El teléfono vibró sobre la mesita justo cuando me estaba aplicando el labial rojo vino. Eran casi las siete de la noche y pensaba salir a caminar para despejarme, pero el nombre que apareció en pantalla me congeló la sangre. Ramiro García. —¿Ramiro? —contesté de inmediato—. ¿Qué pasó? Su voz sonaba jadeante, como si hubiese corrido, o peor aún, estuviera escondiéndose de algo. —Pilar... escucha bien. Me acaban de confirmar algo jodido. Un tipo que trabaja en otro cartel, gente de México, me avisó que a Lucía la tiene Javier Alonso. La encontró en Norteamérica, en un hotel caro, escondida como una maldita rata... Y le dio 24 horas para que hable, o la va a matar. Sentí que el corazón se me detuvo. —¿Lucía está con vida? —Sí, pero no sé por cuánto. La tiene rodeada, aislada, sin comun

