CAPÍTULO 22: EL ESPEJO DE LAS SOMBRAS

1971 Words
El Reino de los Espíritus no era un lugar físico, sino un estado de la conciencia. A medida que nos internábamos en el corazón del territorio, la niebla plateada se volvió tan densa que apenas podía ver mis propias manos frente a mi rostro. El silencio era absoluto, roto únicamente por el crujido del suelo de cristal bajo nuestras botas y el eco de nuestras respiraciones. Pero no era un silencio vacío; era un silencio expectante, como si el aire mismo estuviera escuchando nuestros pensamientos más privados para usarlos en nuestra contra. Júpiter y Sebastián caminaban pegados a mí, formando una falange de carne y acero que me protegía del frío sobrenatural. El vínculo, todavía vibrante por la intensidad de la noche anterior, enviaba ráfagas de deseo y preocupación a través de mi espina dorsal. Podía sentir sus músculos tensos, sus lobos Fenrir y Asura gruñendo en lo profundo de sus pechos, olisqueando una amenaza que no tenía aroma a carne ni a sangre. —Algo no está bien —susurró Sebastián, su mano derecha descansando en el pomo de su daga—. Siento que me miran, pero no desde afuera, sino desde adentro de mi propia cabeza. —Es la naturaleza de este lugar —respondió Elowen desde algún punto delante de nosotros, su voz sonando extrañamente lejana—. Los espíritus no atacan el cuerpo; Atacan la identidad. Estamos cruzando el Valle de los Reflejos, donde la realidad se divide para mostrarnos lo que más tememos ser. De repente, la niebla se agitó violentamente y se solidificó en tres figuras que emergieron de la nada, bloqueándonos el paso. Me quedé sin aliento. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí un mareo súbito. Frente a nosotros, no había monstruos ni soldados del Rey Hechicero; Frente a nosotros estábamos nosotros mismos. Pero eran versiones retorcidas, oscuras. La Kaelin que estaba frente a mí vestía una armadura de escamas negras que goteaba sangre estelar. Sus ojos no eran dorados, sino pozos de un vacío absoluto, y en sus manos sostenía las cabezas decapitadas de Júpiter y Sebastián. —Mírate —dijo mi doble, su voz sonando como el cristal roto—. Crees que los amas, pero solo eres un parásito. Los marcaste para usarlos como escudos de carne. Los vas a consumir hasta que no quede nada de ellos, y luego seguirás adelante, sola, como la reina de un mundo muerto. —¡Cállate! —grité, sintiendo cómo el fuego de la Tercera Estrella rugía en mis manos, pero las llamas se extinguían antes de salir. Aquí, el poder elemental no servía de nada contra la verdad del miedo. A mi lado, Júpiter y Sebastián estaban enfrentando sus propios horrores. El doble de Júpiter era un Alfa tiránico, un monstruo que mantenía a una Kaelin encadenada a sus pies, obligándola a obedecerle a través del vínculo del marcaje. Sus ojos eran fríos, carentes de la nobleza que yo amaba en el Júpiter real. —Esto es lo que realmente quieres —siseó el doble de Júpiter—. No quieres su amor, quieres su obediencia. Quieres que sea tuya por la fuerza, porque te aterra que, si tuviera elección, nunca elegiría a un asesino como tú. Sebastián, por su parte, retrocedía ante una versión de sí mismo que se reía mientras devoraba el corazón de Galatéa. Su doble representaba la pérdida absoluta del control, el momento en que el lobo de sangre consume al hombre y no deja nada más que una bestia hambrienta. —No eres un protector —le decía su reflejo—. Eres un carnicero que se disfraza de amante. Tarde o temprano, tus garras se cerrarán en su cuello, no para acariciarla, sino para probar su sangre. La tensión en el grupo era insoportable. Estábamos luchando contra sombras que conocían nuestras inseguridades más profundas. Los gemelos estaban paralizados, sus rostros descompuestos por el horror de verse convertidos en lo que más odiaban. La proyección de sus miedos estaba logrando lo que el Rey Hechicero no pudo: separarlos de mí, hacerme dudar de ellos y de mí misma. —¡No los escuchen! —exclamé, tratando de romper el hechizo—. ¡No son reales! Pero el Reino de los Espíritus era implacable. Mi doble se acercó a mí, su presencia gélida sofocando mi calor. Me tomó por la barbilla, obligándome a mirar las cabezas de mis lobos en sus manos. —¿Estás segura? —preguntó la sombra—. ¿No sentiste el poder fluir hacia ellos durante el marcaje? ¿No disfrutaste ver cómo sus vidas ahora dependen de un hilo que tú sostienes? Eres igual que el Hechicero del que huyes Kaelin. La diferencia es que tú los haces amarte mientras los destruyes. Sentí que las rodillas me fallaban. La duda es un veneno que no necesita ser ingerido para matar. Miré a Júpiter y a Sebastián. Ellos estaban perdiendo la batalla. Sus dobles los estaban envolviendo, susurrando verdades a medias que resonaban con sus traumas pasados. En este lugar, la química y el deseo que nos habían unido se sentían como cadenas, como una trampa orquestada por el destino para convertirnos en monstruos. Fue entonces cuando recordé el sabor de sus labios en el sueño. Recordé la entrega total que habíamos vivido, esa unión donde no había secretos, donde nuestras almas se habían mostrado desnudas. Si aquello había sido real, esto no podía serlo. Hice un esfuerzo supremo y me puse entre Júpiter y su sombra, y entre Sebastián y la suya; Extendí mis manos y, por primera vez, no invoqué el fuego ni el agua, sino el vínculo mismo. —¡Mírenme a mí! —rugí, mi voz resonando con la autoridad de la Triple Estrella—.No miren a las sombras. Miren la marca en mi cuello. Sientan mi pulso. ¡Sientan el amor que les tengo!, el contacto físico fue la clave; Al tocar a Júpiter, sentí su terror a perderse en la tiranía, y al tocar a Sebastián, sentí su miedo a convertirse en una bestia sin alma. Pero a través del marcaje, les envié la única verdad que importaba: yo los necesitaba, no como herramientas, sino como parte de mi propia alma. Los dobles empezaron a gritar, sus formas desvaneciéndose como humo en una tormenta. Júpiter parpadeó, recuperando la luz en sus ojos, y Sebastián soltó un rugido de rabia que terminó de disipar a su reflejo. El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio de victoria, aunque estábamos exhaustos. Júpiter me tomó por los hombros, su respiración agitada golpeando mi rostro. —Kaelin... yo... vi cosas... —empezó a decir, con la voz temblorosa. —Lo sé —le interrumpí, abrazándolo con fuerza mientras Sebastián nos envolvía a ambos con sus brazos—. Yo también las vi; Pero no somos eso, yo jamás... no... somos nuestras sombras. Nos quedamos así por un largo momento, los tres unidos en medio de la niebla plateada. La química entre nosotros se sentía diferente ahora; menos impulsiva, más profunda. Habíamos sobrevivido a la prueba de los reflejos, pero el cansancio era tal que el mundo empezó a dar vueltas. Una luz blanca, cegadora y pura, empezó a emanar de una grieta que se abrió en el suelo de cristal. No era el fuego del rubí, ni el frío del agua. Era una luz que olía a flores de primavera y a eternidad. —La Estrella del Alma —susurró Valerius, su voz cargada de un temor reverencial—. Está aquí, pero el precio para tomarla no es una batalla física. Sentí un tirón violento en mi pecho, el mundo físico desapareció. Júpiter y Sebastián intentaron sostenerme, pero sus manos atravesaron mi cuerpo como si yo fuera humo; Caí al suelo, o lo que parecía ser el suelo, y mis ojos se cerraron. En la realidad, mi cuerpo quedó inerte, frío, como si la vida me hubiera abandonado de golpe. Júpiter soltó un grito de agonía que desgarró el silencio del bosque, cayendo de rodillas y acunando mi cabeza mientras Sebastián golpeaba el suelo con los puños, su lobo aullando por la pérdida de su pareja. Pero yo no estaba muerta. Me desperté en un jardín que no debería existir. El cielo era de un azul que dolía mirar, y el suelo estaba cubierto de una hierba suave que brillaba con luz propia. En el centro del jardín, sentada en un banco de mármol blanco, había una mujer de una belleza serena y antigua. Vestía una túnica de hilos de plata y su cabello era una cascada de luz lunar. Sabía quién era antes de que hablara. —Bienvenida, Kaelin Astrea —dijo la Diosa Selene, su voz sonando como mil campanas de plata—. Te he estado esperando. Tu sacrificio ha resonado hasta en los jardines más altos del Bastó cielo. Me acerqué a ella con cautela, sintiendo la inmensidad de su presencia. —¿Estoy muerta? —pregunté. —No —respondió Selene con una sonrisa triste—. Estás en el lugar donde las almas se forjan. Dime, pequeña loba... después de todo lo que has visto, después de que el mundo te ha arrebatado tanto... ¿vale la pena luchar por reestablecer un orden que durante siglos solo se ha dedicado a destruirse a sí mismo? Miré a la Diosa y, por un momento, vi lo que ella veía: las estaciones del año pasando sobre la gente, la soledad de aquellos que caminan por el mundo sin identificar a su propia especie, la alienación de un mundo que ha olvidado la magia. —Me siento sola a veces —confesé, con la voz quebrada—. Siento que la gente ya no sabe quién es. Pero pienso en mi propósito y luego miro a mis lobos... —¿Los amas? —preguntó Selene, inclinando la cabeza—. ¿Amas a Júpiter y a Sebastián? ¿Incluso sabiendo que su amor es una carga que te ata a esta tierra de sufrimientos? —Sí —respondí sin dudarlo, y el peso de mis palabras hizo que el jardín vibrara—. Los amo más que a mi propia vida. Son mis soporte, mi hogar. Por ellos vale la pena salvar lo que queda. Selene se puso en pie y caminó hacia mí. Se agachó y cortó una pequeña flor que crecía a sus pies: una margarita sencilla, blanca y modesta, que parecía fuera de lugar en medio de tanta gloria divina. —Toma esto —me dijo, poniendo la flor en mi mano—. Ahora parece que no significa nada, pero en el momento de la verdad, esta margarita será la diferencia entre el fin y el principio. Tomé la flor, y en el instante en que mis dedos la rozaron, sentí una explosión de energía que me empujó de vuelta a la realidad. Abrí los ojos de golpe. Júpiter me apretaba contra su pecho con tal fuerza que apenas podía respirar, sus lágrimas mojando mi rostro. Sebastián estaba sobre mi, sus manos temblando mientras comprobaba mi pulso. —¡Está viva! —rugió Sebastián, y el alivio en su voz fue tan potente que casi me hizo llorar de nuevo. —No me suelten —susurré, aferrándome a sus jubones—. Nunca me suelten. —Jamás —prometió Júpiter temblando, besando mi frente con una desesperación que me dijo que, a partir de ahora, la dinámica entre nosotros ya no tendría marcha atrás. La Estrella del Alma brillaba ahora en mi mano derecha, pero mi mente ya estaba pensando en la diosa Selene. El éter de las hadas y la sombra del Rey Hechicero que, tras este encuentro divino, se volvía más oscura y hambrienta una carga que no me atrevía a compartir.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD