Primera escena – Narrador externo
El apartamento de Pilar Montenegro estaba en el piso 7 de una torre moderna, con ventanales de vidrio y cortinas elegantes. Un espacio de líneas limpias, café recién hecho, libros de derecho en la mesa de centro y un cuadro de Frida Kahlo colgado junto a la estantería. Lo que se dice: orden con alma.
Pero esa noche, el orden tenía grietas.
Pilar dejó su portafolio en el sofá y se quitó los tacones con un suspiro. El peso del día le colgaba en los hombros como si cargara una sentencia propia. Se sirvió una copa de vino, caminó hasta la terraza y miró la ciudad extendida como un monstruo iluminado. Bogotá a esas horas parecía más peligrosa que de día.
Sacó su celular y abrió el expediente digital del caso Álvarez. Tenía la mente encendida, con mil preguntas zumbando en su cabeza. ¿Por qué Lucía no había denunciado primero? ¿Por qué ese cuchillo y no un arma? ¿Dónde diablos estaba la plata?
Sonó el timbre.
Miró la hora. 10:42 p. m.
Frunció el ceño. Solo una persona tenía esa costumbre molesta de llegar sin avisar.
—Julián… —murmuró antes de abrir.
Y sí, ahí estaba. Julián Rodríguez, su prometido desde hace un año, impecable como siempre, con camisa blanca y saco beige. Sonrisa falsa y un ramo de flores que parecía más una excusa que un regalo.
—¿No vas a invitarme a pasar?
—¿A esta hora?
—Quería verte. Me dejaste en visto todo el día.
Pilar se apartó para que entrara, sin mucha emoción.
—Estuve trabajando. Ya te lo había dicho.
—¿Trabajando… o fascinada con tu nuevo cliente? —preguntó, con ese tonito venenoso que usaba cuando se sentía inseguro.
Pilar se quedó fría. No por miedo. Por fastidio.
—¿En serio?
—¿Qué tiene ese caso que te absorbe tanto? ¿No puedes dejarlo en la oficina como todos los demás?
—Porque no es como todos los demás, Julián. Es un caso turbio, lleno de trampas, y con una víctima que fue entregada como chivo expiatorio.
—¿Víctima? —bufó—. Ese tipo es un criminal, Pilar. Está en la cárcel por algo. No tienes por qué involucrarte tanto.
Ella dejó la copa en la encimera con un golpe seco.
—Ese “algo” fue manipulado por la mujer que decía amarlo. Igualito que tú cuando te inventas viajes para “reuniones” que no existen.
Julián se quedó tieso. La sonrisa se borró.
—¿Me estás acusando?
—No. Solo estoy diciendo que yo también sé cuándo alguien me está mintiendo.
Silencio. Pesado. Irrespirable.
—Mira, Pilar… —Julián intentó suavizar el tono—. Solo quiero cuidarte. Ese tipo… ese Álvarez… te está arrastrando a su oscuridad.
—¿Y tú qué haces aquí entonces? ¿A rescatarme de mí misma?
—No vine a discutir. Vine a verte. A recordarte que tenemos una boda que planear.
Pilar se giró. Lo miró con los ojos claros como cuchillas.
—No puedo planear una boda cuando mi conciencia me grita que hay un inocente pudriéndose en una celda. ¿Tú sí?
Julián no respondió. Se quedó en silencio, como si por primera vez no tuviera un libreto que decir.
Ella le abrió la puerta.
—Buenas noches, Julián.
—¿Esto es un adiós?
—No. Es un "no ahora".
Y cuando la puerta se cerró, Pilar apoyó la frente en la madera y suspiró hondo.
Por dentro, ya sabía que ese "no ahora" tenía fecha de caducidad.
Y que el Diablo, encerrado tras barrotes, hablaba más claro que el hombre con el que compartía anillo.