estaba cansada o si le habia picado algún mosquito.
Sonreí y Sofia me miró.
—puedes decir con confianza que puedes domesticar animales salvajes.
Ella ríe volviéndose a acomodar en mi pecho.
— ¿No lo sabías?, mi don es cambiar la historia.
—Así?
—Si, esta caperucita salvará al lobo.
No pude decir nada más.
Ella lo dijo bromeando, lo sé, pero no se imagina cuanto necesitaba ser salvado.