El estruendo de las puertas inferiores cediendo bajo la presión del agua fue el primer aviso, pero el silencio que lo siguió fue mucho más aterrador.
El agua no inundó la Ciudadela como un torrente descontrolado; se deslizó por los pasillos con una elegancia antinatural, como si tuviera voluntad propia, trepando por los escalones de piedra de la sala de guerra hasta detenerse a los pies de los presentes.
Kaelin sintió un tirón en su pecho, un eco líquido que respondía al orbe que todavía latía en su interior. La humedad en el aire se volvió tan espesa que por un momento todos sintieron que estaban respirando bajo el agua.
—Están aquí —susurró Kaelin, sus ojos azules brillando con una intensidad eléctrica.
De la oscuridad del pasillo inundado emergió una figura que dejó a todos sin aliento. El Rey de los Tritones no era la criatura monstruosa de las leyendas de marineros; era una visión de perfección masculina que desafiaba la belleza de los gemelos y la elegancia del Rey Blanco, y el porte del Príncipe Vampiro.
Al salir del agua, su piel, de un tono bronceado pálido, parecía recubierta de polvo de diamante iridiscente que destellaba bajo la luz de las antorchas.
Su cabello, largo y del color de las perlas negras, caía sobre sus hombros anchos y definidos.
Vestía una armadura ligera de escamas de dragón marino que se ajustaba a su torso como una segunda piel, resaltando cada músculo esculpido por la presión de las profundidades. Pero eran sus ojos, del color del Caribe antes de una tormenta, los que se clavaron directamente en Kaelin, ignorando por completo las garras desenvainadas de Júpiter y la mirada asesina de Sebastián.
—Así que tú eres el fuego que calienta mis mares —dijo el Rey Tritón. Su voz no era un rugido, sino un murmullo profundo, como el sonido de las olas rompiendo contra la arena—. Las visiones no le hacían justicia a la realidad.
Dio un paso hacia adelante, dejando un rastro de agua brillante a su paso. Se detuvo a escasos centímetros de Kaelin.
A diferencia de los lobos, que emanaban un calor sofocante, el Rey Tritón traía consigo un frescor embriagador que olía a sal, ámbar gris y libertad.
—Soy Caspian —se presentó, y sin pedir permiso, extendió una mano de dedos largos para rozar la mejilla de Kaelin—.
Tienes un cuerpo precioso, loba elemental. Una estructura que parece diseñada por los mismos dioses para ser adorada. He visto tu fuerza en mis sueños, pero ver la curva de tu cuello y la forma en que tus pulmones buscan aire frente a mí... es un banquete para los sentidos.
Kaelin se quedó petrificada, nunca nadie le había hablado con tal descaro, especialmente no frente a los dos hombres que reclamaban su soberanía sobre ella.
El cumplido no era sutil; era una declaración de deseo física y directa; Ella sintió que el calor subía por sus mejillas, su pecho subiendo y bajando con rapidez mientras la ropa húmeda seguía pegada a sus curvas, algo que Caspian no dejaba de inspeccionar con una apreciación descarada.
—¡Da un paso atrás, pescado, si no quieres que te sirva como cena! —el rugido de Sebastián rompió el hechizo.
En un parpadeo, el Lobo de Sangre se interpuso entre Caspian y Kaelin. Sus ojos eran ahora pozos de color ámbar encendido, y su cuerpo vibraba con la promesa de una violencia inminente.
Júpiter se movió hacia el otro lado de Kaelin, rodeándola con su brazo de forma posesiva, su mirada fija en el intruso con una furia fría que era mucho más letal que la de su hermano.
—Ella no es un espectáculo para tus ojos, Caspian —siseó Júpiter, su voz vibrando con el poder del Alfa—. Estás en mi casa, y ella está bajo mi protección.
Mídete o haré que te arrepientas de haber salido a la superficie.
Caspian soltó una carcajada cristalina, una que no mostraba miedo, sino una diversión genuina que irritó aún más a los gemelos.
—Protección, ¿dices? —Caspian miró a Júpiter con desdén—. Huelo el miedo a lo desconocido en ustedes dos, miedo de que ella se dé cuenta de que el mundo es mucho más grande que este montón de piedras, a las que acabas de llamar "Casa". no me importa tu reino, lobo, no vengo por él.
Mis mares se están muriendo, sí, pero al verla a ella... casi puedo agradecer la tragedia por haberme guiado hasta aquí,
volvió a mirar a Kaelin, ignorando las amenazas de muerte.
—Eres hermosa, Kaelin. Tan hermosa que me hace cuestionar si debo salvar mi mundo o simplemente llevarte conmigo a las profundidades para ver si tu luz puede iluminar mi palacio de coral.
Kaelin tragó saliva, sintiéndose atrapada entre tres fuerzas de la naturaleza, podía sentir la furia hirviente de Sebastián a su espalda y la tensión protectora de Júpiter envolviéndola, pero la mirada de Caspian era como una marea que intentaba arrastrarla.
—Caspian... —logró decir Kaelin, su voz temblorosa—. Mis visiones... viste el agua hirviendo, tu.. tu gente está sufriendo. ¿Cómo puedes hablar de belleza en este momento?.
—Porque la belleza es la única verdad que queda cuando el mundo se acaba —respondió Caspian con una sonrisa que mostraba dientes blancos y perfectos—. Y tú eres la verdad más brillante que he visto en eones.
Sé que tienes el poder de absorber la estrella de agua, sé que eres la llave. Pero también sé que eres una mujer que no ha sido apreciada como se merece.
El ambiente en la sala de guerra se volvió eléctricamente inestable. Valerius, el vampiro, observaba la escena con una sonrisa cínica desde las sombras, disfrutando del caos, mientras Elowen parecía preocupado por la falta de seriedad del Rey Tritón ante la catástrofe.
—Basta de galanterías —intervino Júpiter, dando un paso al frente y obligando a Kaelin a retroceder detrás de él—. Si has venido por la estrella, habla;
Si has venido a cortejar a mi pareja, prepárate para morir.
—¿Tu pareja? —Caspian enarcó una ceja perfectamente depilada—. No veo ninguna marca en su cuello, Lobo de Sangre. Veo una mujer libre, cargando con el peso de un universo que ustedes no parecen apreciar. Ella no les pertenece.
Ella pertenece al equilibrio y el equilibrio me pertenece a mí tanto como a ustedes.
Sebastián no esperó más. Con un movimiento felino, se lanzó hacia adelante, pero Caspian fue más rápido.
Con un simple movimiento de su mano, el agua que cubría el suelo se elevó como una látigo sólido, golpeando el pecho de Sebastián y lanzándolo contra la mesa de cristal de la sala de guerra, que estalló en mil pedazos.
—¡Sebastián! —gritó Kaelin.
Júpiter saltó al ataque, pero Kaelin se interpuso, extendiendo sus manos. Una ráfaga de aire y chispas eléctricas separó a ambos hombres, ella tampoco estaba dispuesta a ver sufrir a sus compañeros.
—¡Basta! —su voz resonó con el poder de la estrella—. Caspian tiene razón en algo: el tiempo se agota.
Júpiter, suéltame ahora, Caspian, si de verdad quieres salvar a tu pueblo, deja de mirarme como si fuera un trofeo, una presa o comida y ayúdame a llegar a la cámara de la estrella.
Caspian la miró, y por un momento, la lascivia en sus ojos fue reemplazada por un respeto profundo, aunque la atracción física seguía ardiendo allí, evidente para todos.
—Como desees, mi reina de la superficie —dijo Caspian, haciendo una reverencia burlona hacia los gemelos—. Te llevaré.
Pero te advierto, Júpiter Craine: cuando el agua sube, nada permanece en su sitio y yo tengo mucha sed.
El camino hacia la cámara de la estrella se convirtió en una procesión de odio contenido.
Júpiter y Sebastián flanqueaban a Kaelin, sus cuerpos casi rozando los de ella en una declaración constante de "ella es nuestra", mientras Caspian caminaba a su lado, enviándole miradas cargadas de una intención s****l tan clara que Kaelin sentía que se quemaba.
—No tienes idea de lo que nos estás haciendo —le susurró Sebastián al oído mientras bajaban las escaleras inundadas, su voz ronca de celos—.
Ese pez cree que puede venir a oler tu rastro, cuando esto termine, voy a arrancarle las escamas una por una frente a ti.
Kaelin no respondió, su mente estaba dividida entre la urgencia de salvar el océano y la extraña sacudida que su cuerpo sentía ante la atención de Caspian. Por primera vez en su vida, no se sentía solo como una herramienta de Daemon o un botín para los lobos que el destino les preparó.
Se sentía deseada por lo que era, aunque ese deseo viniera de un extraño que amenazaba con ahogar su mundo.
Al llegar a la puerta de la cámara, el agua les llegaba por la cintura. Caspian colocó su mano sobre el pomo de hierro, y el agua respondió, girando la cerradura con un clic metálico.
—Adelante, Kaelin —dijo Caspian, su voz volviéndose suave, casi íntima—. Toma lo que es tuyo y cuando lo hagas, recuerda quién fue el que te abrió la puerta sin pedir nada a cambio... por ahora.
Júpiter empujó a Caspian a un lado para entrar primero, pero la imagen que los recibió dentro de la cámara los dejó mudos.
La Segunda Estrella de Agua no estaba sola; El Príncipe Valerius se encontraba frente al pedestal, y en su mano sostenía un frasco de sangre negra.
—Llegas a tiempo para el banquete, pequeña luz —dijo el vampiro, con los ojos rojos de una locura antigua—. Pero las estrellas no son para restaurar el mundo. Son para que los dioses vuelvan a caminar sobre la tierra y yo tengo mucha hambre.