El Reino de los Espíritus no era un lugar físico, sino un estado de la conciencia. A medida que nos internábamos en el corazón del territorio, la niebla plateada se volvió tan densa que apenas podía ver mis propias manos frente a mi rostro. El silencio era absoluto, roto únicamente por el crujido del suelo de cristal bajo nuestras botas y el eco de nuestras respiraciones. Pero no era un silencio vacío; era un silencio expectante, como si el aire mismo estuviera escuchando nuestros pensamientos más privados para usarlos en nuestra contra. Júpiter y Sebastián caminaban pegados a mí, formando una falange de carne y acero que me protegía del frío sobrenatural. El vínculo, todavía vibrante por la intensidad de la noche anterior, enviaba ráfagas de deseo y preocupación a través de mi espina d

