El estruendo de las puertas inferiores cediendo bajo la presión del agua fue el primer aviso, pero el silencio que lo siguió fue mucho más aterrador. El agua no inundó la Ciudadela como un torrente descontrolado; se deslizó por los pasillos con una elegancia antinatural, como si tuviera voluntad propia, trepando por los escalones de piedra de la sala de guerra hasta detenerse a los pies de los presentes. Kaelin sintió un tirón en su pecho, un eco líquido que respondía al orbe que todavía latía en su interior. La humedad en el aire se volvió tan espesa que por un momento todos sintieron que estaban respirando bajo el agua. —Están aquí —susurró Kaelin, sus ojos azules brillando con una intensidad eléctrica. De la oscuridad del pasillo inundado emergió una figura que dejó a todos sin ali

