La cárcel de máxima seguridad en Bogotá recibió a Santiago Álvarez con sus fríos pasillos grises. Entró a la celda de Lucía, quien lo miró con ojos vacíos, sentada en el suelo. Lucía habló primero, su voz débil pero llena de resentimiento. —Viene a burlarte de mí, ¿no? A decirme que merezco esto. Santiago no se inmutó. Cruzó los brazos y la miró con firmeza. —Vine a preguntarte por qué. ¿Por qué me arruinaste la vida? Lucía soltó una risa amarga, como si el peso de sus acciones la ahogara. —Porque te amé demasiado, Santiago. Y cuando supe que nunca me corresponderías como yo quería, preferí destruirte. Santiago se inclinó, acercándose a su rostro. —¿Y Ferrer? ¿Lo amaste también? Lucía bajó la mirada, sus lágrimas cayendo sobre el suelo frío. —Ferrer fue mi escape

